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jueves 15 agosto, 2013 a las 8:12 am

DIÁLOGOS

dialogos
Gloria Cepeda Vargas
Gloria Cepeda Vargas

Mientras Humberto de La Calle advierte a su contraparte que «quienes transitan la democracia deben dejar las armas ya que esto es el fin de la combinación de todas las formas de lucha», Iván Márquez, jefe negociador de la guerrilla, reconoce «avances significativos» en este diálogo iniciado hace nueve meses sin dejar de criticar las últimas declaraciones de Santos. La agenda negociadora cubre cinco puntos básicos: desarrollo rural, participación política (en discusión), drogas ilícitas, abandono de las armas y reparación de las víctimas.

El presidente se embarcó en una aventura visceral, ambiciosa y compleja. Está en juego la transformación del cuerpo social, político y económico del país después de cincuenta años de lucha sin cuartel. Hoy, con una historia de dolor que no es posible cuantificar, incrementada por esta pompa de vanidades y crueldad clasista en que viajamos, la misma sociedad que cohonestó con su silencio cómplice el genocidio de la Unión Patriótica, el maridaje ejército-paramilitares, las migajas arrojadas como una concesión al necesitado, la podredumbre de la clase política y continúa ciega y sorda frente al exterminio moral de la mujer, pide a gritos el cese de esta lucha que intentamos tragar sin digerir.

Reconozcamos que Santos -conspicuo representante de lo más acartonado e hipócrita de nuestra idiosincrasia- pretende imprimir un viraje necesario al tiempo colombiano. Encara un monstruo endurecido en un historial de crímenes y deshumanización sin límites. La interlocución con la guerrilla representa un proyecto erizado de púas. Medio siglo a contracorriente la convirtió en una extraña y temible horda que nos enfoca con la misma prevención con que nosotros la vemos a ella. Pide por sobre todo, participación política y eso sería lo pertinente en un acercamiento de tinte político que de lograrse, incidirá profundamente en el presente y el futuro de la sociedad. Pero para lograrlo, deben realizar el necesario acto de contrición e intentar resanar lo irreparable hasta donde sea posible.

Esto en lo concerniente al grupo subversivo. En lo que corresponde a la otra orilla, la cima se presenta más difícil de remontar. Si deseamos una paz sostenible, deberíamos vivir de acuerdo a lo que predicamos. Lo que late al fondo de este episodio delirante es una petrificada trama de inequidades, desconocimientos y egolatrías ancestrales. Ya no somos los empelucados habitantes del Virreinato granadino. Ahora conformamos a duras penas un territorio en vías de reparación donde todos nos necesitamos en la misma medida. No deberíamos pedir al presidente resultados inmediatos. Una espera respetuosa sería la manera de meterle el hombro a una empresa donde se arriesga como nunca el presente y el futuro de la esperanza nacional y sobre todo el derecho al buen vivir de nuestros hijos y de sus más entrañables afectos.