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Lunes, 5 de octubre de 2026
martes 13 agosto, 2013 a las 5:29 pm

Cultura política democrática

Carlos E Cañar Sarria
CARLOS E. CAÑAR SARRIA
[email protected]

La educación política de los ciudadanos es muy importante para el ejercicio de una auténtica democracia. Un pueblo ilustrado políticamente está llamado a la participación, al trabajo colectivo y al interés común. Se respeta y se hace respetar. Es menos llamado a la instrumentalización, a la demagogia y al engaño. Sabe de dónde viene y para dónde va, qué es lo que quiere y cuáles son los medios para conseguir sus propósitos. Conoce las fortalezas y debilidades de sí mismo y de quienes lo representan en las instancias gubernamentales y legislativas.

En una verdadera democracia el pueblo es el constituyente primario, en él radica el poder. Los gobernantes y representantes no son más que unos simples comisionados cuyo deber político y moral es atender las necesidades y requerimientos de la población en pro del bien común. Es así como el pueblo debe y puede pedir cuentas a todos aquellos en quienes ha depositado el poder y su confianza.

En ese rendimiento de cuentas, lo que esté en contravía de la ‘voluntad general’ debe ser desechado. El mejor castigo para quienes se apartan de las nobles causas colectivas es negarles el respaldo presente y el voto futuro. Es lo más legítimo ante legisladores y autoridades deslegitimadas que nada bueno tienen para mostrar.

La falta de una verdadera cultura política democrática hace que se elijan y reelijan a los mismos de siempre. De lo contrario, tendríamos los mejores gobernantes, los mejores congresistas, los mejores dirigentes. Pero puede más la amnesia que los deseos de renovación de la dirigencia política colombiana.

Hace algunos años el columnista de El Tiempo, Oscar Collazos, se quejaba de un Congreso que legisla para bien de los congresistas y de sus propios partidos. Entre otras cosas, agregaba: “Uno se sorprende al ver rostros de congresistas (…) surgidos de las clientelas regionales envejeciendo como dinosaurios marrulleros en sus sillas, con las nalgas atornilladas al puesto de donde saldrán con pensiones ruinosas para el Estado”.

Por lo tanto, el papel del Congreso es hacer leyes útiles a la sociedad, en beneficio del pueblo que dice representar. Contrariamente, las condiciones de vida de la gente no parecen mejorar, mientras los elevados salarios que devengan los legisladores, no corresponden al trabajo y compromiso en defensa de lo público.

La mejoría de las condiciones de vida de la gente de las regiones depende mucho de la labor, de la gestión y del empeño de sus congresistas y gobernantes. Deben ser muy puntuales en prioridades y no ahogarse en el mar de lo superfluo. Las discusiones bizantinas, los proyectos insustanciales deben desterrarse. Departamentos rezagados en desarrollo humano requieren con urgencia replantear sus dirigencias. Desde luego hay excepciones porque no todos los dirigentes son malos. La depuración de la política exige una ciudadanía educada políticamente.

Se avecina un proceso electoral, lo cual hace necesaria mucha opinión pública, mucho debate, mucha exposición de programas; que pasen al tablero los políticos para que en su condición de candidatos muestren sus trayectorias en servicio de las comunidades, expongan sus proyectos y argumenten sus compromisos. Que la actividad proselitista deje de ser lo que muchas veces ha sido. Discursos demagógicos y promesas que nunca se cumplen. Que los políticos no sólo den la cara cuando necesitan los votos, sino que se hagan ver en las soluciones de las difíciles problemáticas de las regiones.

Una cultura política democrática presupone elegir o reelegir a los mejores, a los más comprometidos, a los más diligentes, a los más capaces, a los más honestos, etc.

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