
La velocidad con que cambian las cosas en el mundo no nos permite medir hasta donde hemos llegado. Cuando yo nací, el 31 de octubre no era una fiesta de brujas ni de disfraces. Cuando comenzaron los festejos, bastantes años después, eran unos niñitos disfrazados de brujas o de algún personaje siniestro de los cuentos infantiles que salían de casa en casa diciendo: «triquiqtriqui, dulces para mi». Desde hace pocos años, cuando los adultos resolvieron meterse a la fiesta de los niños y comenzaron a disfrazarse como si estuvieran en carnaval, el 31 de octubre se convirtió en la cúspide de la rumba y los niños fueron sobrepasados por la escandalera de jóvenes y adultos emperifollados para los aquelarres.
Cuando los que dejaron de ser niños y todavía no eran adultos entendieron que la fiesta de brujas era una oportunidad para expresar su independencia y cobrar sus frustraciones, ya habían llegado las motos y empezaron a formarse los gigantescos y bullosos desfiles de caravanas de máquinas de dos ruedas, abrumando calles y límites. A tal punto han llegado, como epicentro de la protesta juvenil, los 31 de octubre, que en casi todas las capitales de departamento y en las ciudades intermedias los alcaldes se han visto obligados a decretar, cuando no rutas estrictas, sí prohibiciones ridículas, y se aprestan, orinándose en los pantalones, a una noche de tumultos y problemas como si llegaran las hordas que azotaron las estepas.
Recuerdo muy bien un 31 de octubre de hace unos años en Tuluá, cuando las motos fueron citadas por el incipiente internet para tumbar un busto que una barriada había levantado en mi honor, y mi efigie fue arrastrada por las calles como la de cualquier Sadan Hussein el día que lo derrocaron.
Para mañana, los pretextos sobran, comenzando por la protesta contras las medidas que tratan de impedir el desorden. Es noche de brujas y, como todo desquite, resultará inolvidable para muchos.