DE QUÉ ESTÁ HECHA LA MUJER


Loco-mbiano

La mujer que vemos en el hogar, las calles o las fiestas, en el mercado o en la playa, las oficinas o vestidas de overol en una estación de gasolina tienen el mismo origen. Poseen los mismos ingredientes, la misma sangre, huelen a nardo y en su piel cabalga de incógnita la ternura.
La mujer es nube y lluvia, noche y luna, sirena y diosa, viento y calor, sed y hartura, seno y vagina, sal y sabor, río y lago, canto de ruiseñor y gemido de paloma, piel de gacela y balada de oveja, claridad en la mañana, resplandor a medio día y arrebol en el ocaso. Es remanso en vega verde, oasis en la inmensidad de la vida, solaz en el cansancio, esperanza en los afanes y el dolor, seguridad en los peligros. Es hilo que teje, mirada que sana, empuje que arrastra, brazo que sostiene y lágrima que lava heridas.
La mujer es una rara mezcla de agua, vino, ajenjo, ruda, acento con que se sazonan los días junto a ella. Es una receta que guarda en su interior la dulzura para los momentos de insipidez y el acicate para el desaliento. Tiene en sus fibras la necesaria elasticidad para entrar en las cavidades estrechas y la fuerza para romper rocas y dificultades. En su compañía el hombre y el mundo han encontrado el complemento indispensable.
La mujer lleva en su cuerpo el tatuaje de la cobra que embruja, las alas de hada que guía por laberintos y celadas. Es una eterna Sheherazada que inventa historias y fabula misterios para soportar las noches y el paso por huracanes, remolinos y pesadillas.
La mujer es una criatura, con piel de ángel, genio de demonio, fuego de dragón, cara de sibila, vientre de loba herida, mente de artista, cuello de cervatilla y manos de mamá.



