

En Santander de Quilichao la física tiene leyes propias. Aquí, la materia no se crea ni se destruye, simplemente cambia de dueño a plena luz del día y ante la mirada perpleja —o ausente— de la autoridad. Lo ocurrido este jueves 15 de enero sobre la variante confirma que nuestro municipio es la capital mundial del… bueno, seamos respetuosos, del ilusionismo logístico. Desaparecer un celular en un descuido requiere habilidad; desaparecer dos tractocamiones tipo «niñera» cargados con 17 camionetas Toyota nuevas requiere una coreografía de impunidad que envidiaría cualquier mago de Las Vegas.
A propósito, la escena tiene tintes cinematográficos. Un comando, al parecer de la estructura Jaime Martínez -Farc-, con la precisión de un reloj suizo y la tranquilidad de quien se sabe dueño del patio, interceptó los dos gigantes de acero en la vía Panamericana. Bajaron a los conductores, tomaron el volante y enfilaron la millonaria caravana hacia las montañas de Buenos Aires. El desfile de la ilegalidad transcurrió sin contratiempos por la carretera que conduce hacia los corregimientos de La Balsa y Timba, como si se tratara de una entrega prioritaria para el «gobierno» de facto que opera en la cordillera.
El síndrome de la maquinaria amarilla

Para el ciudadano de a pie, ver pasar esta flota robada fue un espectáculo evidente. Para la inteligencia estatal, fue un misterio. Esta ceguera selectiva institucional me hizo recordar antecedentes históricos en la región. Ocurre hoy con las niñeras de Toyota, tal como ocurría hace unos años con la maquinaria amarilla de la minería ilegal.
En aquella época, retroexcavadoras del tamaño de un dinosaurio transitaban por las vías nacionales con la misma invisibilidad de estos camiones. Todo el pueblo las veía subir. Los campesinos las veían operar. Los dueños de las tierras las veían destruir. Las únicas retinas que fallaban sistemáticamente eran las de los encargados del control territorial. Esa miopía oficial se curó trágicamente el día que la mina de San Antonio colapsó, sepultando a más de 14 personas. Allí, sobre los escombros y el luto, la autoridad recuperó súbitamente la vista y reconoció que, en efecto, había maquinaria pesada operando en sus narices.
Hoy la historia rima con el pasado. Cambiamos las retroexcavadoras Caterpillar por camionetas Toyota, la marca fetiche del conflicto armado, el vehículo oficial de la guerra y la paz en Colombia. La respuesta oficial mantiene esa mezcla de solemnidad y destiempo: ahora el Ejército despliega drones y tecnología de punta para rastrear el convoy. Buscan desde el aire lo que desfiló impunemente por tierra firme.
Devolviendo el envase
El acto final de este truco de magia revela un nivel de sofisticación —y de cinismo— que merece análisis. El operativo criminal movió inicialmente 19 automotores: las dos inmensas cabezas tractoras y las 17 camionetas de alta gama que cargaban. Sin embargo, los ilusionistas tuvieron la delicadeza ecológica de reciclar el empaque.
Las autoridades confirmaron después que las dos niñeras fueron abandonadas en el límite entre Cauca y Valle. Los delincuentes las usaron simplemente como transporte de carga hasta zona segura, descargaron el botín y devolvieron el «envase» vacío en la carretera. El saldo real del ilícito son las 17 camionetas Toyota que fueron bajadas y desaparecidas en la manigua, listas para engrosar el parque automotor de la guerra. Robarse esos vehículos, cruzar las vías del norte del departamento y darse el lujo de devolver los camiones vacíos no es delincuencia común; es una cátedra de logística inversa dictada por quienes realmente controlan el territorio.
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