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Jueves, 8 de octubre de 2026
martes 19 julio, 2011 a las 6:49 pm

Deporte, sensibilidad y seguridad

CARLOS E. CAÑAR SARRIA
El deporte en todas las modalidades o especialidades es un bien necesario; sus efectos positivos en las personas se traducen en el mejoramiento de la calidad y cantidad de vida y en un equilibrio entre lo somático y lo espiritual. De alguna o de múltiples maneras contribuyen en la cohesión social. Por eso son plausibles los esfuerzos de los gobiernos que impulsen y estimulen el deporte. Sobre todo en un país como el nuestro agobiado por tantos males, tragedias y miserias.
Sin embargo, los eventos deportivos no merecen ser utilizados para olvidar, esconder, disimular una serie de acontecimientos que requieren atención urgente por parte de quienes detentan el poder. Porque eso sería, instrumentalizar el deporte para enajenar, lo cual invalida la posibilidad de ponerle la cara a la difícil problemática, objeto de preocupación de muchos compatriotas que ansían el disfrute de una existencia en condiciones de seguridad y de dignidad. El columnista Oscar Collazos, habla no de seguridad sino de seguridades: “Seguridad social. Seguridad laboral, seguridad alimentaria, seguridad educativa, seguridad médica, seguridad habitacional, seguridad ambiental, seguridad sanitaria, seguridad jurídica, seguridad financiera, seguridad ciudadana…” (El Tiempo, 14.07.11). El optimismo o el pesimismo de un país no pueden circunscribirse a los eventos deportivos, a sus triunfos y fracasos.
Esto no indica desconocer que los triunfos deportivos y de otros tipos en muchas circunstancias renuevan la fe en un conglomerado social que ha perdido el optimismo y que ha caído en una especie de nihilismo al ya no creer en nada ni en nadie. No obstante, la sensibilidad social se hace más necesaria y visible en las situaciones adversas por las que puedan atravesar los hombres y los pueblos. Si se desestima esta sensibilidad, todos estaremos perdidos.
No fue bien vista la fotografía que apareció en primera página de este periódico y que fue difundida por las redes sociales, donde se muestra la actitud del presidente Santos y sus acompañantes, entre los que figura el gobernador del Cauca, de observar un partido de fútbol y festejar uno de los goles del seleccionado colombiano, durante reciente visita a Corinto, localidad que acababa de sufrir lo embates de la violencia guerrillera. La primera reflexión que tuvimos al observar la fotografía es que las condiciones del país y en especial del Cauca, no están para mirar partidos de fútbol, ni para este tipo de celebraciones y mucho menos en un escenario como Corinto.
A propósito la columnista, Paloma Valencia Laserna, recientemente publicó una columna que tituló “Celebrando con la sangre” (El Espectador, 11.07.11), en la que entre otras, hace las siguientes reflexiones: “Circula en Facebook una foto en la que el presidente Santos celebra un gol de la selección Colombia, aplaudiendo y con una sonrisa en los labios pronuncia la palabra ‘gol’”. “La actitud de Santos ha desatado mucha polémica en las redes sociales donde se lo acusa de insensibilidad. El Estado colombiano requiere mucho más que intenciones para cumplir con sus tareas, pues tiende naturalmente a la ineficiencia. La seguridad no puede tomarse a la ligera. Se trata de la obligación más esencial del Estado. Sin ella todos los esfuerzos estatales son ridículos e insignificantes. No hay ningún derecho que pueda ser preservado si la vida y la tranquilidad desaparecen”. “El Cauca además, ha sido una tierra olvidada (…) El departamento colapsó, el desempleo y la pobreza aumentaron dramáticamente y así mismo el conflicto social, y la violencia se hizo dueña de las tierras, ahora sí, improductivas. La enemistad entre campesinos e indígenas se recrudeció. (…) Colombia no puede dejar que el Cauca colapse; el país tiene una deuda histórica con este departamento, que lo ha entregado todo por las causas de la nación, y sus habitantes empobrecidos y asediados merecen tanto cuanto los demás colombianos”.
Coletilla: Prensa libre y responsable da credibilidad a una democracia. Los cargos y posiciones no deben exonerar de la crítica a quienes detentan el poder. Sus acciones deben estar dispuestas al análisis y escrutinio público. No deben molestarse gobernantes ni dirigentes cuando se les critica y se les sugiere enderezar los caminos. Y se desgastan opinadores que aparecen o reaparecen para convertirse en apologistas de gobiernos ilegítimos, simplemente porque hacen parte del disfrute de las mieles del poder.
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