DUELO A LA VERA DEL RÍO CALI


Loco-mbiano

Lo presumíamos desde hace unos tres días. El paisaje lo sentía y el río lo lloraba. La Naturaleza es sabia y se conturba desde que amanece y hasta las pocas nubes se tapan los ojos para no mirar los escombros de la vida.
Ha muerto uno de los seres que animaban las riberas y que vigilaban desde arriba la tranquilidad de la noche. Los árboles les prestaron sus ramas para que habitaran y sus raíces para que cumplieran sus ciclos vitales y amorosos.
Hallamos a una iguana anciana desgonzada y con su piel cenicienta y sus ojos entreabiertos aún sobre una rama. Su lomo con su cresta ya no lucía enhiesto y uniforme. Algunas de sus púas estaban truncas y su piel no lucía con el brillo verdoso y rojizo de otros días. Su cola de rayas ceniza y negro caía por detrás del tronco donde yacía semiviva. No daba señales de vida y si hubiera habido un médico cerca habría dicho que no estaba estable y que sus signos vitales no respondían.
No nos atrevimos a creer que nuestra vecina de muchos días estuviera clínicamente muerta. Unas moscas impertinentes la rodeaban y hasta unas hormigas empezaban a rondarla a su alrededor. Pero sus ojos fijos permanecían abiertos como si estuviera en estado de alerta y nadie la fuera a tocar porque, entonces, reaccionaría y daría el latigazo cortante con su cola.
La despedimos con mucho recelo y sin estar seguros de lo que pasaba. Esperábamos que al día siguiente la veríamos serpenteando rauda al calor del sol de las 10:00 de la mañana por sobre la rama más alta y batiendo su gorguera para decirnos que estaba muy viva.
Pero, no. Al día siguiente no la vimos. La buscamos por los alrededores, miramos cuidadosamente en las ramas de los árboles cercanos y no la encontramos. Tuvimos la sensación de que había logrado superar la crisis de quietud que la aquejaba el día anterior y seguimos pensativos nuestro periplo diario rumbo al Zoológico.
Hoy buscamos afanosamente a nuestra amiga fugitiva cerca de la ribera y por sobre las ramas de la arboleda de samanes, ingas y chiminangos. Por fin mi novia avistó el cadáver de la Iguana sobre una piedra. Había descansado en paz en su ley: con su cara denostada frente al río que le aliviaba su sueño. Su piel estaba hirsuta y sus pequeñas garras con sus uñas yacían como descolgadas sobre la piedra que le servía de caja mortuoria. Algún socorrista la dejó allí para que la Naturaleza siguiera la cadena vital que impera en su Reino.
Nosotros cabizbajos reverentes le dimos el último adiós con nuestra mirada compasiva. Nos dolió verla en ese estado, pero comprendimos que no fue presa de un asalto a mano armada ni que sufrió una herida que la desangrara. No. Tal vez fue un infarto o quizás murió cuando soñaba plácidamente que subía, subía y se encontraría con su amado.



