EL ARTE DE DECLAMAR



En la entrega de Letralia, publicada con fecha de ayer 28 de febrero, llega el texto El perdido arte de la declamación del chileno Benedicto González Vargas que recuerda nuestra niñez en la escuela y en los actos de izada de bandera que se realizaban en los colegios. Niñas o niños salían a escena a declamar de memoria poemas de autores consagrados. Enrique Álvarez Henao, José Joaquín Casas, José Eustasio Rivera, José Manuel Marroquín, Porfirio Barba Jacob, José Asunción Silva, Ismael E. Arciniegas, Neruda eran los más recitados.
Recuerdo La Abeja, La Paloma Torcaz, A solas, Los Potros, La Perrilla, El Nocturno, 20 poemas de amor y una canción desesperada… Eran declamados en voz alta, acompañados de ademanes y contorsiones y tirada al suelo, a veces. Con solemnidad o humor, cuando era necesario.
Para recitar, como se decía, era necesario tener buena memoria y subir con seguridad al escenario. No fuera que en el comienzo o en la mitad se le olvidara… También se requería pronunciar con claridad, vocalizando cada letra de las palabras y de tal manera que fuera audible para quienes estaban en el salón de actos o el teatro.
A veces se topaba el público con declamadores excelentes que conmovían hasta las lágrimas. Era tan vívida su voz, su unción y su tono. Otras, uno se podía desternillar de la risa como en el caso de La Perrilla que “no pudo coger tampoco al maldito jabalí”.
En Cali hoy día podemos ver pocos y excelentes declamadora/es como Alexandra Walter, Víctor Manuel Peña, del Grupo Cómplices, con poemas de amor, dolor y muerte, María Teresa Ramírez, con África te vas…, Mary Grueso con su poema La Muñeca Negra y en ocasiones especiales a la maga Marga López Díaz de La Ceja con Evangelista Quintana, Abel y otros muchos de su producción.
La declamación no es un bicho raro hoy en día, afortunadamente. Lo usual es oír leer, si así se puede decir, a los autores de sus propios poemas. Y se dice que es mejor escuchar al autor porque se halla en su propia salsa. Y que tiene mayor mérito porque lee de su producción y no acude en auxilio “de otro”. Sin embargo, se dan muchos casos que el poema no tiene el sello de la calidad o no tiene la fuerza de la voz o al autor se le ocurre contar antes la historia y se daña su contenido. Bien decía alguna vez un poeta que cuando el lector lee “debe dejar que el poema se defienda solo”.
Escuchar poesía propia de quien declama o de autores afamados es un placer para los oídos y el alma. Recuerdo en Bogotá, en la Universidad Nacional a Eugenio Evtuchenko. Recitó en ruso un poema suyo. Claro que no lo entendí. Mas oí caer en tromba cascadas de agua en sus palabras. Era tal la vehemencia y la fuerza dramática con que declamaba cada palabra y cada verso, como moliendo las erres y las aes.
- Evangelista Quintana: https://youtu.be/ESMvEoJpjm4
- Diáspora: https://youtu.be/mKMJ-wew2vM
- Pregón del Maíz: https://youtu.be/_sQMi15ynzs
- Si Dios hubiera nacido aquí: https://youtu.be/9zk57vJajRM
- Romance de la Luna, Luna: https://youtu.be/8-PPe70wc6M
- Alexandra Walter y Víctor Peña: https://youtu.be/iQgTQeIeExg



