Ir al contenido principal

Red de Medios Proclama del Pacífico Noticias

Pico y Placa Viernes:
Popayán 7 y 8
Cali 7 y 8
Viernes, 2 de octubre de 2026

Domingo de calma sosa

Domingo-de-calma-sosa
Imagen cortesía: https://bit.ly/2N8Zuk2

Domingo de calma sosa

Por Leopoldo de Quevedo y Monroy

La expresión está cambiada por una más suave. Pero es cierto. Qué domingo tan simple. Los domingos siempre son brillantes, alegres… por eso son festivos… Es que hoy ocurre algo que no pertenece a los domingos: el día está nublado, como que el flujo de ruido está lento, el movimiento de gente allá, afuera, no existe. Sí, en la madrugada llovió y el pavimento aún está mojado. Ha estado cayendo una finísima llovizna.

Eso me pasa porque siempre me acostumbré a vivir en pueblos pequeños y allí los domingos eran más notorios. Salía uno a la calle y el domingo estaba ahí: el carrito de los helados, la Iglesia parroquial allá adelante con el montón de gente que salía de misa, la placita que empezaba a llenarse con el mercado. Y la algarabía de los muchachos que cargaban sobre la espalda el talego o el pequeño bulto de mercado de plaza para llevarlo hasta la casa de la dueña. Y, claro, alguna moneda de 5 c/s caería en la palma de la mano.

Ni era tan sosa la calma ni era tan calmado el domingo. Es que Villagómez, Inspección de Policía de Pacho, se veía alegre y vestida de fiesta cada ocho días. Era un día distinto, alegre, lleno de bultos con la boca abierta. Había que ver las papas criollas amarillas, las yucas grandes con su cuerpo blanco cubierto por una costra morena, la papa de año parda, las mazorcas con sus aperos que las cubrían, las naranjas, las cubios morados, las granadillas, los plátanos hartones. Y la carne de res y cerdo que vendían en toldos en las esquinas de la plaza.

Con mi padre – y mi madre a veces -, iba feliz con el convencimiento que encontraría melcochas recién batidas o alfandoques fresquitos envueltos en hojas secas de plátano. Mi papá me daba gusto y me compraba mazato frío de maíz recién hecho o un helado de agua que se deshacía rapidito.

Esa era la imagen de lo que ocurría en los domingos, me acuerdo con algo de añoranza. Esos domingos ya no existen. Las costumbres han cambiado. Hace pocos años visité de nuevo a Villagómez y también ha cambiado. Tuve una decepción. La escuela, bajando de la carretera de viene de Pacho, a la izquierda de la Plaza, ya no funciona. Encontré la misma puerta ya alicaída, sostenida por un tornillo de su antigua bisagra. La quebrada donde casi me ahogo de niño no era quebrada. Era un caño de agua limpia que apenas hoy es ya sucia.

Los mismos ojos que vieron y disfrutaron los corredores de la escuela de mi madre estaban ahí, semiderruidos. Sí, recordar es grato pero aquí sufrí una decepción porque buscaba los lugares de niño con las mismas puertas, corredores, la quebrada: todavía estaban, pero tenían barba y no andaban. Es la ley de la vida, pensaba.

Oh, alfandoques, melcochas tumbamuelas, naranjas ombligonas, mazato frío sacado de la olla, ¿dónde  quedaron?

Para leer otras columnas del autor aquí

Articulos relacionados