El conflicto armado, la negociación

El conflicto armado, la negociación
Y un proyecto de país frustrado
Por Donaldo Mendoza
En esta segunda parte, William Ospina nos ilustra sobre los distintos orígenes de las innumerables guerras que hasta hoy han frustrado un proyecto de país que tenga en cuenta la participación de toda la sociedad. Cada guerra tiene su particular contexto de infamias. La llamada Violencia de la década del cuarenta llegó a su clímax con el asesinato del caudillo liberal Jorge Eliécer Gaitán el 9 de abril de 1948; pero su ‘razón’ venía de antes: “guerra del Café”, la llama Ospina. La región central de Colombia, convertida en un tapete de minifundios democráticos, había hecho del café la principal fuente de ingresos para nuestra sociedad. Pues esta ‘nueva guerra’ permitió que esa sábana vegetal “se convirtiera en una región de latifundios cafeteros, y que las ciudades colombianas crecieran de un modo desmesurado con la población desplazada de los campos”. ‘Colombia es un país de ciudades’ –se oía decir con cierto orgullo–, pero no nos preguntábamos por qué. Uno de esos desplazados fue Pedro Antonio Marín, un nebloso vendedor de queso, junto con su familia.
Una vez ‘terminada’ esa guerra comenzó la violencia guerrillera, aupada por el romance socialista de la Revolución Cubana. Pero también por la sin salida democrática del Frente Nacional: los liberales y conservadores, enemigos en los años previos, pactaron una alternancia del poder por 16 años, con un estado de excepción («Estado de Sitio») permanente, a fin de mantener un aparente orden público, pero cuyo verdadero fin era reprimir la protesta y la oposición. Esa manguala en el poder patentó la corrupción, el miti miti, con un muy flaco control. En fin, una forma de violencia estatal, cual “sustituto de las reformas liberales”.
Entrada la década del setenta, nació la guerra de la marihuana y, gradualmente, la guerra de la coca, “que enfrentaba a los grandes traficantes de cocaína con el Estado, al Estado con los pequeños productores de la hoja de coca…” Los campesinos y aldeanos, empobrecidos por ausencia del Estado, ven en la siembra de coca y en su compra-venta una oportunidad, en apariencia fácil (no echan de menos vías de acceso ni demás ‘lujos’ de la civilización). La creciente demanda de cocaína, especialmente en Estados Unidos, incubó la violencia y el terrorismo al convertir el jugoso negocio ilícito en un asunto de seguridad transnacional. Y de contera, la infiltración de los dineros ilegales en las elecciones, que tuvo en el Proceso 8000 la cima de la degradación política. A su paso ahogó también el ideal revolucionario de la guerrilla, y le sumó el contrapeso del paramilitarismo.
La COP 16 (2024), en Cali, no fue una ostentosa reunión de burócratas, como en algún medio se dijo. Allí se reunieron quijotes de todo el mundo para advertirnos sobre el riesgo inminente de la mamá de las guerras: la de la biodiversidad. El clamor de los claros clarines es salvar el agua. Proteger los páramos y las selvas de la codicia de los buscadores de oro, madera y minerales.
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