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domingo 25 marzo, 2018 a las 9:15 am

EL BORRICO

rodrigo valencia
EL BORRICO
(De mi libro «Jesús, el Íntimo») / Carátula: óleo de RVQ

EL BORRICO

EL BORRICO
Otras publicaciones de este autor: http://bit.ly/2I1XZyB

Y un día, al declinar la tarde, Jesús entró en la Gran Ciudad, montado en un borrico; deseaba palpar el alma de esa Gran Ciudad, una de las que darían mucho que hablar en el futuro.

Había recomendado a los suyos que no lo siguieran; tenían que esperarlo durante un tiempo, ya que al fin y al cabo «el Reino es como una larga espera, en la cual durante mucho no se ve la mies», les había dicho.

Y llevaba una palma en la mano, la iba deshojando poco a poco; tiraba las hojas una a una en el camino, y pensaba:

«Que cada una sea como palabra del Padre, ojalá los pocos puedan recogerla. Sin embargo, en este sitio la humildad y sencillez no serán bien recibidas nunca; se precisa de caravanas elegantes, de camellos ostentosos, adornados con oro y pedrería para que a uno le muestren atención».

Y ciertamente nadie lo esperaba; ese día, todos habían asistido a las celebraciones de la ciudad; la fiesta dispersaba cuerpos, mentes y corazones, y aunque no era tarde todavía, estaban ya en sus casas descansando.

Solamente una mujer, que estaba en una terraza, lo vio entrar a la ciudad; parecía esperarlo; y cuando pasó frente a ella le gritó, agitando los brazos con visible emoción:

«Maestro, Hosanna, dichosos los ojos que te ven; hoy has sido como una albricia repentina en mi corazón, el Señor te bendiga».

Y él la saludó con la mano, sonrió, y le contestó:

«El cielo es como una flor resplandeciente; veo que así ha sido plantado en tu corazón, nadie podrá arrancarlo; mi Padre te acompañará siempre».

Y prosiguió su camino, ella lo seguía con la mirada; pero él avanzaba solo, las calles estaban desiertas; se aproximaban las sombras de la noche, como cuando falta sazón a las estaciones del alma.

«¡Cuándo podré decir: este pueblo me ama! Sé que mis anhelos pasarán por aquí como viento pasajero, los oídos de esta ciudad serán extraños para mí. Pero conozco muy bien mi soledad, y también la de los pocos que me siguen. Sin embargo, no puedo dejar de ver sus cúpulas y palacios de cerca, el destino me reserva una mirada de soslayo. Ni mis ojos ni mis pies pertenecen a este suelo», pensó con amargura.

«Y mis seguidores tendrán que sacudirse las sandalias cuando entren a ciudades como ésta y no los reciban».

Y en esas se acercó a él un anciano de rostro bondadoso. «Sé que eres mensajero de paz, el corazón me lo dice», expresó.

«Sólo las almas como tú tendrán paz en lo recóndito; pero en verdad te digo, no he venido a traer paz sino espada; mi Padre me ha dotado de la mansedumbre del cielo, pero también de las estrellas del juicio; mi voz es como espada de doble filo. Si alguien puede oír, que oiga», dijo Jesús, mirando hacia los lados.

«Yo sólo veo en ti la benevolencia de la Gracia», respondió el hombre, y lo invitó a su morada.

«Debes estar cansado; necesitas un lecho para esta noche, y algo de comer para fortalecer tu cuerpo».

Y ataron el borrico a un poste, en un lugar llamado La Esquina del Mundo, y comenzó a comer de la hierba que crecía junto al camino.

Jesús y el hombre entraron en la morada, y comieron algo.

El gran espíritu de la noche los esperaba como albergue de silencio santo, mientras el mundo dormía a la deriva.

RVQ

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