EL ANILLADO DE LA SERPIENTE ENVUELVE


Loco-mbiano

Acabo de salir de la Sala No. 1 del Centenario con los ojos hundidos en las aguas en tromba del río que servía de bandeja a la delgada canoa donde iban los viajeros selva adentro. Qué fuerza tiene la selva, qué hermosa y atractiva esa espesura verde ante los ojos desorbitados.
Imponente como una escultura a punto de hablar y desvestirse, monumental como el templo de Atenea o la Basílica Romana con toda su ornamentación. No sabe uno qué admirar más: si la inmensidad que no acaba ante la lente que entra y sigue mostrando y nunca deja de rodar imágenes de una danta que avanza y luego se lanza en el fondo del río. Parecía un potro cerrero y soberbio. Un río anónimo pero abundante todavía en medio de la inclemencia a que está sometida por colonos, militares, caucheros, aserradores y bandidos.
La película de Ciro Guerra nos deja ver, como en un documental, las riquezas que tenemos en el Vaupés, Vichada, Amazonas. Ríos, jaguares, tapires enormes, sierpes de colmillos amenazantes, gordas y que nadan entre las olas al paso y nivel de la embarcación. Apenas si hay espacio para que el río se abra camino entre los árboles añosos y corpulentos. Nada se puede adivinar sobre lo que se encuentra a diez metros o un kilómetro. La selva lo oculta y lo guarda escondido.
Ya lo narraba José Eustasio Rivera en La Vorágine. La selva tiene sus riquezas de aguas, minerales, frutos, flores, yerbas medicinales, fieras únicas, aves multicolores, sonidos celestiales e infernales en las oscuridades de la verdura, árboles y arbustos de especies que aún no figuran registradas en anaqueles científicos.
De la selva también hace parte la presencia del hombre. Primero, hay que saber remar y respetar. Allí hay comunidades que habitan desde hace siglos y conviven en este hábitat de multitud de nichos. Hay indígenas que se camuflan con los colores, los olores, los sonidos y la simplicidad de la lluvia, el rugido del tigre y la pantera, los chillidos de micos, guacharacas y loros rojos y verdes. Ellos viven de los frutos, de las raíces, son amigos de los animales rastreros, de las montañas, los cerros, los ríos, las aves y las fieras. Solo cazan por necesidad y no por deporte u ocio. Adoran el sol, la luna y miran las estrellas sin que alguien les diga qué es una Osa Mayor o un lucero. A ellos debemos que la selva aún exista porque la adoran como a la madre Tierra.
En verdad, me dejé abrazar por la serpiente que forman los ríos entre la espesura, por las montañas aún con su corteza virgen en forma de señoras altas con cachumbos verdes. Me gustó el nombre que le dio Guerra y lo entendí. No es una Colombia salvaje. Nuestra Amazonía es una serpiente vigorosa que nos abraza no es una fiera salvaje que nos asusta y nos gruñe ni una prostituta que se compra y se ofende. A pesar de que es una cinta en blanco y negro, el espectador ve los paisajes desde el aire, casi respira mejor durante el film, siente la majestad del jaguar y la solemnidad del pitón y de la boa.
No me gustó la vuelta al sermón de la conquista religiosa y las canciones cantadas en un mal latín y las anacrónicas referencias a escenas inquisitoriales de monjes locos brasileros y misiones pseudocatólicas. Eso ya huele a libelo, recocha y a cementerio.



