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Domingo, 4 de octubre de 2026
miércoles 11 abril, 2012 a las 3:05 pm

El día que masacraron la democracia vallecaucana

Por: Luis Barrera
http://www.semana.com 
Con plegarias, mensajes de amor y la esperanza de un reencuentro de familiares con sus seres queridos en la futura inmortalidad, se cumplieron 10 años de la masacre de los Diputados del Valle.

La historia de nuestra época en relación con la violencia podría desdoblarse así en dos caminos paralelos. La paz que se proclama y la violencia que se hace. Dichos levantados y hechos reprobables. Entre ellos existe una sutil comunicación.

El día que mataron la democracia vallecaucana, los colombianos nos levantamos indignados pero sabíamos que un acto tan alevoso podría haber sucedido por la intolerancia y soberbia de los violentos.

Hace ya una década la cobarde muerte de los diputados vallecaucanos en manos de sus verdugos sacudió hasta sus cimientos las entrañas de sus familiares y allegados. Lo mismo que sigue sucediendo todos los días en alguna familia colombiana que zozobra, muchas veces en silencio y clandestinamente, deslizándose hacia la no querida complicidad con el mundo de la subversión y la delincuencia porque ha sido tocada en su cuerda más sensible.

El secuestro es un arma de la delincuencia que tiene demasiados efectos y golpea en el punto más blando de las personas que les importa la suerte de las víctimas. Debido a que la tecnología ha vuelto al hombre esclavo por dinero el hombre ha perdido el respeto por la dignidad humana así como muchos otros valores y encuentra su felicidad en este aspecto y sin importar porque medios deba conseguirlo, así sea a través del secuestro.

Aunque se suponía era un secuestro político el desenlace final y suerte que corrieron los corporados de la Duma Departamental del Valle nos dejó bien claro que en la medida que ninguna religión o filosofía universal levante el espíritu de esta nueva humanidad, que vive apretadamente en una sola tierra pero que aún no ha aprendido hacerlo en concordia, el escepticismo o incredulidad seguirá invitando a la adoración de lo que no es, al culto de un Anti-Dios llamado poder y dinero.

El dolor causado a los familiares de los secuestrados asesinados y a la democracia del suroccidente colombiano será muy difícil de olvidar. No obstante, el odio nunca será la solución de nada bueno. Habrá por qué sentir rencor, pero ni una de sus razones valen.

No nos podemos olvidar tampoco que es el amor el que mueve al mundo, el rencor, el odio son los que lo detienen. Por eso siempre el amor y el perdón son la cura al olvido, sobre todo al sane de nuestras heridas y la felicidad.

La paciencia y el tiempo serán en este episodio vergonzoso de la vida nacional, las encargadas de cicatrizar esta profunda herida sobre la democracia vallecaucana pues al fin y al cabo hacen más que la fuerza y la violencia.

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