Coronavirus, paro y crisis del neoliberalismo


Coronavirus, paro y crisis del neoliberalismo
Si superamos las consecuencias que en la vida económica y cotidiana del país dejan la cuarentena del coronavirus y el paro nacional iniciado el 28 de abril, además de la caída de las reformas tributaria, de salud, del ministro Carrasquilla, de la reforma a la Policía y el Esmad; el prolongado movimiento debe servir para desmontar la privatización de la salud, la educación, recursos de las pensiones y servicios públicos esenciales, que siguiendo pautas neoliberales en el país fue implementada desde el gobierno de Cesar Gaviria, con apertura económica indiscriminada y primeras privatizaciones, mientras redactaban la Constitución del 91.
El cuento de que el Estado era totalmente ineficiente y derrochador y por tal razón debería desprenderse de bienes y servicios esenciales vendiéndoles sus empresas o concesiones al sector privado, sirvió para que sucesivos gobiernos y especialmente durante los dos de Uribe, se concretara su entrega a roscas regionales y departamentales y grandes grupos económicos y financieros del país y exterior.
Con el desmonte de la red de salud pública y entrega de la mayoría del presupuesto a las EPS privadas, estableció un sistema perverso amparado en el contentillo de la afiliación universal que beneficiaría a inscritos en regímenes contributivo o subsidiado.
Se soslayó que el afán de lucro movería a dueños de empresas prestadoras de salud, EPS, y que gran mayoría de recursos no iban a invertirlos en programas de prevención en salud, en mejorar atención a los pacientes y en el pago oportuno a las IPS (hospitales públicos y clínicas privadas que les prestaban servicios). Al contrario, los desviarían a negocios rentables, como construcción de condominios lujosos, canchas de golf y sus propios centros de atención, mientras ponían al borde de la quiebra a hospitales y clínicas.
Con la Ley 100, que privatizó la salud, y aprobada la Reforma Laboral, además de ceder multimillonarios recursos a poderosos grupos, en calidad de esclavos modernos, les fueron entregados médicos, enfermeras, odontólogos, paramédicos y demás personal sometido a pichicatos contratos a término fijo intermediados por supuestas cooperativas, con atrasos de meses en el pago de los reducidos salarios, sin prestaciones sociales para asegurarlos en pensión y salud, sin horas extras, sujetos a largas jornadas y a riesgo de perder sus puestos, condicionados a recetar acetaminofén y diclofenaco, con prohibición de prescribir costosos medicamentos y cirugías a los pacientes, que debieron pelearlos mediante tutelas inundando juzgados de todo el país.
La reforma recién caída defendida por Cambio Radical, apantallada en cambios cosméticos no desarrollaba la Ley Estatutaria de Salud, aprobada para corregir fallas estructurales de la Ley 100, profundizando la privatización del servicio al abrir puertas a capitales extranjeros para que monopolizaran el presupuesto de la salud y al estilo gringo, al afiliado lo sometieran a pagar de su bolsillo costosos tratamientos por enfermedades excluidas del plan básico.
En el caso de las pensiones, el negocio fue más aberrante entregándoles billonarios recursos a los grupos Sarmiento Angulo y Sura, que prometieron el oro y el moro a quienes se desafiliaran de Colpensiones y les trasladaran sus aportes.
Estos grupos financieros con los costalados de billones compraron más bancos y empresas en el país y exterior, medios de comunicación como El Tiempo, y al final, a quienes creyeron en sus pajaritos de oro y les llegó la edad de pensionarse, sólo les aseguraron entre el 20 y 30% de la mesada que recibían en las entidades donde trabajaron, mientras en Colpensiones, donde intentaron volver al descubrir que fueron estafados, al jubilarse la mesada pensional, es al menos, del 70% de su salario.
El cuento neoliberal, de que al disminuirles considerablemente los impuestos a la renta, el patrimonio y las ganancias a los más ricos, automáticamente, provocaría que las reinvirtieran generando nuevos empleos, resultó chimbo, pues se dedicaron a recomprar acciones de sus empresas, a especular en bolsas de valores, mientras aprovecharon generosas exenciones tributarias para importar equipos robotizados que requieren menos trabajadores y empleados, aumentando el desempleo.
Ya hasta Biden, en la meca del neoliberalismo, empezó a desmontarlo, al constatar efectos nefastos sobre la economía gringa, global y el futuro de la vida en el planeta, al propiciar el surgimiento de monstruos como Trump, Bolsonaro, Duterte, Bukele, Uribe, Duque, Maduro, Putin y demás dictadores con careta democrática, que en su afán de talar selvas, explotar petróleo, carbón y defender privilegios de minorías, ignoran el cambio climático y construir sociedades equitativas.
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