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DAIRO WILSON RUEDA SÁNCHEZ

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“EL GRAN BACÁN”

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Por Arnulfo Ñáñez Solarte / [email protected]

Una de las cualidades más sobresalientes de Dairo Rueda, además de su don de gentes, familiaridad, fraternidad, amabilidad, sensibilidad y gentileza, fue su generosidad y su sentido del buen humor que hacían de él, un ser humano jovial y placentero.

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La imagen más remota que guardo en mi memoria de Dairo y su familia, se remonta a los días en que sus padres, don Martín y doña Josefa, instalaron una sastrería en la antigua calle quinta de Santander de Quilichao a cuadra y media de mi casa paterna. Su enorme capacidad de trabajo, a más del sentido de organización les llevó a instalar un pequeño almacén que con el tiempo, sostenidos y persistentes lo convirtieron en el más importante del pueblo: El almacén Moderno. Yo en esa época aun no era amigo de Dairo, hijo primogénito del matrimonio Rueda Sánchez, a quien le siguieron sus hermanos Nancy, Hernando, Víctor Hugo, Martincito y Carlos Alberto.

Yo vine a entrar al círculo de amigos de Dairo, cuando estábamos por terminar el bachillerato, y creo que fue por mediación de otro de mis entrañables amigos: Jairo Renán, con quien Dairo Wilson mantuvo una sólida amistad por el resto de su vida. Jairo, junto con Dairo, Eduardo y otro muchacho de apellido Navia al que recuerdo le llamaban “pollo ronco”, formaban un grupo que incluso habían tomado como seudónimos los nombres de John Lennon, Paul McCartney, George Harrison y Ringo Starr, los cuatro chicos de Liverpool que conformaron la banda musical “THE BEATLES”, que pasó a la historia como el grupo rockero más importante del siglo XX, por su ensamble de voces, guitarras y batería, además de la genialidad de sus composiciones, creatividad y capacidad de innovación. Se puede decir que estos amigos fueron los primeros bitlómanos quilichagüeños. Dairo compró los primeros vinilos del grupo música inglés, aquellos donde quedaron grabados sus grandes primeros éxitos: “Love me do” y “A hard day’s night”. Esto ocurrió a finales del año 1967. Recuerdo que mis amigos se reunían los fines de semana a bailar y recochar en la casa de las hermanitas Prieto Muñoz y de sus vecinas las Ramírez Zúñiga, quienes vivían a la entrada del barrio Nariño. Estas entrañables y adorables amigas, tuvieron mucha significación en el paso de nuestra pubertad a la adolescencia y nos dejaron una marcada huella.

Aunque yo era el patico feo del grupo, había logrado penetrar este círculo de amigos, y fue así como llegamos a formar una sólida amistad Dairo y yo… Por ese entonces, el Almacén Moderno, junto con El Líbano se consolidaban como los más importantes de la ciudad. Recuerdo que estaba ubicado en la esquina de la calle cuarta con la carrera doce, en un antiguo pero agradable edificio, diagonal al legendario Café Águila, famoso por sus tangos y música de antaño.

Dairo también fue quien compró los libros nuevos del grupo. Fue quien adquirió las primeras ediciones de  “Cien Años de Soledad” de García Márquez, “Rayuela” de Julio Cortázar, “Pedro Páramo” de Juan Rulfo y “La ciudad y los perros” de Mario Vargas Llosa.

Puedo decir esto con propiedad, porque yo era el primero que me gorriaba la lectura de estos libros en casa de Dairo, mientras escuchábamos a los Beatles, los Rolling Stones, a Serrat y a Piero y las quinta y novena sinfonías de Beethoven, a la vez que tomábamos el café que cariñosamente nos brindaba la tierna y leal Deyanira, la ayudante de cocina de la familia Rueda.

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Una vez bachilleres, siguieron los años de universidad, y con ellos el inevitable compromiso de cada quien de forjar su destino. Cada uno tomó caminos con rumbos distintos…

Cuando nos reencontramos 15 o 20 años después en nuestro terruño quilichagüeño, yo regresaba transpirando por todos los poros música y poesía llanera y Dairo viajaba montado en el Ferrocabral de las canciones de Facundo Cabral. Tenía dos lindas hijas. Támara y Paoly. Támara cantaba con dulzura las bellas canciones de Mercedes Sosa, Silvio Rodríguez y Violeta Parra. Dairo se había casado con Rosalba Patiño. Rosalba era una bella y sociable joven, que conocimos desde su pubertad, cuando llegó con su familia desde el norte del Valle y se instalaron en una casa frente a la de Jairo Renan… y no fue sino que se conocieran Dairo y Rosalba para que empezaran a embeberse en los sedantes deliquios y delirios del amor juvenil.

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“Golpe a golpe, verso a verso”

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DAIRO WILSON RUEDA SÁNCHEZ

Dairo Wilson:

¡Qué duro es sentir que siendo el más niño del grupo, te nos hayas ido, produciendo el doloroso golpe que traspasa nuestras pieles y penetra nuestras almas!

¿Por qué te fuiste tan pronto? Entre la etérea gasa de las nubes aterciopeladas flota tu recuerdo cargado de tu sonrisa sencilla y de tus gestos risueños.

¡Qué pronto se esfuman los años y qué fuertes permanecen los recuerdos! Y vuelven como una vorágine… y el anhelo frustrado de regresar a la tertulia, para volver a contar los detalles marcantes de nuestra juventud: amistad, amor, música, política y literatura… se nos va yendo con el tiempo y ya no nos sentaremos a recordar los tiempos remotos en que José Arcadio Buendía llevaba de la mano a su hijo Aureliano a conocer el hielo y los otros prodigios que el gitano Melquiades traía a Macondo, fundado por José Arcadio, tras su osadía aventurera de atravesar ciénegas y selvas del Caribe…

Ni a recordar los años juveniles de los cadetes de la Escuela Militar de Lima Perú, donde encerrados, censurados, reprimidos y violentos, los jóvenes cadetes saciaban sus instintos sexuales con la “Malpapiada” la perra que encerraban en los calabozos de la legendaria escuela militar, según la novela de Vargas Llosa.

¡Ah! Dairo Wilson, siguen sonando las tonadas de Lennon y McCartney, las canciones poemas de Serrat, Cabral, Cortéz y Violeta, y sigues flotando sobre nuestras cabezas con tu alegre presencia…

Todo ello: tu don de gentes, tu historia de buen camarada, tu lealtad de hijo, hermano, esposo y padre, tu gusto por el tango y el rock, tu ser beethoviano y bitlómano, el ser hincha de la “mechita” y tantas cualidades más te hacen merecedor de muy lejos, del honroso título de “GRAN BACÁN”.

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