Del mito y sus andanzas

Gloria Cepeda Vargas.
No me explico en qué momento el mito se atornilló con honores en la historia de la humanidad.
A pesar de su contextura gaseosa, irrumpe precedido de terríficas trompetas o salerosas monerías. Se enfrenta con éxito al discurrir de la razón, se pone de sombrero la lógica; su reino corresponde a una fantasmagoría dúctil y perversa, a una trama de palabras, ademanes y silencios sibilinamente ubicados. Inofensivo solo en las páginas del diccionario, en vez de envejecer, rejuvenece. El suyo no es el tiempo de la luna en creciente, algo más poderoso que la verdad científica, lo blinda; algo más antiguo que el mar, lo honra; algo más misterioso que la muerte, lo empodera.
Habla todos los idiomas, incluido el de la soledad. Es más que polifacético, ente polisémico por excelencia. Nuestra minusvalía no superada lo fracciona: creó mitos cosmogónicos, teogónicos, antropogónicos, etiológicos y otros igualmente esdrújulos, apelando al vocablo tildado en la antepenúltima sílaba para imprimirle cierto tufillo aristocrático. Las más vetustas civilizaciones le rinden pleitesía. No es cuestionable ni mortal. Libre de ataduras raciales se maquilló al nacer con tanta habilidad, que no necesita cédula de identidad. Solo le teme al arte. Apenas ese relámpago, esa brevísima visión de lo insondable, lo hacen batirse en retirada. Ya que la Grecia Antigua nos sirve de bastión y bastón cultural, se lo escogimos como lugar de origen.
Mitos avasallantes: religiones monoteístas; momificados: mitologías griega, romana, maya, egipcia y demás tesoneras supervivientes; masoquistas: necesidad de la guerra; primitivos: superioridades raciales, cronológicas, sexuales, sangre “azul” o testas coronadas; irrespetuosos: hormonas desmandadas y afinidades químicas enmascaradas con la verdad prístina del amor; irónicos: primer lugar del humano en la pirámide animal. Muchas otras fábulas rondan el trono de la más despreciable de todas: la dedicada a agachar la cabeza ante nuestro yo monstruosamente hipertrofiado. Megalómanos mitificados son Hitler y Stalin, Pinochet y Castro. Algunos martirologios y heroicidades, algunas aureolas consagradas por santurronerías o venalidades momentáneas. Los santorales y pontificados; las dinastías, misoginias, patriarcados e ignorancias con poder; la moral que se arrellana en un diván de circunstancia, el himen o el falo implacablemente sacralizado, son miembros de ese clan. Entonces, venezolanos y venezolanas, regocijaos o temblad: el comandante Hugo Rafael Chávez Frías, acaba de entrar en la inexpugnable saturación del mito.




