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Lunes, 12 de octubre de 2026

De montonera a ciudadanía

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De montonera a ciudadanía
Imagen creada con IA: https://x.com/i/grok

La montonera vota, el ciudadano decide

Alfonso Luna Geller

En el complejo tablero de la política colombiana, la sabiduría popular es muy escasa. Lamentablemente, las mayorías votan por motivos ajenos a la política pública. Se tiende al extremismo y a la reacción instintiva.

Generalmente, el colombiano vota por hacer un favor personal, por la recomendación del pastor, por la orientación del líder de barrio, por el contrato, el mercado, el miedo, la rabia y hasta por asuntos familiares. Casi siempre se vota en contra de algo o de alguien.

Por eso, arrear la montonera emocionada es la fácil estrategia que utilizan los especialistas en manipular voluntades y obtener beneficios oportunistas y excluyentes en cada elección.

Las redes sociales potencian esa habilidad. Nunca fue tan cómodo segmentar a la población y bombardearla con mensajes diseñados para irritar, confundir o atemorizar. Cadenas de WhatsApp, videos editados fuera de contexto, encuestas manipuladas y medios sin rigor se mezclan con la información seria en el mismo teléfono. Este es el combustible perfecto para lograr el voto emocional. Es el aprovechamiento político de la ignorancia masiva.

Paralela a la ofensiva informativa, la estrategia dispone una cruzada en los tribunales. Es el “lawfare” que consiste en usar procedimientos judiciales para atacar al adversario político, buscando dañar su imagen, bloquearlo o deslegitimarlo. Es la judicialización de la política, que está de moda. Incluye iniciar procesos judiciales sin pruebas sólidas y agotar al adversario con procesos prolongados, siempre con el apoyo de medios de comunicación que influyen en la masa que se está preparando para las votaciones.

Al mismo tiempo opera el fenómeno contrario: dirigentes investigados, incluso condenados, que gracias a sus vínculos con la élite ven difuminada su condición jurídica. Sus procesos se silencian, se archivan o se maquillan, y una parte de los medios se encarga de normalizar su presencia en la escena pública. Así, mientras a unos se les destruye políticamente con la sola apertura de una investigación, a otros se les “blinda” para que sigan haciendo política como si gozaran de una especie de inmunidad de clase.

En consecuencia, la justicia, en lugar de ser un árbitro, aparece como un actor más en la contienda. Se instala la idea de que la salida a la crisis no está en el debate democrático, sino en sacar adversarios del juego por vía judicial.

Petro, anti-Petro y la democracia atrapada

De montonera a ciudadanía

Todos vemos como la discusión pública se ha reducido a escoger entre “Petro o anti-Petro”, decisión final en la cual será la nación la perdedora. La derecha extrema intenta presentarse como la única alternativa posible, ocultando su historial de alianzas oscuras, negocios con el poder y resistencias a cualquier reforma social. En el otro extremo, una parte del progresismo, responde cerrando filas sin autocrítica, justificando errores graves de gestión y desviando toda responsabilidad hacia “las mafias del pasado”.

En medio de este movimiento pendular desinformativo, el ciudadano común queda atrapado. Son dos narrativas que compiten por su miedo. Si vota para castigar al gobierno de turno, se abre la puerta a proyectos autoritarios ignominiosos, que prometen orden a cualquier costo. Si se vota por lealtad ciega al líder, se normalizan los abusos y la falta de gestión eficaz en nombre del cambio. En ambos casos, la democracia se vacía de contenido.

Las pruebas

Fíjense que lo dicho se demuestra. Según la Misión de Observación Electoral, en 2022 solo el 21 % de los colombianos dijo haber leído el plan de gobierno del candidato por el que votó. Más de la mitad reconoció que su decisión fue moldeada principalmente por lo que vio en redes sociales. En los barrios populares de Bogotá, Medellín y Cali, entre el 38 % y el 47 % de los entrevistados admitió abiertamente que votó porque “un amigo se lo pidió”, “porque me dieron un mercado” o “porque me pagaron el bus”. La Registraduría registró más de un millón de traslados irregulares de cédulas en la misma elección. No estábamos eligiendo presidente: estábamos cobrando favores o descargando rabia.

El mecanismo para beneficiarse de la ignorancia cívica es siempre el mismo: En 2002 en primera vuelta eligieron a Uribe porque la gente estaba harta del Caguán; en el 2010 a Santos, porque la montonera se “mamó” de los falsos positivos y la parapolítica. En el 2018, la masa eligió a Duque porque estaba harta, frustrada del proceso de paz, y en el 2022 todo el mundo estaba agobiado de tanto uribismo sin sentido, de la pandemia mal manejada y de las masacres recrudecidas, resultó elegido Petro.

Observen el patrón: el péndulo causa destrozos en un extremo antes de hacer lo mismo en el otro: la gente participa furiosa y quiere castigar. Los indolentes prefieren la abstención, que también favorece al que manipula y quiere regresar. Traducido: Colombia no vota a favor de nada; vota en contra de alguien. Y quien mejor administre la indignación colectiva, que es el combustible más barato y renovable que existe, entonces gana.

El voto informado

Pero, cuando la manipulación arrecia, el voto informado se vuelve la principal defensa ciudadana. Informado no significa perfecto ni neutro; significa tomarse el tiempo de comparar programas, revisar trayectorias, desconfiar de los mensajes que solo apelan al odio, verificar fuentes y preguntarse quién gana con cada rumor que circula.

Votar con información es entender que no da lo mismo cualquier candidato, pero tampoco cualquier método para llegar al poder. Es reconocer que el ciudadano es autónomo para transitar por la vía pública, y saber que una democracia sana no se construye a partir del miedo a “lo que viene”, sino de la deliberación sobre el país que queremos ser en diez o veinte años.

Creo que estamos acreditados para concluir que Colombia no necesita volver al pasado ni quedarse en este presente fallido. Necesita, por primera vez en dos siglos, un voto decente, informado, sereno, que evalúe programas, equipos y trayectorias en lugar de odios viscerales y promesas de redención mágica.

Las elecciones no pueden seguir siendo un desahogo emocional de cada cuatro años, sino la forma más elemental y constante de participar en la construcción del país.

El reloj corre. Las legislativas son en marzo y las presidenciales en mayo de 2026. Por primera vez en mucho tiempo, tenemos la oportunidad de romper el ciclo del péndulo. Pero solo lo lograremos si dejamos de ser montonera y empezamos a ser ciudadanos.

 


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Alfonso J. Luna Geller
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