¿HASTA CUÁNDO LA BARBARIE INFANTIL?


Desde el pasado 4 de diciembre del año pasado, concretamente desde el secuestro, tortura, violación y posterior asesinato de la niña caucana Yuliana Samboní, de escasos 7 años, a manos del arquitecto bogotano Rafael Uribe Noguera, quien ya fue condenado al estilo fast track, en un tiempo record, a una pena de 51 años y 10 meses, más el pago de 100 salarios mínimos de multa, algo increíble en la justicia colombiana, merced al incesante reclamo y repudio de la sociedad colombiana. Pensábamos todos que con ese asesinato y las exclamaciones de ¡Basta ya!, ¡No más Yulianas!, era la gota que llenaba el cántaro de la rabia, la furia y la indignación generalizada, a punto de estallar por el inaudito caso, muy aberrante por cierto.
Pero no fue así. Transcurridos apenas cuatro meses del patético caso y como en una especie de obra de teatro trágico infantil, los caucanos estamos asistiendo otra vez a otra escena inaudita, increíble, aterradora, inverosímil, que nos crispa los nervios y también el alma, al conocer el asesinato de dos niños hermanos caucanos, We Pe Yakum Rivera Parra (nombre que significa “Raiz de Páramo”) de 8 años de edad y Sek Tay Rivera Parra (que significa “Padre Sol”), con 10 años de edad, cuyos cuerpos fueron encontrados a un kilómetro de su vivienda en la vereda La Milagrosa, del municipio de Inzá (Cauca) a manos de su padre, si así puede llamarse, John Albert Rivera Ramírez, quien antes había asesinado a su compañera sentimental y madre de los dos hermanos, Edith Johana León Parra, de 28 años y de profesión auxiliar de odontología, en pleno centro de Popayán, dentro de un inquilinato. El mencionado autor de los tres asesinatos intentó quitarse la vida, pero fue atendido en el Hospital Universitario y de inmediato conducido a la Penitenciaría “San Isidro” de la capital caucana, en espera de su condena, que ojalá sea justa y pronta al estilo del caso de la niña Juliana.
Y la muerte trágica de nuestros niños y niñas colombianas no cesa. Como en una especie de ciclo trágico de terror al estilo de Sir Alfred Joseph Hitchcock (el maestro del suspenso, el terror, la ansiedad, el miedo y el thriller sicológico), el pasado sábado 22 de abril, día de la Tierra, se conoció el caso de la niña Sara Salazar Palacios, de escasos 3 años de edad, quien vivía en un hogar sustituto en Armero (Guayabal). Fue abusada sexualmente, con múltiples fracturas en su cuerpecito, trauma cráneo encefálico y heridas en sus piernas con arma blanca. Lógicamente, este caso otra vez volvió a levantar las protestas y la indignación nacional.

Francamente el cuadro de la barbarie infantil es patético: violaciones, homicidios, violencia intrafamiliar. Y las soluciones pululan por allí, al garete, sin tener solidez ni argumentos en favor de ellos. Quizás, lo más acertado fue la oración que dijo un niño, a favor de ellos mismos: “Diosito lindo, protege a los niños del Cauca, de Colombia y del mundo”. O la pancarta que mostraba una niña en Villavicencio, la cual resume lo anterior y la barbarie comentada: “DA MIEDO SER NIÑO EN COLOMBIA”.



