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lunes 28 febrero, 2011 a las 6:12 am
EL EREMITA VIVE EN LA ARENA Y NO ES PEZ NI ESCORPIÓN

acuariomarino.spaces.live.com/blog/cns!BC8ED1…

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy

Colombiano

 

Allá, en lo alto está Orión siguiéndome, – pensó el eremita. Sin envidia ni preeminencia. Así quisiera ser siempre, como esta serie luminaria. De vez en cuando la divisan los humanos y ella, desde lejos, sigue iluminando. No tiene sombras ni una etiqueta que la venda.

Entonces, se sentó sobre la arena frente a su habitáculo, arregló su túnica, descalzó sus pies y se sintió libre del peso de la melancolía que asomaba su cola negra por entre su ceño.

Treinta años llevaba cargando agua del oasis hasta su celda. Descolgaba las pocas frutas que el desierto le brindaba y las arrumaba cerca de su cama. Por la mañana, luego del té de hierbas frío, y de un pedazo de pan ácimo, salía a donde la dirección del viento lo llevara. Agarrado de su invisible mano, recorría cinco o más kilómetros, calculaba. Miraba cómo a lo lejos iban caravanas en gran algarabía detrás del camello mayor. El paisaje ya se lo sabía de memoria. Algunas veces lo sorprendieron los simunes y, otras, el rocío le trajo alivio en su jornada. El sol y sus rayos verticales jamás estuvieron ausentes, a no ser en las noches azules cuando la luna derramaba su luz mortecina junto al oasis.

Sus ojos brillaron como cuando el lucero se enamora. Pensó en el arco de la vida que tuerce su cuerpo desde que nace y estira su fuerza en las dificultades. Se acordó de sus triunfos, de sus amigos y de las sirenas que susurraron en sus oídos sus desvaríos y bocas rojas. Pensó en los horóscopos que le ofrecían sorpresas estereotipadas y mezclaban a Mercurio con retazos de Tauro y Caprio. Se sonrió apenas y sacudió la testa por un instante. Se dolió por haber sido crédulo algún día.

Su arco estaba tenso aún y sus pies no estaban lentos. Su corazón ronroneaba a la par que los leones en la noche junto a su hembra y su mente era clara igual que el agua que recogía cada semana en su caminata. Su espalda no crujía ni su estómago le ardía. Sus manos le obedecían y no había temblores que le impidieran beber en el cuenco de coco que le servía de vaso. Todo estaba en orden. Porque el gusano que habita en cada humano había permanecido enroscado en su vitelo y no lo corroía con remordimientos.

¿Para qué necesitaba reglas de convento o de astrología, leyes que controlaran su silencio, su respirar, su movimiento y sus pausas, su pensamiento y el recorrido diario? Del viento aprendió a volar sin distraer a nadie, de las estrellas su alegría, de la Luna a soñar y a enamorar a las cigarras en la noche, de la lombriz furtiva a disfrutar la arena y el desierto, del dátil, la lechuga y las pequeñas hierbas tomó el ejemplo de la calma y el dulzor de la tierra. Eso le bastaba. Lo demás eran sobras que se las podía donar a los necesitados.

Así pasó el eremita el décimotercer día del calendario, sin pensar que Juliano o Alá o los egipcios tuvieran que ver en la numeración que él no llevaba como lastre.

Se levantó con la comisura de sus labios distendida y el cuerpo relajado. Ni el calor ni la posición de pensador sobre la arena lo habían cansado. Y se dirigió al interior de su eremía.

13-01-11 – 11:33 a.m.
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