
Por Leopoldo de Quevedo y Monroy
Colombiano
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A la Kita de Marga López Díaz
No vayan a decir los locos “yo me quiero morir”, ni tampoco los que llamamos héroes tuvieron a honor morir. Ni siquiera los mártires que sucumbieron en la hoguera o en la sierra. Todo aquello es un intento de los que vivieron tras ellos. La muerte es como el azogue que hierve
y hace la garganta crujir. Ni el más valiente o más cuerdo,
ni el más flemático inglés la espera de pie.
Mas, Charles Baudelaire en su insania pudo escribir sin ajenjo, en La Invitación al Viaje:
¡Oh, mi niña, mi hermana.
imagina qué gozo
vivir juntos los dos lejos de aquí!
¡Y ser libres de amar,
oh, de amar y morir,
en una tierra parecida a ti!
Esos húmedos soles
de los cielos brumosos
reúnen todo el encanto,
que se mezcla al misterio
de tus ojos traidores
que brillan entre el velo de tus lágrimas.
Allí todo es belleza, todo es orden,
todo lujo y quietud, nuestra delicia.
Sólo el amor puede hacer que lo cruel y que la abismal separación que causa la muerte, se transformen en su poema, en el lugar más amable y fragante.
Relucientes los muebles
que abrillantan los años,
de nuestro cuarto van a ser adorno.
Y las flores más raras,
con perfumes mezclados
a una incierta fragancia como de ámbar,
los riquísimos techos,
los espejos profundos,
el esplendor que viene del Oriente,
todo tiene que hablar
en secreto a las almas
en su lengua natal, que es la más dulce.
Allí todo es belleza, todo es orden,
todo lujo y quietud, nuestra delicia.
Deseos, belleza, paz, olor a incienso y soles con ojos entreabiertos y, hasta el silencio que habla, se pierden entre la prolija tierra que recoge a los amantes. Allí viven a sus anchas
como barcos fantasmas
sobre aguas y algas sin norte.
Mira en esos canales
cómo duermen los barcos
que tienen corazón vagabundo:
a ti acuden de tierras
muy remotas, queriendo
cumplir cuantos deseos hay en ti.
En ocaso los soles
vestirán estos campos,
los canales y toda la ciudad.
de jacintos y de oros:
se ha dormido la tierra
envuelta en una ardiente claridad.
Allí todo es belleza, todo es orden,
todo lujo y quietud, nuestra delicia.
¿Qué más necesita el mortal que Baudelaire no se lo sirva en bandeja, como aperitivo, para que inicie su sueño
de jugar
con la eternidad escondida
al Destino?
16-12-09 4:45 p.m.




