Debate a los debates



Diga lo que diga la IA, la RAE o cualquier promotor de espectáculos, un debate político serio solo puede suceder entre dos candidatos, el resto es payasada. Hoy por hoy y hace nunca, en Colombia no hay debates de candidatos a nada, lo que en realidad hay son shows mediáticos para forjar presencia y sembrar imágenes, cizaña y repetir frases (mentiras, diría Goebbels) en la recordación del colectivo (agresiones, por lo general), porque de ideas y propuestas muy poco o casi nada. Tan cierto es, que ya es costumbre que quien puntea en las encuestas no asista. Pretender que seis, ocho, diez o doce (de dos en adelante el número no importa) aspirantes a lo que sea, expresen en un minuto o en fracciones de réplica alguna idea es un exabrupto. A eso llámenle foro promocional abierto, pero no debate.
El debate político, como casi todo en esta Modernidad líquida de la que nos habla Zygmunt Bauman, ha sido llevado al escenario de lo superfluo, de la banalidad y la escasez argumentativa. Preguntas preelaboradas que no cuestionan, sino que operan como trampolines retóricos. Moderadores que no confrontan ni cuestionan, sino que son ventrílocuos de los intereses del dueño del letrero. Dinámicas del sí y el no, juegos de cartelitos que ponen en evidencia no sólo la falta de ideas, sino incluso pésimas caligrafías y ortografías vergonzantes. Prima el insulto, no la propuesta. Se destaca la agresión, no la digresión pensada. Cada quien repite eslóganes o falsedades, que tienen el mismo objetivo: convencer y persuadir.
La estructura de estos ‘debates’ se asemeja a la de un reality: la inmersión de personas en un entorno controlado para generar conflictos y narrativas dramáticas. Una convivencia pacífica de un par de horas donde se pelea al frente de la pantalla y se comparten prácticas politiqueras detrás de ella. Está claro que hoy el populismo está en ambos lados y que una campaña es un concurso, pero las tensiones del debate deberían estar en la profundidad de las ideas y no en la frivolidad de las imágenes y la trivialidad de respuestas tan prefabricadas como las preguntas. Hoy puntea un candidato que se sale totalmente del molde del marketing político, que no se vende como un producto, que no se disfraza y que no asiste a debates. Y lo argumenta.
Hoy, de tanto repetirlo, un candidato sin barreras en la lengua trata de imponer la narrativa de que sin él el triunfo no es posible, que él es quien reúne y no divide, que es él y solo él la mejor alternativa. Y ya hay un rebaño repitiendo que es un político raro: ¡Es inteligente! Hombre por Dios, diría el mesías paisa, es un gran charlatán, un politiquero de miedo, un ilustre lagarto cruzado con camaleón. Y hay otro, ladronzuelo él, que se cree de alta estirpe y abolengo, pero apenas es un arribista irredimible, promete destripar a la izquierda como lo hacía con gatos indefensos, abogando por la patria y destilando odio y ron de medio pelo. Ninguno argumenta razones, sólo siembran odio y miedo para llegar al poder y preservar el statu quo.
De la treintena de aspirantes a la presidencia -demos por caso-, la mayoría son escogidos por los grandes conglomerados económicos que como buenos negociantes tiran la baraja para ver qué carta deben jugarse. Los grupos políticos –que derivan de ellos–, también escogen al más conveniente, no por sus ideas, sino por lo que marquen o la aceptación que tengan en algún segmento de la población. Otros se lanzan solitos y, como es apenas lógico, se ponen a sonar para garantizar su presencia en el concierto político del que viven. Y algún par de Quijotes. Entonces, aupados por los medios tradicionales, las bodegas digitales y cuanto espacio les permita figurar, los programas de gobierno importan menos que los medidores y el planteamiento de soluciones menos que los resultados en las elecciones.
Es este mundo frágil, cambiante, pasajero, no es mal visto que se le asignen unos tiempos tan minúsculos a quienes, si bien deberían estar en capacidad de condensar sus propuestas y proyectos en un debate televisivo, no logran la difícil complejidad de lo sencillo, directo y efectivo. A lo que asisten las teleaudiencias entrenadas para estos esquemas en la producción de contenidos, es a unos deplorables y decadentes espectáculos de superficialidad plena. Y entonces la frase se vuelve titular y el titular se vuelve tendencia y la tendencia se refuerza con resúmenes del ‘debate’ y entrevistas a los analistas de la misma corriente política. Es decir, nos son verdaderos analistas: son opinadores a sueldo, copartidarios parlantes.
Por eso los debates en Colombia son una soberana payasada. Si fueran solo un poco más serios se harían eliminatorias, pues con tantos payasos es preciso filtrar el circo y escoger a los mejores. (Sí, hay payasos serios). Y hacer debates entre dos. Con dieciseisavos, octavos, cuartos de final, etc. Poco queda de ese modelo impuesto en EE.UU. donde John F. Kennedy y Richard Nixon se dijeron cositas, pero ante todo hablaron de sus propuestas, en una democracia que tiene otras dinámicas y solo dos partidos: republicanos y demócratas. Pero como aquí siempre copiamos mal y tarde, hubiéramos adaptado mejor el formato de debate televisivo realizado en Brasil doce días antes, el 15 de septiembre de 1960, más ceñido a la realidad de Latinoamérica.
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