Democracia y legitimidad política


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Pública y a sotto voce los colombianos disentimos de nuestra democracia, aunque siempre optamos por demostrarle cálido respaldo en las urnas electorales. No hay otro régimen político confiable a la vista como para cambiar de afectos, tanto que preferimos continuar cabalgando sobre el lomo del tigre, aún a costa de ser víctimas de sus apetitos rapaces.
Los corrosivos juicios de valor que solemos hacer sobre nuestro sistema político se fundamentan en la crisis de legitimidad política que afecta a las colectividades históricas comprometidas, en las últimas décadas, con irrefutables hechos de violencia y corrupción, que han llevado a significativos sectores medios de la población a no participar en las justas electorales como una forma de rechazo a la partidocracia dominante.
Clase media que, además, asiste a la agonía de los principios y certidumbres considerados eternos, al derrumbe de la democracia formal, la desaparición de los sistemas que garantizaban el equilibrio de los poderes, la libre oferta y demanda en todas los quehaceres humanos, el mercado universal, las autopistas de la información-desinformación y la ficción universal de los derechos humanos.

En esos escenarios indecisos sobrevive la clase media colombiana afrontando la crisis, que se revela en abstencionismo electoral, individualismo hirsuto, inconformidad pasajera, y quemeimportismo que ignora la existencia de su entorno social, sin que haya dado un salto cualitativo al voto en blanco, por su forma timorata de pensar frente al futuro del país y de la sociedad, agravada por la ausencia de seductores proyectos políticos que constituyan opción de cambio social.
Acosada por presiones mediáticas, desregulaciones económicas neoliberales, que siente y entiende como víctima, admite que la convivencia ciudadana es fortuita y accidental, que no le pertenece, como tampoco siente la necesidad de considerar como suyo el desafío de hacer compatibles con otros un mínimo de sueños comunes que respondan a un ejercicio construcción conjunta de país.
No obstante, y pese a la crisis de sentido que soporta la clase media urbana, intuye que si las instituciones funcionaran en forma razonable y normal, ajustadas a ideales de justicia social y pulcritud en el manejo de los asuntos públicos, los individuos cumplirían satisfechos los roles que les son asignados por la sociedad y el Estado y, en consecuencia, vivirían mejor.
Y, desde luego, el pensamiento político y social de la clase media colombiana no es homogéneo, se parece un poco a los círculos de la cebolla cabezona, con múltiples órbitas económicas y conceptuales, desde el pensamiento racional, fundado en creencias filosóficas, la visión dialéctica de la sociedad, la acumulación de creencias tradicionales, la socialización de mentiras mediáticas, diversidad en los ingresos, el concepto de seguridad, hasta pensamientos como el de la realeza colombiana que sostiene que no es en Canadá y Australia donde se vive mejor sino en el otro mundo.
Suponemos que en medio de conciertos celestiales, cuando estas subjetividades parecían ser vestigios de culturas neolíticas y medievales ya superadas, sin promociones de óptima calidad de vida en el más allá, sin guerras y poderes despóticos como los narrados en el Antiguo y Nuevo Testamento, y sin las conspiraciones diabólicas del mercado mundial.
Por todo esto es evidente que el poder, idóneo conocedor del marketing político, sabe cómo mantener, perpetuar y vender ilusiones y utopías en todos los estamentos sociales. A su disposición está la lógica del discurso oficial, las instituciones coercitivas, las estrategias publicitarias, subliminales y la educación enajenante, para que nadie intente saltar la talanquera en pos de mejores paisajes y horizontes políticos que sustituyan la sociedad vigente.
Además, para ser concluyentes, hasta la información oficial de que somos mentalmente una sociedad enferma y pesimista es utilizada para mantener el estatu quo imperante, tanto que pudiéramos decir que para conjurar el desconcierto social se acude a la práctica de la homeopatía ideológica y los placebos políticos, que no curan los síntomas, pero tienen la enorme virtud de garantizar tranquilidad.
Precario fue, en ese contexto político y social, el poder de convocatoria de los movimientos sociales que, aunque su voz se hizo sentir protagónicamente en las últimas movilizaciones estudiantiles, indígenas y campesinas, no caló en la sociedad civil colombiana como llamamiento político para construir un nuevo país. Queda todavía por ver su respuesta frente al voto presidencial, parlamentario y el voto coherente.
Mientras que por los lados de la propia institucionalidad política no se observa el surgimiento de nuevas propuestas y enunciados que reformulen el discurso de los poderes hegemónicos con una visión transformadora de la realidad social en crisis, pese a los esfuerzos del presidente Santos por resolver el conflicto y crear una cultura de paz, basada en la estética de la reconciliación, que ojalá no sea para terminar de descargarle al Estado la obligación de construir desarrollo humano y fortalecer la sombría economía neoliberal. Hasta pronto, feliz fin de semana.



