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Jueves, 15 de octubre de 2026

El campo colombiano estalló y Santos terminó apoyando el paro

Luis Barrera
Luis Barrera - Editor
Por: Luís Barrera
[email protected]

Ahora a todos nos dio por opinar sobre la crisis del campo colombiano y proponer salidas a la ola de paros y protestas generalizadas de los sectores agropecuarios que literalmente están “quebrados.”

Los expertos, los que sí saben cómo salir de este enredo que terminó en el estallido de esa bomba de tiempo que se había convertido la vida de millones de compatriotas, opinan que la reactivación del campo tiene que contemplar una política integral de apoyo a la producción, uno de cuyos componentes debe ser la intervención del Estado en la compra de cosechas a través de precios remunerativos de sustentación. Ése será un puntal para crear una producción agropecuaria fuerte, que sirva de sustento al desarrollo nacional.

El asunto es que, mientras no se resuelvan los conflictos de tierra en Colombia, éstos seguirán siendo el caldo de cultivo del conflicto armado más antiguo del continente. Además, pone en entredicho el futuro del país que actualmente importa más de 8,1 millones de toneladas de alimentos anuales, mientras destina sus mejores tierras y grandes recursos económicos a través de subsidios y auxilios, para producir materias primas que se exportan a muy bajos precios, con pocos beneficios para Colombia.

Lo paradójico es que en medio de la más importante crisis alimentaria mundial, mientras se debieran estar promoviendo políticas públicas que revaloricen al campesinado y enfrenten la crisis, la dirigencia colombiana sólo ve el campo y la producción campesina en términos de productividad y competencia, sin entender que tan solo con profundas transformaciones en la cuestión agraria estará la base para la autonomía y la soberanía alimentaria y la paz de este herido país.

Le tocó al presidente Juan Manuel Santos asumir las consecuencias del haber heredado esta verdadera “papa caliente” y después de subestimar lo que parecía uno más de los paros, protestas y bloqueos de carreteras a la que nos habíamos acostumbrado los caucanos y colombianos, al mandatario no le tocó sino que terminar sumándose al paro nacional y convocar y proponer un amplio debate en torno a lo que podría ser el nuevo modelo de desarrollo rural, que recupere el grave daño ocasionado a los campesinos y toda la cadena productiva del agro.

La gente del campo no aguantaba más, era insostenible tanta indiferencia y retroceso en sus economías. En nuestro Cauca, en donde se repite la historia de los bloqueos y cierres de carreteras cíclicamente es esto lo que reclaman; en la actualidad, los movimientos sociales colombianos ligados a la tierra, la naturaleza y el territorio, caminando la palabra a través de la Minga de los Pueblos, han logrado llamar la atención sobre la importancia de liberar la Madre Tierra para recomponer no sólo las relaciones entre los seres humanos sino de también nuestras relaciones con la naturaleza. Los pocos esfuerzos por transformar la realidad del campo han fracasado.

La movilización de los guambianos hacia Popayán solidarizándose con el paro agrario no es cosa fortuita y hasta tiene razón el secretario general de la Presidencia, Aurelio “Junior” Iragorri, cuando afirma que el paro no tiene días, sino años de olvido, marginamiento, políticas erradas y desaciertos en el manejo de la cuestión agraria.

Al referirnos a la problemática y la estructura agraria colombiana no podemos, pasar por alto el marco dentro del cual se desenvuelve esta temática. Sin lugar a dudas las formas imperantes de la tenencia de tierra, y por ende, los poderes inmersos detrás de esta estructura, predeterminan y han predeterminado a través de nuestra historia las políticas agrarias en Colombia en donde se está negociando una salida para terminar el viejo conflicto armado de varias décadas con el grupo insurgente que nace de las luchas liberales por la tierra y el campesinado y termina con una inmensa vocación agrícola “sembrando violencia y terror” por todo el territorio nacional.

En el Cauca y Colombia hemos vivido un proceso de contrarreforma agraria con ingredientes como el uso de la fuerza de las armas o de dineros derivados de actividades ilícitas para intimidar al movimiento campesino e indígena que lucha por la tierra y para provocar el desplazamiento en zonas de interés para las élites agrarias.

Las políticas macroeconómicas no han permitido realmente que este sector logre salir de su postración, somos competitivos en algunos productos agrícolas pero no en otros. La falta de una dirección adecuada para este sector hace que se presente a su vez la ausencia de un verdadero plan de inversión.

La agricultura es transable, pero ésta tiene un efecto en la inserción del sector agrícola colombiano en el mercado internacional, por tanto, su desarrollo, rentabilidad, ingreso y empleo hace que los cambios en los precios relativos no respondan rápidamente.

Esta característica se puede ver en un sector específico como el café donde depende del trabajo del asalariado y no del campesino. Los cafeteros están medio satisfechos porque están recibiendo subsidios por ahora, pero el día que se les termine es “teta” al igual que otros sectores volverán a bloquear y parar, porque el problema es estructural, y se requieren grandes transformaciones de fondo.

Uno de los grandes problemas que asecha la agricultura es la financiación, a saber: los costos más importantes son los costos de transacción que en Colombia son mayores en el sector rural en términos de financiación, por motivos como el riesgo, las distancias y el tipo de garantías, también por la dispersión de propiedad rural, inestabilidad, monto en el ingreso y numerosos prestamos pequeños, que los campesinos no pueden pagar.

Lo que hace prever que le tocará a este gobierno sacar la chequera y girar a diestra y siniestra para mantener a todo mundo contento, oportunidad que deberá sopesarse muy bien si de reelección se trata, porque como dice el acucioso periodista radial de Popayán Fernando Álvarez Sabogal, “con todo lo que está sucediendo, la cosa reeleccionista la tiene envolatada”.