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viernes 4 septiembre, 2015 a las 9:20 am

¿De cuál progreso hablamos?

marcha popayan

«Si el progreso, como propuesta armónica, es mediado simplemente por el dinero, las sociedades no tienen futuro, pues mientras persista la orientación del poder multinacional financiero, no importa que en su discurso se encuentren todas las representaciones de la paz, la cultura, el arte y la economía, el desarrollo que plantea el capitalismo camina junto a la pobreza»
Mateo Malahora

Jorge Muñoz Fernández
MATEO MALAHORA [email protected]

El discurso del “progreso” es embaucador y falaz, es un insumo cultural y político propio de charlatanes y tiene mucho de milagrería.

Discurso fácil, y, por eso mismo, por ser esperanzador, lineal, hace ver la historia de la humanidad o de un país, con alta dosis de ilusión.

Y como prevalece el concepto de evolución social, estamos programados para mirar el ascenso del bienestar cogido de las manos del gran capital, que ahora conduce el neoliberalismo.

Hay mucho de fetichismo en el concepto de progreso, asociado al dinero, que produce sensación de seguridad en los bancos, la billetera, la tarjeta de crédito, en las acciones, el bolsillo y en las propiedades, tanto que suscita una visión alegre y eufórica de la existencia humana.

Basta observar que cuando al obrero o al empleado le cancelan su quincena parece que llega levitando a su casa o al supermercado. Imaginémonos, entonces, los efectos emocionales que el dinero produce en un corrupto, en un banquero, en un narcotraficante o en un corredor de Bolsa. La satisfacción de Pablo Escobar y los hampones financieros de Interbolsa no difiere.

Y, desde otra perspectiva, pareciera que el capital tiene vida propia, recuerdo que en una de nuestras conversaciones cotidianas mi compañera Afrasia me dijo: “El capital sueña”. Tenía razón, había leído El Capital, conoció sus fetiches y, sobre todo, su pretensión idolátrica de eternidad.

Si el progreso, como propuesta armónica, es mediado simplemente por el dinero, las sociedades no tienen futuro, pues mientras persista la orientación del poder multinacional financiero, no importa que en su discurso se encuentren todas las representaciones de la paz, la cultura, el arte y la economía, el desarrollo que plantea el capitalismo camina junto a la pobreza.

No se equivocan quienes piensan que el progreso como ideología y realidad hacen parte de la crisis de la modernidad, derrotada y en vía de extinción.

Progreso sin equidad y sin justicia es una perversa forma de justificar la iniquidad y engañar a los olvidados del paseo, a quienes se les ofrece oportunidades en el caos de la competencia que postula el mercado. Falacias.

Si los grandes propietarios y dueños de los medios de producción social son los que determinan las reglas de juego económicas de un país, con reformas tributarias ventajosas, la democratización de la economía es una mentira con los ojos azules.

¿Quién les arrebató la vida por sed y desnutrición a los cinco mil niños guajiros?

¿El cambio climático, el sol, el desierto? La injusticia social, la indolencia política y la farsa embrutecedora del derecho que no se traduce en imperativo constitucional.

Quizá otra sensibilidad política, basada en el desencadenamiento de un nuevo tipo de sociabilidad, que apele a la solidaridad orgánica, a la “justicia del desequilibrio”, que inhume la neutralidad, el desarrollismo y el caos del orden social contemporáneo haga posible el advenimiento de una civilización donde los principales actores y ejecutores de las reglas de juego de la convivencia no sean los depredadores de la sociedad.

Quienes marcharon esta semana en Popayán contra la privatización y estratificación de los servicios públicos tienen justificada razón.

En la marcha no estaban sino los pobres, los irredentos, se escondió la clase media vergonzante afectada, para no confundirse con los descamisados, ni portar pancartas “subversivas”.

Una chapola del Congreso de los Pueblos que fue repartida en la movilización rezaba con elemental pedagogía popular: “Si sube mi estrato pero no sube mi salario el aumento del estrato hace que suban las tarifas de energía y otros servicios públicos. Se afecta el puntaje del SISBEN, es decir el acceso a los programas subsidiados como familias en acción, así como ayudas en dinero y especie para alimentación de niños, jóvenes y ancianos”. “Suben las matrículas universitarias, el predial, el copago de salud, la valorización, los arriendos, la construcción de vivienda”. ¿Cuál es la respuesta de la clase política?

¿Cuándo será la marcha del SISBEN de las FARC cuando tengamos paz?

Y marcharon los sectores populares. Allí no estaba la Pamba, ni Campamento, ni Portachuelo, ni los Andes, ni los guetos de las parcelaciones cerradas, donde el Estado ya no ofrece ni seguridad.

Marcharon los pobres, vistos como personas incómodas por los mandatarios que ayer fueron ungidos con sus votos.

A ellas hay que repetirles que la pobreza no es un estado natural del ser humano, que como carencia de recursos para vivir con un mínimo de dignidad es una estructura social impuesta por las estructuras de poder y no admite ninguna tesis que la justifique.

El drama de los pobres deportados de Venezuela es el drama de la exclusión social.

Es el drama del muro que propone la derecha norteamericana, muro ya levantado en Colombia por los empresarios de las comunicaciones, para que nadie vea los pobres que marchan y los pobres que mueren de hambre en la Guajira.

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