Cuando el alivio se vuelve pecado



A la oposición colombiana le incomoda profundamente cualquier señal de alivio popular.
No lo disimulan.
Les parece casi una provocación que el dólar esté a la baja, que la gasolina deje de escalar como castigo cotidiano, impuesto por el anterior gobierno y que, para colmo, el Estado haya decidido subsidiar a las personas de la tercera edad que no tienen ningún ingreso. Cada una de estas medidas es presentada como una irresponsabilidad, una amenaza económica o un acto populista sin perdón.
Pero nada —absolutamente nada— los enfureció tanto como el aumento del salario mínimo.
Esa fue la bomba que detonó su ira.
Ahí aparecieron, como reloj suizo, los mismos de siempre. Bruce Mac Master advirtiendo con tono apocalíptico sobre el “colapso empresarial”. Jaime Alberto Cabal de Fenalco anunciando despidos masivos que nunca llegan.
Algunos economistas de escritorio —los de columna dominical y micrófono garantizado— repitiendo que subir el salario mínimo es condenar al país al desempleo eterno.
Y, por supuesto, los grandes —medios hegemónicos al servicio de la fortuna de sus amos— amplificando el lamento, como si se tratara de una tragedia nacional.
Lo curioso es que esa indignación no se activa cuando millones de trabajadores sobreviven con ingresos de miseria, cuando los adultos mayores pasan la vejez entre la caridad y el abandono, o cuando el precio del dólar disparado encarece la comida, el arriendo y la vida misma o cuando los congresistas se aumentan el sueldo en millones de pesos.
Ahí guardan silencio. Ahí predican paciencia, “realismo” y sacrificio.
Pero cuando el salario sube, cuando el trabajador respira un poco, cuando el ingreso deja de ser humillante, entonces sí se desata el escándalo moral.
Claudia López, desde su tribuna de sensatez autoproclamada, se suma al coro del “esto no es responsable”. Vicky Dávila lo convierte en cruzada mediática.
Paloma Valencia lo demanda.
Algunos congresistas de la oposición hablan de “quebranto económico” mientras jamás cuestionaron los subsidios encubiertos a los grandes capitales, las exenciones tributarias ni los rescates silenciosos a los poderosos.
Porque el problema nunca fue la economía.
El problema es quién se beneficia.
Que el dólar baje no les duele por el país, sino porque les desordena el discurso del caos permanente. Que la gasolina se estabilice no les preocupa por las finanzas públicas, sino porque reduce la angustia diaria de millones.
Que un adulto mayor reciba un ingreso básico les resulta ofensivo porque rompe la lógica del abandono como norma.
Y que el salario mínimo suba es, para ellos, una afrenta directa al orden social que defienden: uno donde el trabajo vale poco y la ganancia lo es todo.
Por eso la reacción fue tan visceral. No fue técnica.
Fue ideológica.
Fue rabia de clase.
El aumento del salario mínimo no solo mejoró ingresos: desnudó un modelo mental. Mostró que, para una parte de la élite política, gremial y mediática, la dignidad popular siempre será vista como exceso, como riesgo, como amenaza.
Y que cualquier gobierno que ose tocar ese equilibrio injusto será acusado, atacado y caricaturizado sin tregua.
No les escandaliza la pobreza. Les escandaliza que deje de ser obligatoria.
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