Corinto



Las alertas tempranas de El Silencio,
con su grito apagado, seco como el aire,
con su angustiada voz de huérfana madera
saltaba sobre el viento con sus pies salvajes
anunciando sobre la orilla húmeda del río,
iluminada por el sol naciente y el calor humano,
que la avalancha estaba dejando su trinchera.
Esta vez la amenaza llegó al límite, el Rio La Paila
embravecido liberó las raíces que sostenían los árboles,
penetró en la espesura y en los troncos quedaron
propinadas las heridas del invierno y de la luz.
Con rabiosa mirada el fuego verde como un fusil
anónimo disparó sus ráfagas de lodo y rompió
las ventanas, ahogando con sus voces de acero
el amoroso idioma sostenido en las campanas,
mientras el mármol blanco en la mina anunciaba
que tropeles de rocas caminaban sobre el agua
golpeando sueños, ejecutando primaveras.
Una nueva leyenda fraguada en las montañas extiende
a la contienda superada una túnica oscura
con relámpagos de piedra.



