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Jueves, 1 de octubre de 2026

EL DOLOR ESPINA Y ARDE

Dolor en la espalda - Columna
Bulevar de los días
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy / Loco-mbiano.

Dolor en la espalda - Columna

El dolor no es una mueca en la boca ni una joroba en la nuca ni un reventón en la encía. El dolor está encogido allá, adentro, como asustado y con frío o tiembla de calor, como si saltara entre ascuas. Al dolor jamás alguien le ha visto la cara, pero tiene dientes afuera y arranca el cabello y la piel y el sueño de quien lo sufre.

Sí. El dolor es cobarde y no muestra la guadaña que empuña. Cuando aparece semeja al carbón rojo en un horno para fundir el hierro o parece una daga larga que se hunde en el dedo, el hígado o entre los huesos o las uñas del dedo gordo. Ahh, el dolor no respeta a la madre que pare o al niño que nace o al anciano indefenso. Ni obedece al rico o al avaro o al asesino al que le ha caído un escozor en el páncreas.

El dolor no es un castigo divino ni cae en el cuerpo por maldición de un brujo. Puede venir por la muerte de un hijo o por perder a la madre en una borrasca o cuando rueda al abismo un auto. Se aposenta en el pecho, en la garganta y no hay quien pueda secar el mar que se levanta en los ojos.

El dolor es una espina que entra por el dedo y sigue penetrando por la mano y el brazo. O es una llama que arde y quema y escalda las carnes hasta el hueso. Es un pequeño infierno sin diablo ni condenados a diestra y siniestra. El condenado es quien sufre el dolor y grita y no halla descanso.

Muchos en la vida habrán experimentado el dolor, como los mártires o los perseguidos por la Santa Inquisición o por los malhechores que atormentan con sierras y amputaciones. O los enfermos de cáncer de columna o quienes acaban de sufrir el ácido en sus facciones y ojos.

El dolor no equivale a la muerte ni lleva necesariamente a ella. Unos dolores son momentáneos e intensos y otros duran meses y años. Pero cumplen con todos los requisitos para ser un tormento indeseable al humano o también a las fieras o animales domésticos.

Cuántos de quienes leen, tienen en su cuerpo el rastro o el recuerdo del dolor verdadero. Son héroes y merecen un premio a la resistencia. Son mártires no santificados por iglesias o sectas. Tienen en sus neuronas el sello marchito de su impronta indeleble. ¿Quién los compadece o quién les recompensa su temple y bendice tales heridas de tan hondas penas?

A veces alzamos la voz por pequeños dolores o llamamos dolor al cansancio del trabajo fuerte o al esfuerzo de sobrellevar la carga del deber. Pero no hemos meditado que el dolor es muy alto y pocos lo han alcanzado, como los atletas que levantan pesas y lloran o lanzan el martillo, como la Vlodarczyk, o se clavan en un punto del agua sin levantar apenas espuma en su entrada triunfal.

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