Ir al contenido principal

Red de Medios Proclama del Pacífico Noticias

Pico y Placa Sábado:
Popayán No aplica
Cali No aplica
Sábado, 3 de octubre de 2026
sábado 3 febrero, 2018 a las 6:15 pm

EL ERMITAÑO SIN SOMBRILLA

EL ERMITAÑO SIN SOMBRILLA
EL ERMITAÑO SIN SOMBRILLA
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy

EL ERMITAÑO SIN SOMBRILLA

EL ERMITAÑO SIN SOMBRILLA
Imagen de: http://bit.ly/2DYQs18

Sí, sin sombrilla. La sombrilla es para gente muy delicada que no tolera ni el aire fuerte, ni los rayos picantes del sol. Hasta por la noche la usan para tenerla como arma junto a su cama por si se llega a aparecer un ladrón ruidoso.

No, el ermitaño se llama así porque escogió la vida oculta, lejos de la mirada ávida de chisme y de vanidad. Vanitas vanitatum, dijo el Kempis, ya en un una biblioteca,  empolvada. Hasta ahora me vengo a ocupar con mi lupa gramatical del carácter de esta palabra tan sonora en el idioma de Cervantes.

Ermitaño, suena a viejo, a queso curado, a arrugas en los brazos y en el cuello y hasta en el estómago. A algunos les parecerá que suena a campanario de iglesia por su comienzo. Pero, no. La palabra, selecta, aparta pensamientos ruidosos y que saltan a la vista. No. Lejos de un ermitaño hacer ostentación y ponerse en alto con torre y campanas, como llamando a misa para recoger limosnas.

El ermitaño, anda, usualmente, solo. Casi no habla. No se le ve buscando teatros donde mostrar sus humildades.(!) Es como las cabras. Tira al monte y mejor si el monte es calvo, o sea, con mucha arena, como un desierto. Pero, sí. Tira para allá, para poder hablar.

El ermitaño, con minúscula, habla. Nadie se extrañe. Sabe que la minúscula arena lo escucha. Para su orejita -ella- y no vuela por los aires sin antes dialogar sobre lo efímero del día, lo ardiente de la canícula a medio día y el silencio absoluto de la noche. Tal vez de los búhos o una lagartija que llegó tarde a su guarida y se enredó en una hoja seca. ¿De qué más hablaría?

El ermitaño tiene sus carnes enjutas, secas, casi pegadas a los huesos, cubiertos por la piel. Sobresalen sus ojos y su barba. Casi ha perdido el habla porque no dialoga con humanos. Solo huele los cactus, mira desde abajo las palmeras con su racimo de dátiles al aire y casi ni levanta los pies para caminar. Ni falta que hace, pues su mínimo vital espacio se limita a unos cuantos metros. No necesita más.

Ama su espacio. Nadie lo cela ni lo envidia. Es más. Nadie lo ha visitado desde que encontró que la soledad era su única compañía. Ah, se encontró un teléfono y lo tiene enfrente de su estera donde duerme. Pero como no tiene línea directa y no lo ha pagado no le entran llamadas. Se acuerda de cuando alguien lo llamaba cuando pertenecía al mundo de los vivos, allá en la ciudad de la compañía y la amistad.

A veces le duele haber perdido la sombrilla porque era su compañía cuando salía de casa. Hoy debe salir solo, íngrimo, como diría una abuela. En cambio ha descubierto que una gorra de caminante lo defiende del sol en la cara y la llovizna cuando empieza a briznar.

03-02-18                                         8:56 a.m.

Articulos relacionados