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Viernes, 9 de octubre de 2026

Del Pacífico verde al Caribe desértico

Del Pacífico verde al Caribe desértico

Alfonso J Luna Geller
Un tiquete por Colombia / Del Pacífico verde al Caribe desértico / Nuestro grupo familiar, proveniente del litoral Pacífico colombiano, emprendió un emocionante viaje a La Guajira, un destino que nos prometía aventuras, paisajes únicos y un encuentro cercano con la cultura wayú. A continuación, compartimos nuestras vivencias y recuerdos de esta experiencia inolvidable, con la esperanza de motivar a otros a visitar esta tierra mágica y a sentir mayor orgullo por Colombia.

Partimos de Santander de Quilichao con destino al aeropuerto Alfonso Bonilla Aragón de Cali, en el Valle del Cauca. Allí tomamos un vuelo con escala en Bogotá, para finalmente aterrizar en Riohacha, la capital de La Guajira.

Día 1: Llegada a Riohacha y visita a Maicao

Al llegar a Riohacha, nos recibió nuestro guía wayú, Jorge Luis Curvelo Pachón (Kusy), quien nos llevó a Maicao. Durante el trayecto, hicimos una parada para almorzar y probamos friche y arroz de cecina, platos típicos elaborados con carne de chivo; nuestro primer gran acercamiento a la gastronomía local.

En Maicao, nos reunimos con dos grandes anfitriones: Kellys Ortiz Ruidíaz, promotora turística, líder comunitaria, defensora de los derechos étnicos de indígenas wayú y afros, e impulsora de proyectos artesanales y de emprendimientos con mujeres en situación de vulnerabilidad; y Ovidio Mejía Marulanda, ingeniero agrícola y político guajiro de 67 años, exdiputado y dos veces alcalde del municipio. Con él confirmamos la hospitalidad del auténtico guajiro, caracterizada por su generosidad, deseo de servir y anhelo de proyectar la mejor imagen de su tierra.

Además, conocimos la fuerte presencia árabe en Maicao, pues es el principal centro de influencia musulmana en Colombia. Recorrimos sus calles y vimos varias maicaeras vestidas con atuendos de Medio Oriente. Visitamos la Mezquita de Omar Ibn Al-Jattab, con un minarete de 31 metros de altura, donde un joven nos ofreció una interesante cátedra de islam.

Después nos dirigimos a Paraguachón, corregimiento a 8,3 km de Maicao, en la frontera con Venezuela, donde se encuentra el paso fronterizo conocido como “La Raya”. Aquí confluyen personas, mercancías y camiones, y abundan restaurantes, casas de cambio y puestos de control de la Policía y el Ejército, además de oficinas de Migración Colombia y de la DIAN.

Al caer la tarde, visitamos la ranchería Yosuru, donde los habitantes wayú elaboran de forma artesanal los tejidos chinchorros. Fue un momento muy especial, sobre todo al ver a la abuelita tejedora trabajar con tanta dedicación. Terminamos el día con una cena en un restaurante estilo oriental, invitados por Ovidio.

 

 

Días 2, 3 y 4: El desierto, la realidad y la inmensidad de La Guajira

A partir del segundo día, el paisaje se transformó radicalmente. Para nosotros, provenientes del Pacífico colombiano, acostumbrados a la exuberancia de la selva y la humedad del mar, la inmensidad del desierto guajiro fue un impacto visual sobrecogedor.

A pesar de ser también costeros, descubrimos entornos inigualables, donde la aridez se mezcla con la belleza de un mar azul intenso.

En la ruta hacia el Cabo de la Vela, llegamos a Uribia, la Capital Indígena de Colombia. Allí aprendimos más sobre la rica cultura wayú que impregna toda la región. En el sector conocido como “Cuatro Vías”, donde convergen los caminos hacia Manaure, Uribia, Maicao y el Cabo de la Vela, nuestro guía y conductor, a bordo de un vehículo de doble tracción, nos aconsejó aprovisionarnos de galletas, confites, bombones, bolsitas de café y botellas con agua. Mientras hacíamos las compras, el conductor se acercó a un puesto improvisado para repostar gasolina almacenada en botellas de plástico expuestas al sol, donde el vendedor fumaba sobre los vapores sin ninguna precaución.

Después, el camino se convirtió en una dolorosa lección de realidad. Cada pocos metros, una cuerda tensada cruzaba la polvorienta vía; pequeños guardianes wayúu con miradas profundas nos detenían con la esperanza de recibir algo. Sus manitas extendidas pedían agua, dulces, café… cualquier cosa que aliviara el hambre que se reflejaba en sus rostros huesudos. Sus delgados cuerpos, cubiertos por ropas desgastadas, eran un crudo recordatorio de la desnutrición que azota a la región. El corazón se nos encogía ante cada encuentro, ante cada mirada inocente que imploraba ayuda. El aire se cargaba de una tristeza aún mayor al escuchar los relatos que nos contaban: familias que, acorraladas por la miseria, se veían obligadas a entregar a sus hijas, a sus pequeñas, a cambio de bienes o dinero, sin importar la edad ni la procedencia del pretendiente, arijuna o wayú. Un nudo se nos formó en la garganta.

¿Cómo era posible que en una tierra tan rica en recursos naturales, como nos habían contado, la vida de estos niños pendiera de un hilo, dependiendo de la caridad de los viajeros?

 

 

En estas “autopistas de arena”, donde el horizonte se difumina y el cielo se funde con las tunas, quienes no conocíamos las vías del desierto y vimos cómo en la alfombra de arena se dibujaban muchas posibilidades, le preguntamos al conductor cuál de ellas era la que conducía al destino buscado. Nos respondió: ¡Cualquiera! Así es la magnitud de conocimiento que tiene que tener el guía, porque nosotros, como turistas, nos quedaríamos dando vueltas en el mismo entorno sin salir de él, creyendo que avanzaríamos raudos.

Tras hora y media de viaje por trochas destapadas paralelas a la vía férrea del Cerrejón, llegamos al Cabo de la Vela, en la Alta Guajira. Disfrutamos de un atardecer espectacular en la playa, con arenas doradas que contrastan con el intenso azul del mar.

Al día siguiente, viajamos a Punta Gallinas, el punto más septentrional del continente suramericano. Este lugar se destaca por su aislamiento total y sus paisajes de mesetas, dunas y acantilados que se levantan junto al mar. Navegamos por Bahía Hondita, observando manglares, flamencos rosados ​​y aves migratorias. Luego llegamos a las Dunas de Taroa, que alcanzan los 60 metros de altura. Aquí, los lugareños alquilan tablas para deslizarse sobre la arena (sandboarding) y caer sobre las olas. Al atardecer, los tonos dorados y naranjas crean un panorama sencillamente mágico.

Visitamos también el faro de Punta Gallinas, de unos 18 metros de altura, un lugar icónico para tomar fotografías y contemplar el mar bajo el impactante atardecer.

Prosiguiendo el viaje, el cuarto día llegamos a Manaure, reconocido por ser el principal centro de producción de sal en Colombia. Una guía local nos explicó el proceso de extracción de la sal, herencia de una tradición ancestral. Sus gigantescos campos blancos contrastan con el cielo azul y la tierra rojiza, formando una escena digna de admirar. Se calcula que de aquí proviene el 70% de la producción de sal del país, con cerca de un millón de toneladas anuales.

Más tarde, visitamos Mayapo, corregimiento de Manaure, a 17 km de Riohacha, famoso por sus playas de arena blanca. Allí se celebró el Kite Fest Guajira 2024, que promueve el kiteboarding (o kitesurf) como deporte insignia de la región y motor para su desarrollo turístico.

Finalmente, regresamos a Riohacha para reflexionar sobre lo vivido.

Recorrimos el malecón turístico en la calle primera, donde se pueden encontrar artesanías wayú y monumentos como la Identidad, el Obelisco de las castas wayú, y la escultura “Las Mariposas Amarillas de Mauricio Babilonia”, de la artista Johana Cerchiaro.

Por supuesto, no podía faltar la compra de mochilas wayú, elaboradas a mano en colores vibrantes, y otras artesanías que adquirimos como recuerdos imprescindibles.

Día 5: Regreso a Santander de Quilichao

Al día siguiente, emprendimos el vuelo de regreso Riohacha – Bogotá – Cali y, desde esta ciudad, por vía terrestre volvimos a Santander de Quilichao.

Nos quedamos con una sensación agridulce: por un lado, la belleza de los paisajes y la riqueza cultural de La Guajira; por el otro, la miseria que afecta a muchas familias wayú.

 

Diseño de Proclama Del Cauca

Reflexión final

Este viaje a La Guajira, sin duda, nos confrontó con una realidad dolorosa. La belleza de sus paisajes y la riqueza de su cultura contrastan brutalmente con la miseria que afecta a tantas comunidades wayú.

No podemos ignorar que esta precariedad no es producto de la fatalidad, sino el resultado de décadas de abandono y, sobre todo, de una corrupción sistemática que ha desviado los recursos que deberían destinarse a mejorar las condiciones de vida de esta región.

Los carrotanques abandonados en los parqueaderos, símbolo del escandaloso caso de la UNGRD, son un monumento a la impunidad y una afrenta a la dignidad del pueblo wayú.

Es triste constatar que, mientras en los centros de poder del país, en el Distrito Capital, la corrupción campea, aquí, en La Guajira, la pobreza no da tregua.

Desde Proclama del Pacífico, los invitamos a descubrir la magia de La Guajira, un destino que ofrece experiencias únicas y paisajes inigualables. Los animamos a viajar con respeto y sensibilidad, a conocer la rica cultura wayú y a contribuir al desarrollo de sus comunidades. ¡Atrévete a vivir esta aventura y a descubrir un tesoro de Colombia! Para más información sobre cómo planificar tu viaje a La Guajira, puedes consultar a Jorge Luis Curvelo Pachón (Kusy) – 322 6612785.


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