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Lunes, 5 de octubre de 2026

Cualquier llovizna y se apaga al Cauca

Cualquier llovizna apaga al Cauca

Cualquier llovizna y se apaga al Cauca

Alfonso Luna Geller

Permítanme, si me lo permiten, abandonar por un instante la distancia que a veces impone el oficio para hablarles de una afrenta cotidiana, palpable, que se cierne sobre cada hogar, cada negocio, cada pequeña industria en Santander de Quilichao y, seamos francos, en tantos otros rincones donde la Compañía Energética de Occidente (CEO) despliega su red. No es un problema nuevo, no; es una herida abierta que supura desde hace demasiado tiempo, una promesa rota que se manifiesta cada vez que el cielo frunce el ceño.

Uno observa, con una mezcla de hartazgo y desasosiego, cómo el más leve cambio meteorológico –una ráfaga de viento, una llovizna persistente, unas nubes malhumoradas- basta para que el suministro eléctrico colapse y se corte sin piedad. Los electrodomésticos, los computadores que guardan el fruto de horas de trabajo, las neveras que conservan el sustento diario, las máquinas que hacen girar la economía industrial… todo queda a merced de una interrupción abrupta, de un apagón intempestivo que no discrimina y que, una y otra vez, deja tras de sí un rastro de aparatos dañados, de inversiones perdidas, de frustración acumulada. La economía regional, esa frágil balanza de esfuerzos y sueños, se desangra gota a gota con cada corte de energía que, irónicamente, nunca anuncia su llegada. Es una suerte de ruleta rusa diaria, donde la bala es el daño material y la interrupción de la vida misma.

Aquí la cuestión va más allá de la mera inconveniencia; se adentra en el terreno de lo contractual, de lo moral, de lo que se le exige a una entidad que ostenta una concesión pública. La Compañía Energética de Occidente —CEO, para quienes ya temen sus siglas- al comprar la energía en el mercado nacional y revenderla, adquiere una responsabilidad ineludible: garantizar un suministro continuo y con un voltaje estable. Sin embargo, la recurrencia de estas fallas grita una verdad incómoda: CEO incumple flagrantemente su contrato de concesión. Carece, o al menos así lo demuestran los hechos, de la tecnología adecuada, de la infraestructura robusta que se requiere para asegurar un servicio digno. Es una falta grave, una desatención al compromiso adquirido que tiene consecuencias directas y dolorosas en el bolsillo y la calidad de vida de miles de ciudadanos. La letra menuda de los acuerdos se desgarra con cada bombillo que se apaga y cada aparato que se quema.

Y en medio de este escenario, las comunidades. Ah, las comunidades… Ellas protestan, alzan su voz, intentan ser escuchadas. Pero a menudo, esa voz se pierde en el eco de despachos y oficinas que parecen sordos a su clamor. Es un drama humano, el de la impotencia frente a un gigante que parece inmune al descontento. En esa soledad, sin embargo, han encontrado un faro, una tabla de salvación. Confían en los medios de comunicación, especialmente en la Red de Medios Proclama del Pacífico, que, lo digo con un orgullo que no disimulo, ha asumido un compromiso inquebrantable con las organizaciones comunitarias y los líderes cívicos del Cauca. Ven en nosotros a sus aliados, a sus únicos defensores en esta batalla desigual. Es una responsabilidad que asumimos con la seriedad que merece, con la convicción de que el periodismo, cuando es honrado, es la voz de los que no tienen voz.

Es imperativo que los damnificados, aquellos que han visto su patrimonio mermado por la negligencia de un servicio, conozcan y apliquen los procedimientos para reclamar por los daños en sus equipos. No es un favor, es un derecho. Es el camino, a veces tortuoso, para que la justicia, aunque sea material, encuentre su cauce. Porque la indiferencia no puede seguir siendo la respuesta. La CEO debe entender que su concesión no es una licencia para la precariedad, sino un contrato social que exige cumplimiento, inversión y, sobre todo, respeto por quienes dependen de su servicio.

La batalla por un suministro eléctrico decente es, en esencia, una lucha por la dignidad. Es el pulso entre el derecho de los ciudadanos a un servicio público eficiente y la obligación de una empresa a cumplir con su promesa. Y en esa contienda, desde Proclama del Pacífico, seguiremos alzando nuestra pluma y nuestra voz, incansables, porque el Cauca, nuestra gente, merece una luz que no se apague.


Imagen destacada: https://www.freepik.es/pikaso

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Alfonso J Luna Geller
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