¿Cuántos y para qué son los Derechos Humanos?
infoderechos.org/es/PDHRE-En-Nuestras-Manos-L…Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
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El orangután y el primer homínido murieron y no hubo notario que se acercara a su madriguera a tomar su testamento para la Humanidad. Se cansaron de vagar por los áridos desiertos y las tupidas selvas, por encima de tanta piedra, al sol como los cañeros, se llenaron de arrugas y, recostados sobre un barranco murieron en la inopia. Nadie acudió a ofrecerles un vaso de agua ni a taparles sus cojones con una compasiva sábana. Esa fue la herencia que nos dejaron nuestros protohumanos. Por su incipiente cerebro nunca pasó la idea de que sus descendientes tendríamos que recordar a diario su desgracia.
Poco a poco sus inteligentes y astutos representantes fueron ideando dotar de armas muy potentes a los pueblos y llamaron derechos humanos a una numerosa cantidad de consignas que estamparon en papel timbrado. Que el hombre tenía derecho a: vivir, a tener a salvo su nombre, a pensar libremente, a moverse como Michael Jackson dentro y fuera de un escenario, a asociarse para librarse de la fuerza externa, a expresar públicamente su necesidad, a exigir igualdad y respeto a su dignidad, a trabajar con justo pago y equidad y bla, bla, bla. En unas naciones los introdujeron en 10 páginas y otras no han podido redactarlos en 369 folios.
¿Al fin y al cabo, cuántos son los derechos que el hombre ha “conquistado” con sangre y que pertenecen a su más íntima carne, para que se llamen con el pomposo nombre de “humanos”? ¿Son cinco o diez o 24 o 100 o mil? ¿La nación que los enumere en larga fila en su constitución será la que merezca el premio de la más humanitaria? Con seguridad que el gobierno o los que redactan esos textos se creerán que ellos son los que otorgan esos derechos al hombre. Ah, ironía. Cuanto más hablador sea el hombre, será tildado de lenguaraz. Y tendrá lugar muy cerca del trono de Pinocho.
El hombre desnudo tiene los mismos derechos que quien viste sacoleva y cuello blanco. El carretillero que arrastra su basura con sudores y se limpia los mocos con los dedos, merece el mismo trato que quien pasa orondo en cuatrimoto hablando por celular. Sí. Se debe respetar la dignidad del delincuente aunque esté confinado en una cárcel, lo mismo que al gran señor que habita en palacio o recorre a zancadas los pasillos del Capitolio.
El ser humano goza de su esencia entre perfumes o en la inclemencia de la pobreza y el dolor. Puede haber ido a la Sorbona o Harvard o sólo haber ido hasta tercero de primaria. Tal vez el ignorante, el analfabeto, el loco, el niño, el enfermo, el campesino, merecen más respeto y cuidado por el Estado, por las iglesias, por Fundaciones filantrópicas y por ONGs que tienen como misión la ayuda humanitaria. Es en estas condiciones que el ser humano es más vulnerable y que no puede valerse por sí mismo.
La dignidad no se defiende, como lo hacían airosos cortesanos, danzando con la espada o apabullando con los cañones o arrasando vidas con los tucanos. Se defiende atacando la pobreza, el desempleo, favoreciendo el estudio. No es poniendo un policía o informantes en cada esquina, como en Cuba, para que nadie robe o asalte porque no tiene qué hacer ni qué pensar. Que la iglesia no dé limosnas, que el gobierno no dé subsidios para acallar las voces de protesta. Que se haga justicia por los jueces colombianos, que la reparación no la haga en fila el Estado con impuestos sino quienes guardan el dinero y las fincas para cuando los delitos y las penas se precluyan.
Los ciudadanos tendríamos que gozar felices de esos derechos con los hijos en el hogar, en el trabajo, en las escuelas. No tendríamos que salir a las plazas, y en medio de las armas, a gritar por la vida con esfuerzo como se canta un solitario gol. Ni tendríamos más visitas extranjeras de la Human Rights Watch, ni necesitaríamos la “ayuda” de escuadrones de una inmune soldadesca.
26-07-09 – 11.32 a.m.



