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lunes 23 abril, 2012 a las 8:01 pm

Desde Tunía, patrimonio cultural de la municipalidad (Piendamó, Cauca): “Bendito sea, el pueblo que elige, el mandamás que escruta, y el funcionario que detenta”

Phanor Terán
En la mayoría de los barrios, sino en todos, cada mañana de la semana las vecinas, por lo general, escoba en mano, se preocupan de la limpieza de su frente, y de la calle misma.

Lo que allí se podría llamar espacio público: el andén, la calle, la vista del antejardín, cuando lo hay, tiene doliente los 365 días del año. Es casi el primer principio cultural comunitario en los conglomerados urbanos. Y si alguna cosa le queda para atender al municipio es lo relativo al tránsito de vehículos y al alumbrado público. Y tanto uno como el otro son un sincero despelote.

Por calles que apenas si son para el tránsito liviano por doquier andan tractomulas y camiones que estallan la losa del pavimento que no se ha construido para tales exigencias. Y del alumbrado ni se diga. Y eso que para atender uno y otro pagamos impuestos, es decir, les damos dinero a los funcionarios para que atiendan tal menester.

Aun dándoles los recursos (¿qué se harán?), tampoco el municipio es capaz de aportar un parque decente, una área de esparcimiento decente. Y no sería difícil empezar una tarea ordenada para que cada barrio tenga lo que se merece y costea.

Pero si en los barrios el municipio no cumple, realmente es un soberano pandemónium, la atención, la coordinación, la puesta en juicio y en regla con los espacios públicos en las áreas comerciales. Con el cuento del negocio, a los comerciantes les importa un pepino la basura, les importa un pepino el transeúnte, les importa un pepino el buen gusto, el decoro y la imagen del municipio.

Y si el municipio donde tiene ayuda vecinal ni raja ni presta el hacha en esos espacios públicos incluyendo los que están bajo su control: calles, plazas, andenes, árboles, zonas verdes, edificios públicos da lástima en su incapacidad, en la falta de autoridad, en la complacencia para ayudar a formar el basurero, el desorden visual, auditivo, cromático, arquitectónico.

Es de esperarse, pues, que ante el asalto espantoso al Espacio Público de la que llamamos Plaza Santander de Piendamó, por parte de la Policía Nacional, y que ya hace parte del paisaje, de la costumbre y de la indiferencia ciudadana, digo que era de esperarse que las ventas ambulantes se apropiaran del resto.

De los accesos o pasos que hay desde la Federación de Cafeteros hasta la salida por la Concha Acústica, que se haya convertido en parqueadero permanente sin dios y sin ley, el espacio de la parroquia, que los sitios de acomodo y hasta los espacios de los arboles sean de uso y patrimonio del rebusque.

Compadrazgos, cobro de amistad, cuentas por pagar, ganas de no complicarse la vida, indolencias, ineptitud, temores pueden ser la causa y causas de tal desmedro, revanchismo de los que no estaban contra los que estaban. Sea como sea, el mismo despelote, la misma incapacidad de darle norte, estética, sentido ciudadano a la vida.

No insistamos más.

Dejemos el barco a la deriva. Los que en él están, a lo mejor se sienten navegando y hasta en sus sueños y delirios deben concebir que a buen puerto se dirigen. Buen tiempo y buena mar. Bendito sea, el pueblo que elige, el mandamás que escruta, y el funcionario que detenta. Para eso no hay ningún afán.

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