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Sábado, 3 de octubre de 2026
miércoles 30 junio, 2010 a las 11:57 am

EL BASTON DEL ROMI

Por Neftalí Sandoval Vecarich
Para Alberto Abinum, el último de los voluntarios
Yugoslavos de las Brigadas Internacionales.
Al envejecer, Alberto fue perdiendo el mecanismo de sus piernas, inquieto alpinista hasta su ocaso y al caminar, meses antes de su inminente partida, se apoyaba en un hermoso y curioso bastón con empuñadura de plata. Me contó en su lecho de enfermo que se lo había comprado años atrás durante un caluroso verano, a un romi que seguramente apremiado por las necesidades vendía en la calle sus más preciadas pertenencias. Cuando murió me interesé por el bastón, pero Dara, su esposa, me dijo que estaba en poder de una prima también inválida y que había recibido el obsequio en buena hora. Fue el penúltimo, al último, en la Casa del Ejército Yugoslavo, le tocó darle la despedida en una asamblea formada por los hijos y los nietos de aquellos héroes que hicieron suyo el destino de España y por ende de la misma Europa. ¡Dios los tenga en su gloria!
Extraños metales tronaban disueltos en los calderos de los artesanos a varios metros dentro del interior de las montañas de Raska. Los herreros eran hijos del rayo. El dragón es la tempestad del héroe a través del sueño, le decía al nieto romi el abuelo que en la arcilla de Ilios capturaba la luna. Pero el niño protestaba diciendo que esa lagartija no era la luna. Tampoco el sueño es la muerte, le decía el abuelo, también añadía, “la luna está en el agua” mirando a las ninfas que en el arroyo vecino se bañaban desnudas. Ocultos en los arbustos los jóvenes disfrutaban con los alborozados gritos de placer de las jóvenes chapoteando en las espumas. El estanque lo llenaba lentamente una hebra de agua que descendía desde lo alto semejando una salamandra de plata.
Escurriéndose por entre las fisuras y hendiduras de las rocas la corriente se encontró con otras idénticas en un ímpetu voluptuoso. Más adelante fueron un caudal acomodado en un lecho que orientaba su marcha para llenar abrevaderos y lagunas que en tiempo inoportuno trágicos desenlaces habrían de secar en mala hora. “Los pantanos, le decía el abuelo, serán la incógnita del dragón” y de tantos que eran no quedó más que una brizna insignificante de hierba enredada en las guedejas largas y oscuras de las hembras, en las rubias melenas de las hembras que iban tras de ellos sembrando la esperanza, gozando del fragor de los íntimos combates en un abierto desafío a la muerte. Cuando lo incrustó en una rama de cedro bien labrada y dura le dijo al nieto que sería en sus puños la frontera del amor y de la vida, del fuego que devasta y devuelve en la ceniza el poder intrínseco de la materia.
Mil setecientas gargantas estremecieron el aire, mil setecientas cabezas opusieron resistencia al viento, mil setecientas lanzas, mil setecientos escudos formaron una muralla acorazada apuntalada a lo que dejaría de ser lo imprevisible para confundirse en un abrazo con otros centenares de guerreros que llegaban desde los más apartados e inhóspitos confines en busca de la aurora. Serían hermanos en la gran y desigual batalla contra las fuerzas del mal. Ahora ardían las fogatas. Día y noche ardían las fogatas para acompañar a los héroes que dejaban atrás las sombras e iban tras los surcos luminosos del sol. Cantos y bailes en las tierras sagradas del agua, del polen y del viento, en una ronda semejante a la esfera incandescente del cielo que les daba la vida. Pero aquel guerrero de piel oscura no podía morir a pesar de los otoños que habían purgado su esperanza de redención y de victorias. El amor era una brasa incólume acomodada a manera de una salamandra en tizona tan extraña.
Uno de tantos quedaba. Una brizna imperecedera abriéndose paso hasta alcanzar la plenitud del tiempo. “Es también la muerte un sueño”, le reconvino el abuelo “y en otro puño tiene que alimentar el dragón su camino hacia la vida.” Era tan imperioso su recuerdo que allí en ese atrio iluminado por el fuego congregaba a los hijos y nietos de los mil setecientos que un día partieron en busca de la aurora.
Apoyaba férreamente su estatura en la empuñadura del bastón de cedro. Las hábiles manos de un oscuro forjador de espadas habían templado la madera, con el fuego y el agua, de la misma forma como templan los metales los artesanos de la secreta cofradía de los portadores de la luz. La madera hecha piedra era negra y dura, más que una salamandra parecía un dragón de plata en el puño del bastón que se acomodaba a la diestra nervuda del viejo combatiente. Habían cabalgado hacia el sol dejando atrás la noche sembrándola de estrellas.
Su fe tenía el tamaño de un grano de mostaza. Tuvo el sueño de los predestinados al silencio del polvo. Un pájaro que pudo capturar sin necesidad de jaulas ni de trampas. Simplemente extendió las manos y la atrapó. Era un águila albina. Entraron en los pueblos cantando, las armas escondidas entre gajos de flores y de palmas. Joven y bello como un dios. Le siguieron cantando sin temores ni querellas. Los caminos se ensanchaban. Crecía la patria en el recuerdo, la hostigaban el olvido y la nostalgia. Los caballos medían las distancias, el corazón el rumbo de la irreversible aventura. Otras eran las esperanzas, otro el mundo que defendían lejos de sus propias fronteras porque el peligro se extendía como un incendio, un cólera de ríos desbocados. No querían errar el golpe para cerrar la boca a la blasfemia y cortar la lengua de la peste.
Fue del grano insignificante un árbol esplendoroso en el desierto. Una llanura de rayos y tempestades que caminaban con el estruendo de timbales y trompetas de los artesanos romi a la zaga de los racios con sus mujeres vestidas de multicolores telas. Crótalos los cascabeles de sus pulseras de cobre y bruñidos bronces. No opusieron resistencia cuando los extraños dejaron de cantar y quedaron desnudas las espadas y las lanzas. Los guerreros buscaban el amanecer de los dragones, el firmamento de las águilas. Pero el peligro venía de otras latitudes, de una dilatada multitud que exaltaba la muerte y proclamaba el imperio de las sombras. Muchas lanzas se quebraron. Muchas espadas fueron vencidas y rotos los escudos. Los equinoccios perdieron su ritmo. Las bestias fueron más poderosas que los hombres porque encadenaron la vida en sus frenéticos carros de guerra.
Retrocedieron tratando de encontrar el curso del tiempo, pero se habían perdido las huellas de sus pisadas y el exilio fue violento. Venían vencidos por las tinieblas, acompañados de quienes habían perdido la patria a la búsqueda de los rescoldos de los viejos campamentos. Hicieron fiesta de bienvenida las mujeres colocando flores de colores encendidos en sus nocturnas guedejas y guirnaldas en sus doradas melenas. Encendieron fogatas desbrozando el campo donde pastaba el ganado y levantaron andamios inflamables. No había sitio para el dolor ni para el llanto.
Llenaron de hidromiel y sidra los odres vacíos quienes con ellos vinieron para recordar en cada equinoccio de la siembra la memoria de aquellos que partieron a los insondables paraísos del sueño. “Allí dónde tu corazón aloje alondras, le dijo el abuelo, encontrarás almendras”. Soltaron de sus jaulas a los pájaros prisioneros, dejaron que en el bosque crecieran nuevos retoños hasta alcanzar la dimensión de lo incognoscible.
Ahora después de tantos años, completamente solo afrontaba la curiosa asamblea de gentes que nada sabían de los gestas de sus abuelos. Recostado en el bastón que el romi mortalmente herido le ofreciera como la única alternativa, recordaba la invisible fuerza que contuvo a las bestias. Salió indemne del huracán. En el puño estaban las auroras, las ninfas que en los arroyos se ofrecen a los dioses. Otros jóvenes guerreros tras los arbustos deleitaran su sangre con la plenitud de esos cantos a la vida.
No pudo el romi explicar su origen. Lo había tenido desde que el sueño creció con el abuelo. El dragón de plata le correspondería al hombre que aun tendría tiempo para el amanecer de un mundo nuevo: al último de los mil setecientos y un combatientes que perdieron la aurora.
N. Sandoval-Vekarich
14.XII.2003
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