Del conflicto armado y la negociación (3)

Una paz sin tierra no es paz/
Por: Donaldo Mendoza.
Lo que está ocurriendo en el Catatumbo es una contundente evidencia de que la paz que nos vendieron, una vez firmados los acuerdos de La Habana, era todavía un sueño, a medio despertar. O una paz transitoria, dado que los factores que le han metido combustible al conflicto siguen vigentes. Es de lo que trata esta tercera entrega. Dice William Ospina: “Nada más digno de respeto en Colombia que el proyecto de devolver las tierras arrebatadas a sus legítimos propietarios”. Juan Manuel Santos no lo hizo, salvo los PDET (Programa de Desarrollo con Enfoque Territorial), para favorecer solo a guerrilleros de las FARC que dejaran las armas. La Reforma Agraria Integral quedó pendiente. Y Petro, que ha tenido toda la intención de implementarla, se ha encontrado con innumerables escollos, tanto en el poder legislativo como en el judicial.
En su memento, Álvaro Uribe Vélez y su partido se convirtieron en los más acerados contradictores de Juan Manuel Santos respecto a lo que se intentaba acordar en La Habana, más con mezquinos prejuicios que con argumentos razonables. Esa actitud hostil, que no la tuvo él cuando dialogaba con los paramilitares en San José de Ralito (Córdoba), Ospina la resume así: “Uribe pudo haber modernizado el campo: prefirió convertirse en vocero de la alianza del viejo latifundio, egoísta y mezquino”. Y esa alianza se ha convertido en algo muy difícil de raer, por su poder económico, político y hasta militar; aún está fresca en la memoria de los colombianos la infame gesta de ese “nuevo latifundio que arrojó a millones de campesinos a las ciudades para acrecentar su agroindustria y abrir rutas de tráfico…”
Otra talanquera que limita u obstaculiza el intento de implementación de la reforma agraria integral es el Tratado de Libre Comercio (TLC). Ya hemos visto por estos días la resistencia a que siquiera se toque su diseño original. ¿La razón?, William Ospina nos lo recuerda: “Uribe luchó por todos los medios por abrirle el camino a un tratado de libre comercio que supuestamente sería la solución de nuestros males”. Y muestra al desnudo el estado de la industria y la agricultura del país: “con nada que vender y todo que comprar”. Su incidencia en la vida de la nación es más profunda de lo que creemos, dado que no solo afecta la industria y la agricultura, sino también el abandono de “todo rasgo cultural y toda su relación original con sus territorios”. En suma: “No importa si estamos acostumbrados a producir arroz o flores, cumbias y mitologías: el mercado mundial decidirá qué vive y qué muere en las sociedades”.
Nuestra historia contemporánea parece resumirse en un galimatías, en un perverso juego de palabras: “Hay que decirles sí a los campesinos, pero hay que decirles sí a los tratados de libre comercio: el resultado es no a la agricultura. Hay que decirle sí al diálogo, pero hay que decirle sí a la guerra: el resultado es no a la paz. Hay que decirle sí al futuro, pero hay que decirle sí al pasado: el resultado fatal es no al presente”. A ese estado no ha llevado aquel rimbombante “bienvenidos al futuro” de César Gaviria Trujillo



