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Domingo, 4 de octubre de 2026
viernes 2 septiembre, 2016 a las 2:31 pm

DE MAGIAS Y REALIDADES

realismo mágico
Gloria Cepeda Vargas
Gloria Cepeda Vargas

El realismo mágico es dulzón, declaró en su primera rueda de prensa el escritor turco Orhan Pamuk, Premio Nobel de Literatura.

Realismo mágico es una frase incoherente si de congruencias idiomáticas se trata. La magia, como sinónimo de lo que alienta más allá de las fronteras racionales, mal podría ayuntarse a ese saldo rígido, donde la vida se balancea entre el Debe y el Haber.

Sin embargo los poetas (porque estoy segura de que fueron ellos), mezclaron las dos pócimas y las apuraron hasta el agotamiento. Resultado: esta embriaguez de medianoche que hace rojo lo gris. Esta gestación desbocada del arte y especialmente de sus dos criaturas inabordables: la música y la poesía.

El cubano Alejo Carpentier dio vida a lo real maravilloso como prolegómeno del realismo mágico donde García Márquez, con Cien Años de Soledad, El Amor en los Tiempos del Cólera, El Coronel no tiene quien le escriba, y otros de sus hijos igualmente díscolos, engulló los artilugios del momento. Ya, desde los laboratorios surrealistas de los años veinte, Luis Vidales, el primer suicida de la poesía colombiana, volaba por encima de la tierra y el Romancero Gitano de García Lorca daba el último adiós a Soledad Montoya.

Como la demostración más elocuente de una construcción literaria desgarrada por los zarpazos de la imaginación en la novelística contemporánea de Latinoamérica, surge Pedro Páramo de Juan Rulfo. Es imposible soportar su temperatura sin desnudarse. Pedro Páramo respira al margen de lo que llamamos crítica literaria. Su humanidad, desprovista de los asideros que nos asisten a quienes apenas pergeñamos la idea, nos rebasa.

Es innumerable la lista de volúmenes hechizados y  hechizantes. Toda novela o cuento que medra a la sombra del realismo mágico, acusa características poéticas. La dueña del predio le abre la puerta. Lo demás lo hace el tiempo.

Como depositarios de inmemoriales rémoras, osamos encasillar lo incognoscible. No he leído todos los libros de Orhan Pamuk, pero los palpo febriles como todo lo que trasciende estos muros de cal funeraria, acompañado de sus parientes mayores y menores: el Nocturno de Silva y los poemas evanescentes de Giovanni Quessep, Trilce de Vallejo, y Juan Ramón Jiménez, dormido a horcajadas sobre un burrito crepuscular. Emily Dickinson de pie en su jardín cerrado. Los satanizados niños-poetas de post guerra con el majestuoso fluir de Antonio Machado y la Noche de Diciembre de Rafael Pombo. Más afortunada que Borges, Alicia cruza el espejo y un hombre venido del reflexivo sur, ebrio de verdes que corren a sus anchas por los países de Colombia, pulsa en sordina los árboles y el viento.

En Filosofía y Poesía, María Zambrano cae en la trampa. El logos se traicionaba a sí mismo –dice- En la poesía funcionaba ilegítimamente y es que la poesía, aunque palabra, no era razón. El logos –palabra y razón- , se escinde por la poesía que es la palabra, sí, pero irracional. Es, en realidad, la palabra puesta al servicio de la embriaguez. Estas líneas intentan marcar un rumbo lógico a lo irracional y lo logran a medias. Zambrano levanta el vuelo y entrevé el monstruo cósmico en proceso de parto.

Donde quiera que la escritura sea, arderán los demonios de la alucinación. La realidad soporta miserias y podredumbres. Por eso necesita la aromada presencia de esa criatura de pequeña vida melancólica fraguada, lágrima a lágrima, por Antoine de Saint Exupery. De los parques abandonados donde la Blanca Nieves de enanos memorables, filtra las fábulas de Pombo y los cuentos de Andersen. De los libros dialogantes y las palabras de amor. De los tangos cómplices de las noches del sábado y del estruendo amarillo donde vuelan los Girasoles de Van Gogh.

Como El miedo a la libertad, bautizó Erich Fromm su catártico libro. Éste es un nombre fascinante. Deja al descubierto ese temor a ser que hace de los humanos niños de extravío. Libertad es punto cenital de las constituciones políticas. En su nombre se amaestra a los pueblos y se canoniza la guerra.

Más allá de estos textos enmascarados, la libertad se yergue como personificación del realismo mágico. La verdad os hará libres, es ritual de vocablos que a más de esfera polarizada, funge como artificio piadoso para quienes necesitamos, al final de la tarde, tendernos a dormir.

Cruza la caravana un desierto de arenas hace tiempo abolidas. Ser y no ser en ese ámbar movedizo. Realismo y magia simbióticos. Sola voz en el coro lejano. Su manera de nadar contra la corriente, se transforma en un bastón, un pan dulce o una noche de lluvia. La utopía le puso el óleo a los iniciados y los llenó de pomas en sazón. Porque no se trata solo de letras escritas, palabras dichas o escuelas literarias. Es la indefensión de la criatura perecedera luchando, sin saberlo, contra dos alquimistas implacables: la muerte y el misterio.