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miércoles 19 noviembre, 2014 a las 3:24 pm

El caos vehicular

A un toque - Julio Herney Narváez Zapata
Julio Herney Narvaez Zapata
Julio Herney Narvaez Zapata [email protected]

Uno de los aspectos que mejor refleja el estado de salud mental de una ciudad es el comportamiento de los conductores y peatones en sus vías. Ambos, componentes esenciales del tráfico urbano que en Popayán está a punto, si es que ya no lo es, de convertirse en un verdadero infierno; sobre todo en sectores críticos como el centro, y en especial en las llamadas horas pico.

Transitar a diario por las angostas y congestionadas calles de esta capital genera un gran dolor de cabeza a propios y extraños. En las vías patojas se impone la emoción sobre la razón y en ellas impera además de la inseguridad, la falta de respeto, la intolerancia, el egoísmo, el miedo, el estrés y hasta el mal genio y la vulgaridad. En otras palabras, opera la ley del más fuerte, el más “audaz” y el más patán.

Un episodio cotidiano en cualquiera de estas vías amerita un verdadero estudio sociológico de cualquiera de las distintas universidades que tienen su asiento en esta ciudad. El buen comportamiento en las vías, esencial para la implementación de la llamada inteligencia vial, no se ve entre los conductores y peatones patojos. Aquí todo el mundo hace lo que se le da la gana sin importarle el resto de sus semejantes.

Quiérase o no, ingresar al tráfico de Popayán nos cambia por completo el ánimo con que salimos de nuestras casas. Para empezar nos topamos con unos trancones innecesarios que forman algunas personas y agentes que han puesto dizque para mejorar el flujo vehicular pero que en realidad terminan es enredando mucho más la madeja porque no tienen ni la más mínima idea de lo que es la regulación del tránsito y lo hacen casi que por inercia.

Luego para completar, no faltan los energúmenos que se creen los dueños y amos de las vías. No tienen el más mínimo respeto por las normas ni por sus vecinos y andan como si estuvieran poseídos por el demonio, y que en un gran porcentaje son los conductores de busetas, colectivos y taxis. Paran a recoger o dejar pasajeros en cualquier sitio, en mitad de las vías y hasta en los cruces, y cuando están atrasados convierten las calles en circuitos de Fórmula Uno.

Y ni que hablar de los “moto-ratones”, quienes se han convertido en la peor de las pesadillas y por ello requieren de un capítulo aparte. Y aquí no para la cosa, pues los peatones también tienen un alto grado de responsabilidad en este caos. Ellos atraviesan las calles por donde se les antoja, no saben para que existen las cebras y los puentes peatonales; transitan exponiendo sus vidas y pobre del conductor que les diga algo, eso sería armar la de Troya y por consiguiente más caos y trancón.

Que distinta que sería la ciudad si por el contrario todos usáramos buenos modales en las vías, acatáramos las normas de tránsito, fuéramos más respetuosos, pacientes, prudentes, menos egoístas, nos disculpáramos cuando cometiésemos un error y no buscáramos excusas para nuestro mal proceder. Y que en vez de manejar a la defensiva, pusiéramos en práctica la conducción preventiva que es menos conflictiva y mucho más efectiva.

Así que amigo lector, si somos parte del problema, recuerde que también podemos ser parte de la solución.

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