El corazón campesino

El corazón campesino
Por Luciano Rodríguez Mazabel

La historia del Norte del Cauca es lo más parecido a un canto de libertad.
En sus primeras estrofas aparece la figura del campesino, “hombres que su azadón salen desde muy temprano a regar con su sudor, los surcos con el amor del corazón campesino”[1]. Sus manos recias como el acero encarnaron el espíritu ancestral y lo sembraron en las entrañas mismas de una tierra que lo representa todo.
La relación del campesino nortecaucano con la tierra no es un vínculo ordinario. Se trata de una conexión asombrosamente mística y profunda que se nutre, en una buena parte, de la convicción de que la tierra es su hogar y la casa de todos los seres vivos, y la consciencia de que la naturaleza es un regalo precioso de Dios.
En consecuencia, es el deber del campesino mostrarse humilde y respetuoso ante la belleza del hogar que comparte y le provee abrigo.
El amor del campesino por su finca tradicional es el cordón umbilical que lo conecta con su historia, con sus ancestros, con su memoria y su cultura, por lo tanto, lo mantiene vivo. Más allá de concebirla como un concepto ligado a un espacio físico, para un nortecaucano la finca tradicional representa un “lugar” de resistencia.
Desde sus orígenes, la finca tradicional se ha convertido en un elemento determinante de cohesión y el lugar donde se ha forjado y reconfigurado el carácter identitario de un grupo de personas que no solo ha intervenido este espacio, sino que lo ha vivido y le ha consignado una experiencia particular en torno a un proyecto de vida. En otras palabras, se trata de un espacio de producción cultural, social y económica desde el cual el campesino nortecaucano ha trazado los lineamientos de su vida y su propio destino.
El arraigo del campesino nortecaucano por la tierra representa también la esperanza de un futuro glorioso para un pueblo que logró, en la post esclavitud colonial, forjar con sus propias manos su espacio de vida y de resistencia.
Uno de los que comprendió muy bien el valor de la tierra fue José Ignacio Mina, conocido como Sinecio Mina, por allá en la década de 1910. Este personaje no solo encarnó el espíritu libertario de los campesinos negros del norte del Cauca sino que se levantó a defender sus derechos y los motivó para que lucharan por preservar las tierras que por justicia les pertenecían. “Cuando los terratenientes intentaron arrebatarles las tierras a los negros de Quintero y de Barragán, Sinecio Mina los organizó para que lucharan y defendieran sus fincas”, indicó don Luzardo Caicedo, uno de los que aún conserva vivo los relatos de aquellos días. Pero, ¿qué era lo que exactamente defendían con tanto tesón Sinecio Mina y los campesinos de su época? ¿Defendían ellos únicamente las grandes extensiones de tierras fértiles donde, en poco menos de medio siglo, habían logrado consolidar un modelo particular de producción que les garantizaba vivir con autonomía además de proveer lo necesario para una vida relativamente cómoda?
Cierto es que el modelo de producción basado en la rotación de diversos cultivos de plantas y árboles frutales, la huerta, el plátano, el café y el cacao les suministraba a las familias la base de los alimentos requeridos, y en consecuencia, tenía un valor incuestionable.
También es cierto que la exuberancia de la fauna y la flora del Norte del Cauca eran de una belleza tan incomparable que muchos la consideraban una de las más grandes inversiones de Dios (Arbab, 1985).
Sin embargo, no era eso lo que ellos defendían. En realidad, lo que el campesino nortecaucano defendía con tanto ahínco era el proyecto de vida todo un pueblo. Su historia; la relación con sus ancestros; sus saberes y tradiciones; sus anhelos y sueños; sus mitos y leyendas; las raíces de su identidad; su tradición oral; su memoria y patrimonio intangibles. Por supuesto que también defendían la esencia del campesino, en especial la nobleza y grandeza de su corazón.
Por naturaleza, el campesino nortecaucano es una persona generosa, sencilla y trabajadora. Su mayor deleite es disfrutar el canto que la naturaleza viva le ofrece al romper el alba de cada día, para luego fundirse en un diálogo permanente con su finca tradicional, mientras labra la tierra, siembra semillas y cosecha los frutos. Y de entre sus mayores gozos está poner en las manos del visitante los mejores frutos que su finca le provee. Los campesinos, entonces, son los herederos de los últimos residuos de una vida rústica y sencilla.
Con los primeros días de la década del setenta vino también una sombra poco grata para el campesinado nortecaucano.
Los procesos de industrialización, en particular el sector azucarero, originaron transformaciones y cambios precipitados en la región que debilitaron el modelo de sociedad que estos campesinos habían construido con tanto sacrificio. Muchos campesinos se vieron obligados a vender sus tierras y se trasladaron a los centros urbanos. A otros no les quedó más opción que exponer su espalda al sol y trabajar como asalariados en lo que antes era su tierra.
Hoy, medio siglo después, vemos cómo las manos de un pequeño manojo de campesinos todavía se aferran a los azadones y las palas para continuar labrando su proyecto de resistencia, día tras día. En sus rostros, ahora más surcados por las cicatrices de la vida, se esconde una mirada teñida de esperanza. Y aunque la tierra ya no produce como antes y las hojas de los arbustos de sus fincas han cambiado de color debido a la polución que emana de las chimeneas de las empresas y fábricas, en lo más profundo del corazón campesino todavía está encendida la llama del amor por su tierra.
Recientemente, la noticia de que muy pronto florecerá en el Norte del Cauca un bosque nativo[2] que contribuirá a la restauración de muchas de las especies propias de esta región que han ido desapareciendo, ha devuelto la esperanza al corazón de los campesinos.
El saber que ahora sus hijos y nietos podrán visitar este pulmón de la zona para apreciar la belleza y la diversidad de la naturaleza viva, al tiempo que se conectan con la historia del Norte del Cauca y sus leyendas a través de este espacio ecológico, ha producido un despertar de esa fuerza que mueve al corazón campesino.
¡Aquí está el campesino con su ropa de finquero! Sus manos son la palabra con que le canta a la vida, y el olor a mandarina su perfume natural; disfruta ver la torcaza cuando alimenta a su crio, y sentarse bajo un árbol a despasillar café. Las mazorcas de cacao cuando les golpea el sol, parecen barras de oro, ¡un tesoro natural!
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[1] Fragmento de la canción El corazón Campesino, RED de Organizaciones de Base, enero de 1985.
[2] El bosque nativo es una extensión de la Casa de Adoración Bahá’í que se está construyendo en la comunidad de Agua Azul, municipio de Villa Rica.



