Crónica de un abuso anunciado


Si, como se habrán podido dar cuenta, la originalidad a la hora de ponerle título al escrito; no es que sobre. Ruego tampoco emocionarse, sobre todo a las personas afines al amarillismo y el morbo mediático, el abuso que se mencionará aquí es de otro tipo, aunque igual de reprochable.
En primer lugar, provoca tristeza, rabia e impotencia confirmar que a uno le puede pasar lo que a los demás mortales. El individualismo competitivo en el que hemos sido formados, según el cual a uno sólo debe importarle lo que le pasa a uno, se vuelve una maldición cuando ese “uno” ya no es el ombligo del mundo merecedor de todo y se convierte en ese “otro uno” solitario, inerme y aislado del resto de la comunidad, apenas mirado con compasión, si es que está de buenas y lo miran.
Todo empieza cuando a uno le da por restarle importancia al sobre-diagnóstico que acerca de la corrupción y la ineficiencia de algunos servidores públicos, han hecho muchos estudiosos de la realidad colombiana. Uno cree que eso es pura invención de desocupados vividores de las atenciones del Estado. Imposible creer que gente bien, tan fina, todos unos servidores ‘públicos’, a los que la mayoría llama “doctor” o “doctora”, según el caso, sea capaz de las abominaciones descritas por esos “castro-maduro-timo-gabino-correa-morales-marxista-maoista-leninistas” analistas que les mencionaba arriba y que presumen conocer la realidad del Estado colombiano. Eso cree uno.
La realidad del Estado colombiano, representada en sus servidores de cualquier orden territorial, lo golpea a uno, cuando de hacer un trámite se trata. No importa que cualquier dependencia estatal este atiborrada de dispositivos electrónicos, o que le metan por los ojos la disponibilidad de aplicaciones, ni le soliciten a cada rato el correo electrónico, el “Whatssapp” o el pajarito trinador dizque para facilitarle el trámite al ciudadano del común, si uno no empieza a sospechar, desde que ingresa, de la obligación de recoger una ficha con un numerito desde una especie de cajero electrónico dispensador no de billetes, sino de fichas de turno o de la presencia no lejana de los llamados tramitadores profesionales.
Uno, al ver tanta tecnología desplegada, se alcanza a emocionar al ver lo moderno que nos hemos vuelto, incluso pareciera ser que eso de estar esperando el turno para iniciar el trámite correspondiente es hasta agradable; ya no se asume con resignación sino con algo de gusto. Uno ya no bosteza, uno hasta sonríe.
Todo cambia si uno corre con la desgracia social de una vez alcanzado el turno para hablar con el doctor o la doctora, a uno se le ha olvidado algún papel, porque a pesar de toda la tecnología, a uno todavía le piden papeles. El doctor o doctora del caso, sin siquiera mirarlo a uno, le dice: “que pena, está incompleto… vuelva otro día”, a continuación oprime un botoncito que le da el turno digital a otro usuario. No importan los buenos modales, las explicaciones, las súplicas, ni siquiera vale decir que uno no vive en la localidad y que le toca coger chalupa, canoa, lomo de culebra o avión, es lo mismo que dirigirse a un cajero electrónico, sólo que éste último no se la pasa hablando con sus compañeros ni tomando cafecito, tizana o aromática.
El otro tenebroso escenario de abuso se le presenta a uno cuando a estos finos y muy decentes servidores y servidoras públicas, se les da por cumplir exegéticamente los plazos definidos por una máquina y se niegan a ingresar cualquier dato que requiera uno para su trámite, diciendo: “es que me cerraron la plataforma. Vuelva la otra semana”. No importan los buenos modales, las explicaciones, las súplicas, ni siquiera vale decir que uno no vive en la localidad y que le toca coger chalupa, canoa, lomo de culebra o avión.
Y el más aterrador contexto para un abuso público (por lo público y porque lo practican los servidores ibídem) ocurre cuando a uno le toca hacer cualquier trámite en fechas próximas – en o después de – cualquier fiesta de guardar, patria, religiosa, carnaval o festival, se incluye semana santa, cumpleaños del municipio, navidad contada desde el 1 de diciembre o Fiesta de Reyes contada desde el 1 de Enero. En estos días todo se vuelve jornada continua que se termina a las 10:30 de la mañana, cuando uno sólo se encuentra carteras, chaquetas, paraguas, gorras, bufandas o hasta celulares ocupando la ventanilla o el escritorio del doctor o doctora funcionaria que “debe andar por ahí, ¿no ve que dejó su cartera, chaqueta,…celular en el puesto?”.
En todos estos escenarios uno se siente abusado en su intimidad de inocente ciudadano. Se siente un paria e inmerecedor de pertenecer a una sociedad feliz como la nuestra, que aún cree que los únicos abusadores son los sexuales y que los únicos corruptos son los doctores del Congreso. Uno termina sintiéndose en el lugar equivocado porque empieza a creer que eso de recoger firmitas anticorrupción no sirve de nada, porque la corrupción está en esas finas gentes que ocupan los cargos que le definen a uno todos los trámites.
Omar Orlando Tovar Troches –[email protected]



