DEL RACISMO Y LA RAZÓN


Una de las experiencias que más satisfacen en la vida es hacer actos docentes, por ello admiro una y cien veces a quien se dedica a enseñar. No sé si lo que les voy a contar seguidamente, sea docente o lumpen, bueno o malo, pero sucedió y trataré de ser textual a los hechos, no solo porque fue el proceder contra un hombre presuntamente humilde que exhala veneno por sus fauces, dedicado a una actividad como motorista de taxis, o tominejo, como se les dice peyorativamente en estas latitudes, sino porque fue la verdad:
Tomé un taxi en esta congestionada urbe de Santiago de Cali, para transportarme unas treinta cuadras. Tal sistema de transporte lo realizo con regularidad, pues es la forma más expedita de llegar desde mi casa hasta mi servicio médico: tal viaje lo hubiese reputado como normal, salvo por la insistencia del conductor pretendiendo entablar forzadamente algún grado de amistad conmigo, la cual deseché por intrascendente e innecesaria. Tan pronto términó la transportación pude advertir a que se debía esa súbita afabilidad: me dijo: “señor, se me olvidó prender el taxímetro, pero esta carrera yo la hago en $10.000 pesos”. “Señor, le contesté, ése cuento de ‘se me olvidó prender el taxímetro’ lo escucho tres veces por semana y esta carrera no vale $10.000, sino seis mil pesos”. Ante lo cual, presumiendo mi candidez o inocencia, dijo: “señor, voy a llamar a la central y la carrera en lugar de $10.000 le va a salir en $15.000”.
“No tienes que llamar a la central (ya tuteándolo), tienes que llamar es al Tránsito o a la Policía, pues la primera norma que debe aprenderse un taxista, es que cuando se omite prender el taxímetro, el valor de la carrera se convierte, por esta razón, en valor mínimo fijado por las autoridades de Tránsito”.
Dicho lo anterior, inició este taxista una retahíla de vulgaridades, las cuales no eran muy trascendentes para mí, además, ya había mandado a llamar al policía que custodia el centro médico. Cuando éste advirtió que el policía venía, y seguramente para hacerse el gracioso, toda vez que yo vestía de traje completo, me gritó: “¡negro tenías que ser!”, ante lo cual se me salió el ‘timbeño caucano’ y la calma socrática se fue para el carajo; lo tome por los hombros con la intención de sacarlo por la ventanilla del taxi de marras, mientras yo le gritaba: ¡chanda inmunda, qué tiene que ver mi raza con que no me deje robar!
Y vista mi súbita y agresiva reacción, donde un profesor amigo me suplicaba al oído, “doctor suelte ese hombrecillo, el que está perdiendo es usted”, salió embalado del sitio, obvio, sin los seis mil, diez mil ni quince mil pesos.
Me descompuso, de todas maneras, esta situación, trastocando el tratamiento médico al que presuntamente asistiría, porque hasta que no indagué por la empresa patrona de ese truhán y me aseguré de que lo suspendieran, no descansé.
Hoy reconozco mi culpa, por haberme dejado salir de casillas y perseguir jurídicamente a ese pelafustán; aunque esa frasecita sesgada y mal intencionada “negro tenías que ser”, nos salió cara a los dos: a mí, por haber hecho público un acto de intolerancia y a él porque perdió su empleo.
Estas frases deben de proscribirse de nuestro léxico, no solo por lo perversas, entronizando 400 años de esclavitud, y obvio desestimando y desequilibrando a cualquiera.
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