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De lo mezquino y de los héroes

posthistoria
De lo mezquino y de los héroes
De lo mezquino y de los héroes
Créditos: Sobre Histeria

De lo mezquino y de los héroes

Víctor Paz Otero

Hay un concepto, el de INTRAHISTORIA, que poco se considera y poco se usa, en lo que se podría considerar el tratamiento que la historia académica emplea para el análisis y la interpretación de los hechos.

Sintetizando, la intrahistoria es la “historia del adentro”. De alguna manera, como lo expresó con profundidad don Miguel de Unamuno, es el intento de: “buscar lo eterno en el aluvión de lo insignificante”. En esta perspectiva analítica, los hechos cotidianos como las intrigas, las envidias y los deseos clandestinos, de los seres humanos, entran a jugar un rol destacado en el menú y en la cristalización de lo que acaba siendo considerado como un hecho histórico importante. 

Para ilustrar con un ejemplo concreto los contenidos de este concepto de intrahistoria apelo a ciertos hechos “insignificantes” ocurridos entre dos de nuestros supuestos héroes, que nacieron y pertenecen al imaginario colectivo de la historia payanesa y, que acabaron teniendo impacto grande y significativo en la dinámica y en el flujo turbulento, doloroso y sangriento de nuestra historia nacional. 

Me refiero al conflicto político, psicológico y sociocultural entre el general Mosquera y el general José María Obando; ambos con estatuas y ambos referentes destacados de la vida comarcana.

¿Qué pensaba y que sentía Mosquera acerca de su oponente el general Obando?

Del siguiente escrito, que voy a transcribir de lo que dice Mosquera sobre Obando, se pueden sacar conclusiones que muy poco han sido consideradas sobre dicho pleito, de tan trágicas implicaciones en nuestra historia.

Escribe Mosquera con referencia a Obando: “Es un hombre de cinco pies, cinco pulgadas, seis líneas, medida francesa, de color blanco un poco manchado, pelo castaño que tira a colorado, barba poblada, nariz pequeña y las ventanas un poco infladas, ojos pardos, mirar ceñudo. Su cuerpo es regular y bastante bien formado. Es circunspecto para hablar entre gente de instrucción y decide clásicamente entre personas de poco valor:quiere imitar siempre el carácter andaluz para parecer gracioso y usa muchas frases de cuartel. Aparenta moderación y simpatía por algunas personas, particularmente para ofender a otras. Su educación descuidada en la niñez, no le ha permitido aprender modales, y en la mesa se conoce bien que muy tarde ha aprendido a tratar con gente decente. Sabe acomodarse con poco, como ese ha sido su estado ordinario. Lisonjea todas las pasiones de aquellos a quienes necesita. Miente sin rebozo y no se cree obligado a pagar servicios, dinero ni favores. Se estremece y llora con facilidad y manda a matar riéndose…” 

¡Vaya documento! Vomita desprecio clasista del supuesto simulador de soberbia y falsa aristocracia con la cual se identificaba Mosquera. Psicológicamente, tiene muchas significaciones e interpretaciones. Empieza por subvalorar y menospreciar la propia figura física de su oponente. Bien conocido que Mosquera fue lo que suele decirse “un hombre feo”. Para nada apolíneo, inclusive padecía de un defecto físico en la columna vertebral que la tenía “torcida” y no le era posible mantener el equilibrio de su altanera cabeza. Y sabido y certificado es que Obando fue un hombre “hermoso”. De atractiva figura, que de hecho le ayudó mucho para fundamentar su carismática influencia sobre las personas que lo conocían. No se necesita mucho refinamiento psicológico para deducir que Mosquera fabrica la imagen de su oponente a partir de la envidia y seguramente de su inferioridad física frente al que fue durante tanto tiempo su mortal enemigo. 

“Su educación descuidada en la niñez no le ha permitido aprender modales y en la mesa se conoce bien que muy tarde ha aprendido a tratar con gente decente”. 

Vaya, vaya, Mosquera pontifica desde su “decencia” y desde el supuesto y sofisticado lenguaje de los buenos modales. 

Todo este párrafo anterior, ofensivo y despreciativo, ilustra de manera contundente la clara y mezquina percepción a la que se acoge Mosquera, quien imagina sentirse superior por sus privilegios y por su supuesta y falsificada genealogía, frente a quien él cree que carece, como Obando de esos artificiales ornamentos. Parece que en ese momento Mosquera olvida que Obando pertenece a su propia familia. Que su bastardía y su poca educación, la originó un crimen macabro y terrible que cometió doña Dionisia Mosquera, esa Amazona de la crueldad como la calificó alguien. Debió dolerle mucho aceptar que la hermosura de Obando, no la heredó de los Mosqueras, sino del padre desconocido que preño por causa de “amores ilícitos” a la muy pecadora y asesina de doña Dionisia Mosquera. 

Continuará en próximas columnas…

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Víctor Paz Otero

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