¿Cuántas veces?


¿Cuántas veces a lo largo de nuestras vidas hemos hecho lo mismo hasta convertirnos en una repetición?
Esa pregunta me la estoy haciendo por estos días cuando tengo ya un poco más de 26 mil días de sobrevivir en este mundo. He hecho tantas veces la misma cosa todos los días, que bien vale la pena repasarlas para que muchos lectores de esta columna acepten que andan en idénticas así hayan terminado por ni siquiera darse cuenta o al menos aceptarlo conscientemente.
¿Cuántas veces habré ido al inodoro a lo largo de estos 26 mil días? ¿Cuántas más habré ido frente al espejo a afeitarme?, o ¿cuántas más me he metido debajo de la ducha, o cuántas me habré vestido o cuantas más me habré quitado la ropa?
Nos enseñaron a sentarnos primero en la bacinilla y después en el inodoro. Nos enseñaron a cepillarnos lo dientes por lo menos todos los días y lo seguimos haciendo. Nos enseñaron también a untarnos desodorante y a muchos a echarnos talco en los pies antes de ponernos las medias. Vamos todos los días a la cama y todos los días nos sentamos a la mesa.
Somos unos animales racionales de costumbres repetidas sobre las cuales construimos metodologías, creencias y comportamientos y, aunque sicólogos y sociólogos y siquiatras digan lo contrario, el alzheimer puede ser una forma de rebelión o de cansancio del cuerpo humano contra esa repetidera diaria porque quienes la sufren van dejando de hacerlas mientras más avanza la enfermedad.
No quiero hacer la cuenta de cuántas veces he hecho todos los días las mismas cosas, pero si quiero advertir que me estoy cansando de hacer todos los días lo mismo y estoy pensando si no ha ido llegando la hora de suspender esa repetidera diaria.
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Audio de esta columna en la voz de su autor:
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