EL CIEGO


La mañana era fresca, inocente, y entonces Jesús fue a la plaza de la ciudad con su mirada mansa y sabia que todo lo escrutaba, por si encontraba algún corazón solitario.
Un ciego de años estaba sentado en una esquina de la plaza; ensimismado, sólo veía lo que el pensamiento pinta. Había oído algo acerca del profeta, pero él era tímido y nunca había querido importunar al Maestro; siempre pensaba con franqueza que no era digno de solicitar la luz de esas manos santas, él, que sin embargo escuchaba en su interior la música del cielo y abrigaba, desde siempre, sentimientos de bondad.
La presencia de Jesús, con su semblante nazareno y puro, era suficiente para redimir esa calle tan falta de amor. Con paso silencioso se acercó al ciego y se sentó junto a él. “Amigo, soy tu hermano, tu padre, tu hijo, tu hermana, la flor que no marchita nunca. He visto a mucha gente que alardea con sus males, pero tú eres silencio digno, honroso, y sólo los silenciosos entran en mi reino. Yo te bendigo, te doy la luz que te falta bajo el cielo; desde ahora puedes ver las cosas, los rostros, la noche y el día”.
El hombre, entonces, despertó en gloria; pudo ver ese rostro que perdona todas las querellas y que es capaz de hacer bajar el sol a la tierra; y entonces abrazó al Maestro con una felicidad que no había sentido nunca antes, tierna y melancólica a la vez, y le dijo: “Gracias Señor; pero no soy digno de que entres en mi casa”.
Jesús lo tomó de la mano, lo ayudó a levantarse, le mostró la puerta del templo, y le dijo: “En verdad, no quedará piedra sobre piedra. Mi templo eres tú desde que vi tu sombra arrepentida en los andenes, pero ahora Yo soy tú y tú eres Yo; el santo misterio alumbrará todos tus recintos. Esta noche te espero en el Pozo de Betania, y mientras la luna sonríe y el árbol canta, te mostraré el nuevo lucero que existe desde hoy en el cielo con tu nombre, y después celebraremos el misterio santo, ese que sólo saborean y entienden los elegidos de mi Padre”; y entonces Jesús se despidió.
El hombre vio cómo Jesús se alejaba despacio, como meditando profundamente, tal vez ensimismado en la inefable estación eterna. A esa hora ya había bastante gente en la plaza, pero nadie lo miró. “Es extraño, nadie reconoce al ángel del principio y el fin”, pensó. Y entonces evocó esas palabras que gritan en el desierto: “Nadie es profeta en su tierra…”, y recordándolas en lo profundo de su alma, se marchó radiante a su casa, que quedaba junto al Puente de la Misericordia.
RVQ.




