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miércoles 17 mayo, 2017 a las 7:02 pm

EL DOLOR

el dolor 2
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
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Hay molestias del cuerpo que causan heridas o se manifiestan en erupciones o granos o torceduras pasajeras o micos en el cuello que impiden volver la cabeza. A veces duelen o escocen o arden. Apenas molestan. Otra cosa es el dolor, estimados amigos.

El dolor es una punzada que cruza desde la parte más alta de la cabeza, pasa por su centro, baja al pecho y se acurruca adentro, pasa al corazón, baja al estómago, chuza al páncreas, punza al hígado y al riñón y vuelve a subir por todo el intestino hasta el pecho por el camino por donde bajó.

El dolor es una sensación incómoda y desalentadora. Deprime el ánimo y baja la autoestima. Todo el ser interno de quien lo tiene se afecta. Duelen los ojos y quisiera uno permanecer dormido pero no da sueño. Dicen las señoras que lo han tenido que parece un gato que juega con el ratón allá en el estómago. Con escarbadera y ruido se mueve por los entresijos hasta provocar, a veces, fatiga y ansias de vómito. Es peor que una gripa muy fuerte o que una fiebre de tifo. Ya sería mucho decir. Pero es cierto.

Cuando uno padece de un dolor, como el que intento yo describir, – porque lo estoy sintiendo -, no come, no duerme, no puede estar tranquilo. Da vueltas en la cama, suda, debe estar mirando la hora y para colmo llueve. Si está uno levantado da vueltas, baja y sube las escaleras, entra a la alcoba toma un libro maquinalmente y lo abre. Lee unas líneas y vuelve a cerrarlo.

El dolor busca cómo hacerse sentir. Trae recuerdos gratos que ya pasaron y no sirven de ayuda. Todo lo contrario. Azuzan la bilis y se aumenta la sensibilidad y hasta provoca un acezar en el pecho. Se oprime y se congestiona. Se estira y se seca como si estuviera uno apaleado y en el último estertor. Pasan imágenes de viajes, de sitios, de escenas alegres y ¡dale! que se revuelven otra vez el páncreas y la bilis y sigue el acoso del bicho que punza y pica y muerde.

Tener un dolor de estos es como poseer un diablo adentro con llamas y cachos, con tridente de fuego, cola con martillo y ojos de rabia. Se mueve allá adentro peor que una comadreja que huye del perro que la persigue. Tener esta clase de dolor extremo sería soportable si uno supiera que comenzó y pronto desaparece. Eso es lo más grave. Esta clase de dolores puede durar meses y hasta años.

El cuerpo lo siente, la salud y hasta los vecinos. Se enflaquece el paciente, no dan ganas de comer ni se puede dormir. Anda uno como zombi por la calle y lo notan los pasajeros cuando monta uno en el Mío o en taxi. La pensadera invade la mente, la imaginación se agiganta y detecta escenarios, revuelve situaciones, mientras el dolor busca escape mirando hacia el infinito o al niño que grita.

Entretanto, el dolor no cesa. Es como una continua pesadilla que acosa. Se palpa uno, trata de controlarlo, de no hacerle caso, pero – testarudo – sigue ahí. Y no digo más porque se aumenta el infeliz.

16-05-17                 Seis meses después          8:29 a.m.

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