Por un dibujo

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El director de la escuela interrumpió la clase, ante el asombro de la maestra y de los alumnos.
-Antonio: ¡Salga del salón de clase! ¡Fuera de la escuela! ¡Váyase! Yo no me lo aguanto. Traiga su acudiente para que firme la cancelación de matrícula.
Sacó al muchacho del aula. Lo llevó a la puerta de la escuela y lo empujó a la calle.
Fuera del centro escolar. ¿Qué haría si no podía volver? Con pasos lentos echó a caminar sin dirección. Estaba aturdido. Cabizbajo miraba el andén cuarteado. Se detuvo sin saber qué hacer. No podía ir a la casa porque la madre no se encontraba, volvería al mediodía. El padre trabajaba en la construcción del aeropuerto, regresaría en la tarde. ¿Qué le diría a la madre? Ella era severa. Sentía temor decirle que lo expulsaban… que fuera a la escuela para firmarla cancelación de matrícula. ¿Qué haría si no podía encontrarse con los compañeros? Pasó por la tienda de dulces y, no se detuvo para comprar un helado. Despacio sin rumbo llegó al parque. No entró a la taberna pues era un sitio para mayores. Sentado en una banca del parque. Las manecillas del reloj de la torre de la iglesia no avanzaban. No sabía que se pondría a hacer si lo expulsaban del plantel.
La madre lo regañaría porque Antonio olvidó la llave de la casa y, había mucho que arreglar: el cuarto, limpiar los vidrios, barrer, sacar el bote de la basura, pues ese día pasaba el recolector. El chico a la espera. El vuelo de las palomas en el parque principal lo distraía por momentos. La patrulla de la policía frente a la alcaldía. Las puertas de la iglesia abiertas. De los bancos salían hombres y mujeres. Y al expulsarlo de la escuela, no le pagarían matrícula en un colegio privado, como el que quedaba cerca del lugar donde se hospedaban.
– ¿Qué hizo el “niño”? ¿Trató mal a los compañeros? ¿Hizo algún daño en la escuela? No me diga que no hizo nada y el maestro sin motivo me manda llamar. ¿No será que el “nene” urdió alguna porquería? Preguntas de la madre, al volver y encontrar a Antonio parado ante la puerta. La mirada inquisitiva de la mamá cuando le dijo que la necesitaban en la escuela. Almorzaron. Salieron de casa hacia la escuela. Mientras caminaba, hacia el plantel, no sabía que decir. Era arrastrado por la prisa de ella.
-Mire muchachito, no me venga con el cuento que, por hacer un dibujo, el maestro me llama. No me crea pendeja. A no ser que haya hecho una obra de arte. No creo que tenga un Picasso o un Van Gogh. Eso no cabe en la cabeza que por un mamarracho el director de la escuela me llama. Alguna pilatuna o maldad… ¿por qué no me cuenta… Ya sabe cómo son las cosas conmigo. ¿No será para felicitarme de tener un artista en casa?
Caminaba despacio y la madre le instaba a que lo hiciera rápido. Ella había dejado el trabajo. Y, debía de ser algo grave cuando la llamaban… A eso de las dos de la tarde llegaron al centro educativo. Entraron. En el patio pequeño, las maestras, los niños al verlo con la madre, cuchicheaban. Estaban a la expectativa. Ella camino a la dirección escolar. La puerta se abrió. La mujer entró y, él quedó fuera, porque, el profesor le cerró el portón en las narices.
– ¿Qué ha hecho el jovencito?
El maestro abrió el escritorio y sacó una cuartilla de papel.
-Su hijo, hizo este dibujo burlón de mí. Lo pegó en la cartelera. La comunidad escolar lo ha visto. Soy motivo de burlas. Y esto no me lo aguanto, dijo entregándole la cuartilla.
Ella tomó la hoja, miró el dibujo. El director habló de la falta de respeto contra la autoridad y de la expulsión del plantel escolar. No se podía admitir tal hecho.
-El alumno no puede burlarse de mí y, mucho menos ponerme en ridículo.
La mujer escuchaba al maestro, sentado en el sillón.
– ¿Para esto me ha llamado? Soy una mujer ocupada.
– Y, pinta una vaca con mi cara, defecando en el campo de deporte. ¡Qué atrevimiento!
La mujer rio al ver la caricatura. El maestro desde la silla no se acomodaba. Los niños no podían jugar porque las vacas pastaban en el campo deportivo. El balón se embadurnaba de estiércol o porque por ir tras el balón los chicos terminaban manchando los pantalones, con el cagajón de los rumiantes.
La mujer miró al profesor frente al escritorio. Entonces, preguntó:
-Profesor: ¿tiene razón el muchacho? ¿Usted por qué pasta sus vacas, en el campo de fútbol de la escuela que es pública?
Silvio E. Avendaño C.
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