“DAME UNA ESPERANZA Y MOVERÉ EL MUNDO”


La educación con modelo flexible o educación para población vulnerable, no es un modelo educativo para pobres, ni debe ser una educación de bajo presupuesto. Ni mucho menos es para operar en condiciones mínimas; al contrario, necesita presupuestos sanos y una pedagogía que permita formar ciudadanos sociales, críticos, éticos y emprendedores.
La educación para la población vulnerable debe planearse y ejecutarse para que la gente se asuma y, en el caso histórico político actual del país, para que la gente reconstruya su moral.
Es decir, para que la gente que a ella acude reconstruya su identidad y diversidad. Para que aprenda a tomar decisiones correctas a partir del conocimiento y no desde la opinión, el qué dirán, las creencias o la manipulación de otros.
Se trata, igualmente, de reconocer los saberes previos del estudiante como sujeto adulto, así como de respetar sus saberes culturales. De permitir la formación de la mente y el espíritu en su propio contexto porque se trata de “educar para el buen vivir”, e incluso: de “educar para el convivir”.
La educación flexible o educación para el emprendimiento que se le ofrece a los adultos, no es una solución a los problemas sociales y familiares de la gente, son aportes culturales para que la gente entienda que debe vivir mejor y tomar decisiones correctas para vivir mejor.
La educación flexible debe generar la solidaridad entre las comunidades para lograr ayuda, asesoría y apoyo mutuo. Así mismo, debe generar conocimientos en cooperativismo como organización económica que permita emprendimientos con garantías para todos.
Estos programas buscan construir país con una política de Estado para la educación informal, flexible y para el emprendimiento. Pero ojo, no se trata de educar pobres para que sean pobres educados; al contrario, se trata de ofrecer educación cierta con apadrinamientos económicos que le permita a la gente otras oportunidades u opciones laborales.
La educación flexible está dando resultados para fomentar proyectos pedagógicos productivos, en busca de resolver metas políticas transnacionales como la pobreza y el hambre. Eso suena bonito y es sospechoso para los críticos sociales porque argumentan que solo fomenta más pobreza y no da soluciones verdaderas.
Pero, algunos opinamos que este tipo de educación no busca que la gente resuelva sus problemas por arte de magia, que simplemente se trata darle un significado a la palabra educación para ofrecer otras oportunidades para que la gente se oriente y luche por un pedacito de progreso.
En otras palabras, no hacer nada por la gente vulnerable, es peor socialmente, y mientras inventan otro sistema, hagamos lo mejor que podamos por este modelo.
La gente que ha asistido en los últimos años a centros educativos de educación flexible, ya para terminar su bachillerato en vida adulta o para aprender un oficio o profesión como técnico ha logrado que las decisiones personales y colectivas de las personas que estaban en un sueño se volvieran, en muchos, pero en muchos casos, una realidad. No todo es malo. Bien se podría decir, parafraseando una frase conocida: “dame una esperanza y moveré el mundo”.
La educación flexible sirve para resolver “algunos” problemas socio-económicos urgentes de la gente. No estamos hablando de una panacea, ni de la solución para la pobreza, estamos hablando de una educación para brindar una oportunidad, otra oportunidad, que en muchos casos, la misma sociedad no brinda.
Y en Colombia y el mundo, el modelo ha sido exitoso, especialmente para la educación de la gente del campo, para la educación de la gente en las zonas rurales y en esa medida el municipio de Popayán está generando algunas experiencias relevantes dignas de apoyar y admirar.
Hoy, la educación flexible, como modelo educativo debe estar en la agenda de la educación que necesitamos para avanzar en la paz del país, y ojalá en la agenda de los candidatos a gobernarnos.
NOTA: Por vacaciones, esta columna reaparecerá en cinco semanas.



