El bárbaro placer de las Fiestas de Pubenza
Confieso que jugué con agua en las fiestas del cinco y seis de enero en mi ciudad. Desde el punto de vista del gozo adolescente y juvenil no me arrepiento, salvo que ahora mis reflexiones son críticas. De alguna manera la moral burgués en nuestra sociedad colombiana educa para los placeres hedonísticos sin limitación alguna, salvo la que imponga el agotamiento físico del cuerpo en la captura del gozo. En sus esferas funciona la ideología del derroche, promovido por los diseñadores del alma colectiva la nación para la masificación del consumo.
Ni antes ni después de participar en la gozosa expansión recreativa reparaba en la magnitud de los problemas causados por la disminución dramática del agua. Suficientes eran los lazos sicoafectivos populares de la tribu para sumergirme, desprevenidamente, en el jolgorio democrático del cinco y seis de enero, conocido como las “Fiestas de Pubenza”.
Desconozco aún, si el Cacique Pubén y sus hijos Payán y Calambás, dedicados, éstos sí, sanamente al intercambio de artesanías, ordenaban consumir chicha hasta el exceso y utilizar el agua del Río Cauca y las cristalinas aguas de la quebrada Pubús en los festejos y encuentros ceremoniales religiosos realizados en el caserío que hoy descansa la ciudad de Popayán. Buena tesis para los historiadores payaneses.
No tuve, tampoco, el privilegio de escuchar a profesor alguno en el periodo de escolaridad elemental, el bachillerato y la universidad los razonamientos de Tales de Mileto, un griego defensor de la conciencia hídrica, quien sostenía que “sin agua no hay vida, el agua produce la vida”, ni había leído todavía a Vandana Shiva, autor de “Las guerras del agua”, en cuya obra plantea que “la destrucción de los recursos hídricos, de las cuencas fluviales y de los acuíferos forestales es una forma de terrorismo”, tanto que negarles a los pobres el acceso al agua, privatizar el líquido vital, promover su derroche y contaminar industrialmente las cuencas hidrográficas es también una forma de terrorismo.
Y con toda seguridad me habría abstenido de jugar al agua en los festejos del cinco y seis de enero, si hubiese sabido ayer lo que sé ahora: que la privatización del agua se fundamenta en la lógica del lucro particular y en la mercantilización de un servicio imprescindible para la supervivencia humana; que cada día mueren 30.000 personas por falta de agua; que la mitad de las camas de los hospitales del mundo están ocupadas por pacientes con enfermedades originadas en la mala calidad del agua; que 1.400 millones de personas no tienen acceso al agua potable; que el 97% del agua es salada y sólo el 2.4% es agua dulce; que el consumo promedio de la población de los pueblos del Sur es de 20 litros, mientras el promedio de los norteamericanos es de 600 y que la distancia que diariamente recorre una mujer para recoger agua en África es de 6 kilómetros.
Sobre el utilización bárbara del agua en las Fiestas de Pubenza convendría hacer un frente común, comunidad y Estado, que comience con actos de compunción, donde quepan incluso los que dicen no haber participado en la barbarie, para crear conciencia social sobre el uso, distribución y consumo, que conjugue medidas educativas, policivas y trace políticas públicas de gran calado social, donde no se esquive habilidosamente el análisis el problema con la crítica gazmoña del desperdicio por el desperdicio, cuando otras realidades denuncian que hay una población que muere de enfermedades gastrointestinales: los colombianos de estrato uno y dos, pues los otros estratos no consumen el agua de los desechos industriales y de las fuentes contaminadas, ni juegan con agua de las cloacas.




