CUENTOS, GRACEJOS Y CONSEJAS


… Si no duermes el coco te comerá, pero en su lugar venía el reclamo, la pregunta, la duda. Ya mayorcitos aun entre el sueño y la vigilia, mamá era el hada buena sentada a la cabecera de la cama. Éramos muchos acomodados a lo ancho del lecho, así estarían las sardinas en su caja de hojalata. Mamá tenía una risa de jilgueros cantando en la madrugada, era una campanita de cristal golpeada levemente por una cucharilla de plata ante el infantil auditorio: ¡Su atención, por favor!
¡Pero, mamá!, protesta alguno de los chiquillos por algún capricho a deshora mientras los demás, en sacrosanto silencio, tienen las orejas paradas y altas como el cuello de las jirafas. ¡Chits! responde ella cerrando con el dedo índice los labios. Los niños se incorporan a medias, colocan las almohadas detrás de las espaldas contra el marco de la cama, grande ésta parece un estadio, pequeña a la vez a imitación del estanque de los milagros en cuyo entorno bailan sílfides y ebrios de felicidad los enanos de Blanca Nieves.
No son los cuentos clásicos que ella relata, son fragmentos de historias verídicas, pasajes reales que han quedado impresos en su imaginación desde la escuela primaria, su vena de poeta los recrea dándoles matices sobre naturales, pero intacto el tronco del árbol está allí, el exuberante follaje oculta frutas codiciadas y apetecibles. Quizá Adán no pudo rechazar la oferta que Eva le ofrecía, fruta sustraída ingeniosamente de los predios que la serpiente, astuta y suspicaz, oculta hasta de la mirada del Guardián del bosque. Era un afrodisiaco. Los instintos ocultos en la naturaleza terminaron por salir desaforados y locos. En uno de esos arrebatos de exaltación y gozo se perdieron las hojas de parra, desnudo Adán se pone de rodillas para besar las manos de la hembra divina. Aparecieron la ira y los celos, lo que pudo ser el paraíso se convirtió en el espejismo de un oasis en un desierto de arena candente, en un edén para los camellos y las caravanas de los mercaderes que de Persia viajan al confín de los siete mares, por allí de pronto apareció Simbad, desertor de una marina de guerra, para disputarle al negro Sultán del Palacio de Mármol los caprichos de Scherezada, la bailarina predilecta del harén secuestrada en Damasco. Los eunucos se pusieron de fiesta, inventaron descomunales falos de fantasía, el jazz y los blues, cantaron “aleluyas” batiendo palmas, glorificando a los gladiadores de las rubias melenas, los hijos de Gomorra adiestrados en los campos de la muerte en Vietnam y Panamá. Los que no están con nosotros, se desgañita el gurú del amplio sombrero tejano y sucias de petróleo las botas de domador de circo, están contra nosotros. Crece la intolerancia y el odio como las llagas purulentas de un leproso.
“No sean tontos”, nos decía mamá, sin poder contener la risa que ya parecía una campanita de plata hecha añicos, los fragmentos de cristal en el piso tenían la misteriosa luz de unas luciérnagas caprichosas que no se dejan ver de día, prefieren la noche para brillar y hacerse notables.
En aquella infancia de cuentos y fábulas residíamos en un inmenso edificio de vivienda parecido a un palacio de ladrillos rojos, en la parte baja, hacia la calle, un fotógrafo habilitó su taller “Foto Páez”, en el solar del traspatio, en una higuera, casi siempre y no siempre mantenía atada a su hija Julieta, inquieta y deschavetada que causaba a los vecinos muchos dolores de cabeza, pero la toleraban, sentían compasión por esa niña que a edad temprana perdió a su madre. Por la ciudad discurrían, por estrechos canales, acequias heredadas desde la colonia cuando los caseríos de paja y adobe paulatinamente iban desapareciendo para darle cupo a casas modernas, de dos pisos y grandes ventanales, pero sufrían la peste del tifo que no había sido desarraigado por esos años y causa de la muerte de Pachito, nuestro vecino y compañero en el Colegio de los Jesuitas. Su familia era de origen ecuatoriano. Don Carlos, ingeniero, regentaba el acueducto, doña Olimpia, su esposa, coleccionaba estampillas que guardaba, bajo la cama, en un inmenso baúl repleto de ellas, las había de todo el mundo pero sobresalían en especial unas grandes ilustradas con la bandera del Ecuador. Eulalia y Clotilde eran las hijas, los varones Eduardo, Mario y Francisco, a excepción del menor que no sobrevivió a la epidemia de tifo que asolaba la ciudad, al morir primero la madre y luego el padre, lograron residencia en los Estados Unidos. Hablan inglés con acento pastuso. Cuando don Carlos regresa de su trabajo, en la noche, después de la cena y con sendas tazas de aguapanela caliente para espantar el frío de la cordillera, todos los chicos del vecindario nos colocábamos en forma estratégica al pie de su cama, era un estupendo contador de cuentos lleno de mucha fantasía e imágenes inverosímiles, cuando le pedíamos permiso a mamá para visitar aquellos sitios a los que don Carlos nos invitaba los fines de semana con sus hijos, mamá soltaba incontenible la risa y nos decía que no fuéramos bobos, que todo eso eran cuentos, nada más que cuentos, prevalecían así los relatos de mamá, los héroes de carne y hueso de las epopeyas de su pueblo, las mujeres guerreras, reinas de verdad, allá lejos, en un rincón de la Europa central donde aún quedan vestigios de las antiguas batallas de los dioses y Singidunum, una fortaleza monumental de los celtas a orillas de los ríos Danubio y Sava.
Todo lo anterior me viene casi a la medida para hablar de dos libros que sus autores tuvieron la gentileza de enviarme con sentidas y sinceras dedicatorias.
Bien lo dice el poeta León Felipe en el poema que le sirve de presentación a las leyendas de Marco A. Valencia: “me han dormido con todos los cuentos y sé todos los cuentos”. Son dos libros maravillosos, me llegan de Popayán, de Jaime Vejarano Varona (“Popayán en su anécdota 1537-1999”) y de Marco Antonio Valencia (“Leyendas extraordinarias de Popayán”).
Profusamente ilustrado con fotografías antológicas Jaime trata con bastante buen humor y acertada concertación histórica los perfiles de personajes inolvidables del sentir urbano, son carne, hueso y sangre de la misma luz y sombra imperecedera de una ciudad que, tomada de la mano con su glorioso pasado, espera los resultados imprevisibles del futuro cuando lentamente se va convirtiendo en una polis populosa y disímil.
El autor de las leyendas ha tenido el buen juicio y el justificado propósito de que estas consejas y estos relatos, que se han mantenido vivos gracias al ingenio, al buen humor y los gracejos de los habitantes de tan insigne e hidalga ciudad, no se pierdan en los remolinos del tiempo, que todo lo borra y arrastra al olvido. Esa colección de leyendas contiene también las sabias y bien situadas imágenes captadas por la pluma del poeta y pintor Rodrigo Valencia Quijano. Marco Antonio ha tenido la paciencia de recoger las inigualables y valiosas perlas de un collar disperso, el fácil hilo del relato y las oportunas observaciones me traen de algún lejano museo el retrato de una dama de increíble y serena belleza que, en su garganta desnuda de alhajas, luce precisamente el collar de la reina del que trataría Alejandro Dumas, hábil exponente de los duelos y aventuras de los mosqueteros de Luis XIII.
Jamundí, abril del 2015.




