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Jueves, 1 de octubre de 2026

Educar en La Balsa es sembrar vida digna

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Educar en La Balsa es sembrar vida digna

Crónica por David Luna

En las montañas del norte del Cauca, donde el verde se mezcla con la memoria y la violencia ha dejado marcas profundas en la tierra y en los cuerpos, existe un lugar que no aparece en los mapas del poder, pero sí en los relatos de quienes aún creen que la infancia puede ser territorio de esperanza. En el corregimiento de La Balsa, en el municipio de Buenos Aires, Norte del Cauca, cuna de luchas y resistencias, se encuentra el fruto de una semilla sembrada hace más de cuatro décadas: la Casita del Niño.

Fundada en 1979 por liderazgos comunitarios que entendieron que la educación no era un lujo sino una necesidad para resistir al despojo y al olvido, la Casita del Niño —nombre que evoca calor, abrigo y dignidad— ha sido durante años el refugio más firme para la niñez afrocolombiana de la región. En un contexto de expansión cañera, desplazamiento silencioso y ruptura del tejido familiar, esta iniciativa surgió para devolver a los niños el derecho a existir con nombre propio, con raíces y con futuro.

Educar en La Balsa es sembrar vida digna

Detrás de este modelo pedagógico se encuentra una de las educadoras más emblemáticas del Cauca: Sor Inés Larrahondo Carabalí, fundadora y rectora de la Asociación Casita de Niños. Educadora, gestora social y conferencista, Sor Inés ha consagrado su vida a la formación de comunidades con enfoque afrocolombiano. Su liderazgo se ha expresado en las aulas y espacios comunitarios de La Balsa, e inclusive, en el ámbito y político. Ha sido profesora catedrática del Programa de Licenciatura en Etnoeducación de la Universidad del Cauca, rectora de la Institución Educativa Técnica Agrícola de Suárez, y actualmente es la Secretaria de Educación del Departamento del Cauca.

En cada uno de estos escenarios, Sor Inés ha defendido con convicción el carácter transformador de la educación cuando está enraizada en la identidad. Su enfoque pedagógico integra la oralidad, la ancestralidad, la agroecología y la creación artística, como herramientas para formar ciudadanos críticos, creativos y conscientes de su territorio.

La Casita del Niño ha sido, desde su origen, una institución pionera en aplicar los principios de la etnoeducación afrocolombiana, mucho antes de que fueran reconocidos por la Ley 70 de 1993 y por las políticas públicas derivadas de los consejos comunitarios afrodescendientes. Bajo su liderazgo, ASOCAS adaptó y defendió desde el principio una pedagogía propia, en la que el conocimiento se construye desde el diálogo entre la sabiduría ancestral y los desafíos contemporáneos. En este contexto nació también la iniciativa “De Cero a Siempre”, una estrategia intersectorial de desarrollo integral para la primera infancia que tomó como referentes algunas experiencias comunitarias del norte del Cauca, como la Casita, donde se prioriza el cuidado, el juego, la nutrición, la educación y el afecto desde el nacimiento.

Hoy, ASOCAS ha atendido a más de 300 niños y niñas, y ha tejido un modelo en el que el aula no se limita a paredes de concreto: también es huerta, río, tambor, historia oral. Allí se enseña a leer y escribir, pero también a sembrar, a cuidar el agua, a reconocerse en la piel negra, en la lengua de los abuelos, en la dignidad de los oficios que sostienen la vida. La etnoeducación, en su versión más viva, cobra sentido en este rincón donde aprender es un acto de libertad.

La Casita del Niño no es una institución decorativa ni una estadística para los informes del gobierno de turno. Es, ante todo, un espacio de construcción comunitaria donde madres cuidadoras, jóvenes líderes, docentes empíricos y voluntarios levantan día a día un muro invisible contra el reclutamiento forzado, contra el hambre, contra el olvido. Porque en La Balsa no se habla de teorías abstractas de paz; se la construye con manos pequeñas que colorean, con cantos de ronda, con libros que aún tienen hojas rotas, pero sueños intactos.

Educar en La Balsa es sembrar vida digna

En este camino también ha estado el respaldo de líderes como Elías Larrahondo Carabalí, primer gobernador afrodescendiente del Cauca, oriundo de este mismo territorio. Su apoyo político y humano ha sido determinante para mantener viva esta apuesta, en medio de las tensiones presupuestales y la indiferencia institucional que, con frecuencia, asfixian a las iniciativas de base.

Pero no todo ha sido resiliencia. Según la Defensoría del Pueblo, solo entre enero y noviembre de 2024, el Cauca registró 282 casos de reclutamiento de menores. Uno de los más crudos ocurrió en esta misma zona: una niña de 14 años, hallada sin vida, víctima del conflicto. Esas cifras no son números, son advertencias. Son rostros que pudieron haber sido otros, que pudieron haber pasado por la Casita, que tal vez no llegaron a tiempo.

La amenaza es constante. Los grupos armados siguen merodeando, las economías ilegales reclutan a punta de engaños y la presencia del Estado es aún una promesa aplazada. Aun así, la Casita del Niño no ha cerrado sus puertas. No ha dejado de cantar, de danzar, de enseñar, de sembrar. Porque allí se cree, con la fuerza de quienes han perdido todo menos la esperanza, que cada niño salvado del fusil es una victoria para toda la humanidad.

En una Colombia que acostumbra mirar al Pacífico con ojos fugaces, urge reconocer que educar en La Balsa es un acto político, una declaración de soberanía sobre el futuro. La Casita del Niño además de ser un proyecto pedagógico, es una forma de decir “no” al exterminio cultural, “no” a la muerte prematura de los sueños, “no” al abandono estatal que sigue condenando a miles de niños a nacer sin oportunidades.

Educar en La Balsa es sembrar vida digna

Por eso, escribir sobre ella no es un gesto romántico, es una obligación periodística. Porque las crónicas no deben solamente contar lo que fue, sino también empujar lo que debe ser. Y lo que debe ser, en este caso, es un país que mire a La Balsa no con lástima, sino con respeto; no con silencios, sino con compromiso. Que entienda que mientras haya una Casita del Niño en pie, el futuro aún respira.

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