Publicado en el aniversario del 10 de junio de 2025

(El autor solicitó reserva de identidad por razones de seguridad) Corinto es un pueblo del norte del Cauca. Tiene una geografía que lo hace único y un paisaje que se queda en el corazón. Si estás en la montaña, la cordillera Central se levanta como una columna imponente que emerge del valle. Y desde sus laderas se puede apreciar la majestuosa ironía de Dios: cómo la montaña corta el horizonte y, al mismo tiempo, abre ante los ojos el esplendor del valle.
Sus gentes son maravillosas. Saludan, abren los brazos y ofrecen, con una amabilidad sincera, la certeza de que se ha llegado a una tierra única. En Corinto hay una belleza difícil de explicar: la de sus montañas, la de sus caminos, la de sus cultivos, la de sus familias que han aprendido a permanecer incluso cuando la historia les ha exigido demasiado.
Sin lugar a dudas, Corinto está lleno de paradojas. Desde sus calles y veredas se han sentido algunas de las guerras más cruentas del país, pero también se han escrito páginas decisivas de la paz. Allí, donde tantos han querido imponer el miedo, también se han abierto caminos de diálogo, resistencia y esperanza. La gente que lo conoce de lejos le teme; quienes se atreven a adentrarse en sus misterios terminan amándolo con pasión.
Ese es Corinto: un pueblo que es casi un mito. Lo es por la violencia que lo ronda, por su lugar en la memoria de los acuerdos de paz con el M-19, por la fama de la marihuana que durante décadas alimentó relatos, economías y estigmas; pero, sobre todo, por la dignidad de una comunidad que ha aprendido a vivir entre la belleza y el miedo, entre el abandono y la esperanza.

Sin embargo, Corinto no puede seguir siendo narrado solo como mito. Hay que mirarlo como lo que es: un territorio estratégico, profundamente golpeado y demasiado solo frente a responsabilidades que no deberían recaer únicamente sobre su gente ni sobre su alcalde.
La tranquilidad de un pueblo próspero, dedicado al comercio y acostumbrado a moverse alrededor de su parque, ha visto su pujanza herida una y otra vez. El carro bomba del 26 de marzo de 2021 no solo arrasó con parte de la infraestructura del edificio municipal: también dejó 43 personas heridas, marcó a sus habitantes y abrió una herida profunda en la memoria colectiva de Corinto.
Aquella explosión, que cayó como un rayo sobre la vida cotidiana del municipio, no logró apagar del todo su ímpetu. Corinto siguió. Siguieron sus comerciantes, sus familias, sus trabajadores, sus servidores públicos. Siguió un pueblo forjado por años de aprender a convivir con la violencia como si fuera una presencia habitual, aunque nunca debería serlo.
Pero el carro bomba del 10 de junio de 2025, ubicado nuevamente en el corazón del municipio, golpeó algo más hondo. No solo volvió a estremecer la casa de todos —la sede de la administración municipal, ya abandonada desde el atentado de 2021—, sino que también afectó los nuevos espacios desde donde se prestaban los servicios institucionales. Esta vez, además, volaron por los aires años de trabajo de los comerciantes del sector. La panadería del pueblo quedó destruida; los negocios cercanos perdieron sus enseres, su tranquilidad y también a muchos de los clientes que antes habitaban cotidianamente el parque.

La soledad se instaló entonces como una nueva habitante del centro de Corinto. El parque, que antes era lugar de encuentro, comercio y conversación, empezó a verse vacío. Los negocios llenos de vida quedaron marcados por los escombros, el miedo y la incertidumbre. Y la gente, que durante cuatro años había visto la casa de todos destruida, entendió algo doloroso: que las promesas de apoyo de los gobiernos nacional y departamental no habían logrado convertirse en una respuesta suficiente, concreta y reparadora.

Corinto es un municipio de gran movilidad económica, atravesado también por economías ilegales que durante años han distorsionado su vida social, su comercio y su seguridad. Pero esas economías, en momentos de crisis, no sostienen al pueblo: desaparecen, se repliegan o profundizan el daño. Y cuando el Estado ya era débil o ausente, el municipio queda solo, con una institucionalidad local golpeada, con pocos recursos y con una ciudadanía que debe resistir mucho más de lo que cualquier comunidad debería soportar.
A esa fragilidad se suma una realidad fiscal dura: Corinto es un municipio pujante, pero pobre; con enormes responsabilidades territoriales, pero sin el respaldo proporcional del Estado. Incluso su principal fuente de ingresos ha sido golpeada por disputas jurídicas y decisiones que han reducido la capacidad municipal de responder. Así, el alcalde queda frente a una tarea descomunal: cuidar a su gente, reconstruir la confianza, sostener los servicios, recuperar el centro, enfrentar la violencia y reclamar, casi en soledad, que el Estado vuelva a estar donde nunca debió ausentarse.
En Corinto, la pregunta no es solo quién puso la bomba. La pregunta más profunda es por qué un municipio estratégico, bello, trabajador y golpeado ha tenido que reconstruirse tantas veces con tan poco respaldo.

Y es que en Corinto la violencia no ha sido un hecho aislado ni una tragedia esporádica. Durante años, la población ha vivido entre hostigamientos, amenazas, confinamientos, combates, restricciones a la movilidad y medidas excepcionales de orden público. El casco urbano ha sentido de manera recurrente el miedo de los ataques contra la estación de Policía; las veredas han padecido la presencia de grupos armados, artefactos explosivos, disputas territoriales y el control impuesto por actores ilegales.
En 2026, la propia vida institucional volvió a funcionar bajo la lógica de la emergencia. La Alcaldía tuvo que expedir medidas transitorias como toques de queda, restricciones de movilidad, regulación de establecimientos públicos y disposiciones especiales para proteger a la población civil. Mientras tanto, el Ejército reportó operaciones, combates, neutralización de explosivos y la recuperación de personas retenidas por estructuras armadas ilegales. Todo esto confirma una realidad que Corinto conoce demasiado bien: allí gobernar no es solo administrar un presupuesto, firmar decretos o ejecutar obras; allí gobernar es intentar sostener la vida cotidiana en medio de una presión permanente.
Por eso Corinto no puede ser leído únicamente desde cada atentado, cada hostigamiento o cada consejo de seguridad. Debe ser comprendido como un territorio donde la violencia se ha vuelto una carga diaria para la comunidad, para los comerciantes, para los servidores públicos y para quienes aceptan ejercer autoridad local. El problema no es solo la presencia de grupos armados. El problema es que, frente a esa presencia, el Estado civil, social, económico e institucional no ha llegado con la misma fuerza ni con la misma permanencia.
Corinto, además, ha visto a sus alcaldes gobernar desde una soledad difícil de explicar. La ciudadanía, lejos de limitarse a exigirles, muchas veces entiende su impotencia. Sabe de su compromiso, de su pasión y de su entrega por lo público; pero también conoce los límites reales de un municipio con baja capacidad fiscal, competencias restringidas y enormes desafíos de seguridad. En medio de esa realidad, surge una pregunta dolorosa: si quienes representan al Estado local no logran proteger plenamente a sus propias familias, ¿cómo puede sentirse protegida toda una comunidad?

El alcalde del periodo 2016-2019 vivió, en el último año de su gobierno, el secuestro de su hermano. Entre cerrar su administración y devolver un hijo a sus padres, tuvo que enfrentar uno de los dolores más profundos que puede padecer una familia.
La alcaldesa del periodo 2020-2023, mientras acompañaba a su última morada a su compañero, el alcalde de Guachené asesinado en el norte del Cauca —porque cada municipio tiene su propia historia y su propio dolor, y de Guachené también habrá que hablar—, recibió una noticia que le desgarraría el alma: su hermano había sido secuestrado. Faltaba menos de una semana para entregar su cargo. En lugar de cerrar su gobierno con la serenidad del deber cumplido, tuvo que hacerlo atravesada por el miedo, la incertidumbre y el dolor familiar.
El alcalde del periodo 2024-2027 ha enfrentado una suerte igualmente dolorosa. Su primo fue secuestrado en diciembre de 2025. Semanas después, en mayo de 2026, cuando se movilizaba con su esposa y sus hijas menores de edad, vivió un hecho sin precedentes: fueron interceptados por hombres armados que apuntaron directamente con fusiles contra él y su familia. En medio de esa angustia, el alcalde se vistió de Superman, no por heroísmo vacío, sino por amor, por desesperación y por la obligación humana de exigir la vida de los suyos.
Y aun así, allí ha tenido que gobernar: con el miedo tocando la puerta de su propia casa, con la responsabilidad de no dejar morir la esperanza de su pueblo y con la convicción de que Corinto no puede seguir sobreviviendo solo.
Corinto es también la historia de alcaldes que, lejos de encontrar en el Estado una protección integral que vaya más allá de un carro y un escolta, han vivido en soledad el reto de sembrar esperanza incluso a costa de la propia tranquilidad y la de sus familias. Son hombres y mujeres que creen en lo público, que se hacen elegir por sus comunidades y que confían en que ser el primer contacto del Estado no les hará morir en el intento.

Pero al Estado más grande que el municipio, al que debería complementarlo, respaldarlo y protegerlo, se le olvida demasiadas veces que la institucionalidad local no puede sostener sola la carga de la guerra, de las economías ilegales, de la pobreza fiscal y del miedo. Se le olvida que en territorios como Corinto la vida cotidiana depende de algo más que declaraciones, consejos de seguridad o medidas aisladas. Depende de presencia real, de inversión sostenida, de articulación entre niveles de gobierno y de una decisión política profunda: rodear a quienes gobiernan, proteger a quienes sirven y construir con la comunidad.
¿por qué un municipio estratégico, bello, trabajador y golpeado ha tenido que reconstruirse tantas veces con tan poco respaldo?
Porque en Corinto la paz no se decreta desde lejos. La paz solo es posible estando.
En contexto:
Corinto, entre el dolor y la resistencia: cuatro años de ataques
Imágenes, cortesía: https://www.facebook.com/alcaldiacorintocauca/