El conflicto


Desde épocas milenarias existe el conflicto, no es concebible que los seres humanos vivan sin conflictos y, lógicamente, lo razonable es que no existan motivos que los provoquen.
Algunas teorías elevan el conflicto a las condiciones de nuestra naturaleza humana, como expresión originaria del ser humano.
En cierta oportunidad escuché al eminente profesor Francisco Jiménez Bautista en Granada España que el conflicto es una querella o divergencia en la que existen posiciones o intereses diferentes.
Registraba, el conocido paladín de la Unesco y de la Universidad de Granada, que en los conflictos de intereses la solución pasaba por eventuales acuerdos, en tanto que los conflictos, llamados de posiciones, el tratamiento es distinto porque tienen arraigo en rigurosos enfoques culturales, religiosos o políticos, que dificultan despejar convenios.
Que existan conflictos nos parece normal, tanto que en nuestras sociedades, signadas por el capitalismo, los intereses, los valores e incluso los afectos, son expresamente incompatibles entre las personas o clases sociales que se disputan el poder.
Es, en esa incompatibilidad, cuando se vuelve intolerable e insufrible y aparece la génesis de la violencia.
Tal es la equivocada percepción del conflicto que estigmatizamos a las personas con el epíteto de “conflictivas”, calificativo o agravio que hacemos externa o internamente, eludiendo dialogar con ellas.
Rara vez hablamos o pensamos benévolamente del conflicto, de hecho el diccionario de la RAE nos dice:
“Conflicto, del latín conflictus, combate, lucha, pelea, enfrentamiento armado, apuro, situación desgraciada y de difícil salida; problema, cuestión, materia de discusión; conflicto de competencia, de jurisdicción.
En psicología equivale a coexistencia de tendencias contradictorias en el individuo, capaces de generar angustias y trastornos neuróticos.
Momento en que la discrepancia es más dura y violenta y en las relaciones laborales, contradicción que enfrentan los trabajadores con los empresarios”.
De hecho, el conflicto sugiere un choque, inesperado encuentro, tropiezo y pugna. “No joda hermano, no joda hermana, la cosa no es así”, solemos comentar cotidianamente.
Y cuando el conflicto es ideológico hablamos con supuesta honradez intelectual de “principios”. Aparece, entonces, la ideología, como una doctrina congelada que tiene origen eterno, cultural, religioso o político.
Y como en “El Principito”, nos preocupa la falsa observación de nuestros amigos en torno a la sociedad en que vivimos, la forma como se miran las cosas y el que se piense con falsas percepciones y por encima o por debajo de las leyes de la naturaleza, estimación que trae la humanidad desde tiempos remotos.
El Buda utilizaba el concepto de “maya” para hacer alusión a los fantasmas que escondían la realidad del mundo y Demócrito fue más allá, nos enseñó que ninguna persona se puede “bañar dos veces en el mismo río”. Fue padre del materialismo dialéctico.
El abogado Carlos Marx que, dicho sea de paso, por convicción y honestidad no ejerció la profesión, es quien proporciona un nuevo sentido al pensamiento y habla de “ideología”, definiéndola como un conjunto de representaciones y símbolos con que las clases dominantes sociales se reconocen y utilizan para imponer su señorío y superioridad sobre el resto de la sociedad.
El filósofo Carlos continúa diciendo que los hombres al desarrollar la producción material alteraron su existencia real, su pensamiento y producción cultural.
Y fue más allá, cuando dijo: “No es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia”.
Pero no nos desviemos, vivimos en un país de conflictos, tanto que tenemos eminentes expertos en conflictología y destacados violentólogos.
Es de suponer, en esta perspectiva, que la conflictología es la ciencia de los conflictos. Y, claro, incluye las crisis, las violencias, los cambios y los problemas.
Ciencia que nos conduce a la Resolución de los Conflictos, sobre lo cual los europeos conocen más que nosotros, aunque tengamos más conflictos de igualdad social.
Grandes sistemas del pensamiento han aportado ideas para solucionarlos. Entre ellos los se encuentran las reflexiones de Jesús, Buda y Confucio, sin que dejemos por fuera a Nietzsche, Freud y Marx.
Alguna vez le escuché a Jaime Batemán, mientras nos tomábamos un tinto: “La Biblia no es un libro de economía, pero en ella encontramos que hay que pagar el salario justo”.
Y ahora que se habla del postconflicto preferimos recordar al pensador Estanislao Zuleta, nuestro compañero de bohemia en la Taberna Baco de Santiago de Cali:
“La erradicación de los conflictos y su disolución en una cálida convivencia no es meta alcanzable, ni deseable, ni en la vida personal -en el amor y la amistad-, ni en la vida colectiva. Es preciso, por el contrario, construir un espacio social y legal en el cual los conflictos puedan manifestarse y desarrollarse, sin que la oposición al otro conduzca a la supresión del otro, matándolo, reduciéndolo a la impotencia o silenciándolo”. Hasta pronto.



